“Odio a las ballenas,
estúpidas ballenas,
que se extinga su especie
no me da ninguna pena”
(Rafa Corega)
Érase una vez una raza de cabra autóctona del Pirineo Aragonés: el bucardo.
A base de caza intensiva, destrucción del medio y ese tipo de cosas, los efectivos de nuestra cabra cayeron en picado. Preocupada por perder su patrimonio natural, la Administración Aragonesa tomó cartas en el asunto:
-Coño, qué mal rollo si se nos extingue la cabra-dijo el organismo público-Venga, llamadme ahora mismo a unos veterinarios y que me hagan un estudio sobre ese bicho y, ya que están, que me cuenten cuántos quedan. Y rapidito.
“Ahora mismo” y “rapidito” son términos muy ambiguos en el lenguaje de la Administración. Ahorraremos ironías y comparativas de mal gusto con la velocidad de los glaciares y pasaremos directamente al resultado que trajeron los veterinarios:
-Señora Administración-dijo el portavoz de los veterinarios haciendo una genuflexión-Hemos subido montañas nevadas y atravesado oscuros bosques, hemos bajado a los barrancos más profundos y nos hemos adentrado en repugnantes pantanos, nos hemos asado al sol y nos hemos jodido de frío, hemos corrido delante de osos, lobos, mosquitos y lugareños. Hemos perdido a una docena de los nuestros (nadie los llore, hay veterinarios de sobra para los que hacen falta) pero podemos concluir que en el Pirineo Aragonés quedan… cinco bucardos.
La Administración se llevó un gran susto al oír el dato pero pronto se recompuso y puso en marcha un procedimiento de emergencia. Sin embargo, las cabras no viven eternamente y en el tiempo que tardó la Administración en reaccionar ocurrió una desgracia:
-Señora Administración-dijo un pobre veterinario sudando de nervios-Que mientras Vuestra Merced se tomaba su tiempo han muerto dos bucardos. Quedan tres. Hembras.
La Administración entró en cólera y castigo justamente a aquel veterinario traidor y agorero que pretendía socavar su autoridad con negras y venenosas mentiras. Una vez hecho esto, el organismo público continuó con el procedimiento de emergencia. Nuevamente, simplificaremos el asunto y omitiremos todo lo relativo a permisos, periodos de espera, legislaciones, comités, despachos, cafés y crucigramas y pasaremos a lo que ocurrió a continuación:
-Cojones, no podemos dejar desamparadas a las pobres cabritillas-dijo la Administración con su voz de campana de bronce-Movilizad a ingenieros, biólogos, veterinarios, pastores, latifundistas y periódicos para construir un enorme parque natural que llenaremos de cámaras de vídeo para poder vigilar y monitorizar a nuestros animalitos predilectos.
Y se hizo su voluntad. A velocidad administrativa para más señas.
-Sea pues-dijo la Administración observando su obra y viendo que era buena-En este lugar recogido y protegido esas tres cabras podrán vivir a salvo y reproducirse como las estrellas del firmamento…
-Señora Administración-dijo un veterinario a su lado-pero es que lo de que tres cabras hembras se reproduzcan es como muy jodido…
-Hombre de poca fe, ¿acaso dudas?-dijo la Administración castigando a aquel veterinario malcarado y vil-En mi sabiduría he decidido cruzar a las bucardas con otras cabras para así poder recuperar la especie autóctona.
-Si las cruza con otras cabras lo de especie autóctona me parece que nos lo quitan, oiga-insistió el malvado veterinario llevándole la contraria-Y con tres putos bichos va a haber que meter sangre nueva a containers…
-¡Cállate, descreído, y que se haga mi voluntad!-rugió la Administración-¡Traed a las cabras!
-Querrá usted decir “la cabra”-apostilló el veterinario canalla-Mientras teníamos esta conversación (a velocidad administrativa, no lo olviden) han muerto dos. Sólo queda la vieja.
Pero la Administración jamás se detenía cuando se ponía en marcha y su voluntad se hizo: las cámaras del parque empezaron a funcionar. Y funcionaron durante quince días, lo que tardaron en descubrir a la última bucarda en la orilla de un río aplastada por un árbol caído.
Pero la Administración decidió que la Naturaleza no tenía razón y que pese a aquella opinión que había dejado caer sobre el bucardo (opinaba más o menos lo mismo de los dinosaurios) se haría su voluntad. Vaya si se haría:
-¡Coged el cuerpo del último bucardo, perros veterinarios!-ordenó la Administración-¡A este lo clonamos como que hay Dios (es decir, Administración)! ¡Habrá bucardos por mis burocracias!
-Pero, Poderosa Entre las Poderosas-apostilló un infame veterinario siempre contento de complicarle la vida-Si hacemos mil copias de una misma cabra hembra y encima la cruzamos con otros bichos tendremos un montón de medio-hermanos con la misma madre genética. Eso no va a ninguna…
-¡Que me clonen a la cabra y que me cuelguen a este bocazas de un pino!
Y la clonaron. La cabritilla vivió 15 minutos y murió de un fallo pulmonar.
Naturaleza 2-Administración 1
Game Over. Insert Coin.

Si alguien muere, por algo será.
No juguéis a ser Dios.
Ni siquiera la Administración puede.
(esto es una historia lamentablemente real)
Mirando los restos descuartizados de los hombres bestia, Magrimm no podía sino asombrarse del poder que le concedía la Obliteradora pero a veces se preguntaba si había sido una decisión juiciosa cambiar su fiel hacha Comesesos por aquella monstruosidad que le empujaba a la masacre y la vorágine.



El Adeptus Tarmakis aceleró su paso dejándose llevar por los nervios. Aunque conocía de sobra los largos pasillos del palacio margravino estaba claro que algo no iba bien. Aquel lugar siempre estaba cargado de vida: sirvientes, guardias, esclavos, la familia del Margrave… y ahora estaba sórdidamente vacío. Algo en su interior le decía que el informe que debía entregar tenía mucho que ver con la tensión que podía notar en el aire.












