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OBLITERA QUE ALGO QUEDA

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 2-Noviembre-2009 por warbriel

Magrimm el Matador se dejó caer contra la pared resoplando como un toro jadeante. La sangre y los restos del centenar de enemigos que yacían a su alrededor lo cubrían de pies a cabeza goteando por sus barbas y sus músculos. Su pelo estaba pegajoso y sus numerosos tatuajes eran casi invisibles bajo la capa de despojos. Tenía el sabor de la muerte en la boca.
Lo único que permanecía limpio y brillante en aquella sala era la monstruosa arma que colgaba de su mano: la Obliteradora.
Aquella enorme espada con ojos, cuernos y colmillos jamás se manchaba de sangre. Parecía que se la bebía. Una serpiente de cobre se prolongaba desde su mango enroscándose en torno a la muñeca de Magrimm, clavando sus fauces en su antebrazo e impidiéndole soltarla. La debilidad que le invadía cada vez más a menudo cuando empleaba aquel artefacto diabólico le hacía preguntarse si le chuparía la sangre, le arrancaría el alma, le inyectaría veneno o todo a la vez.
Magrimm Mirando los restos descuartizados de los hombres bestia, Magrimm no podía sino asombrarse del poder que le concedía la Obliteradora pero a veces se preguntaba si había sido una decisión juiciosa cambiar su fiel hacha Comesesos por aquella monstruosidad que le empujaba a la masacre y la vorágine.
Había sido la decisión menos mala, se repetía una y otra vez.
La masacre de su clan, los enanos Cabeza de Yunque, había exigido que tomara medidas drásticas: hacer el juramento de los matadores e intentar morir en combate (la lógica aplastante de los enanos les impedía sencillamente suicidarse o luchar para perder) buscando la venganza. Sin embargo, la horda de hombres bestia del bosque de Terein-Gaar era un adversario demasiado grande incluso para un enano pasado de vueltas.

Hasta que encontró la Obliteradora.
Desde entonces, su ansiado combate final que pusiera fin a su triste existencia se había pospuesto hasta lo indecible. Ya no luchaba: participaba en masacres. Y delante de él siempre estaba la Obliteradora, chillando y aullando en medio de la carnicería y tirando de él hacia lo más sangriento de la contienda.
La mano que siempre sostenía el arma, incluso cuando dormía, se había agarrotado y ennegrecido a medida que sus venas se abultaban.
Y la Obliteradora le hablaba.
No era una gran conversadora, la verdad. Era un interlocutor más bien del tipo pelmazo que no le dejaba dormir o se metía en conversaciones que no eran de su incumbencia. Además era monotemática en sus soliloquios: que si era la Obliteradora, que si quería almas para segar, que si el batir de los eones esto, que si los dioses olvidados lo otro… Su hacha Comesesos no tenía las mismas prestaciones pero por lo menos se estaba calladita.

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-Es la hora de que devore tu alma y yo gane mi libertad-dijo la enorme espada-El honor de esgrimirme ha terminado para ti.
-Ah, ¿sí?-Magrimm notó como la presión de la serpiente sobre su muñeca se relajaba-¿Y a qué debo que se me acabe dicho honor?
-Siento el poder de alguien mucho más apropiado para empuñarme-dijo la Obliteradora con aquella voz cavernosa-¡Sólo el más fuerte es digno de mí!
-Yo creo que eres mucho menos de lo que dices-contestó Magrimm con sencillez sentándose en el suelo.
-¿Desafías mi paciencia y benevolencia, hijo de Grungi?-tronó el arma apretando su presa sobre el enano-¡Civilizaciones enteras han sido barridas por mi poder por ofensas mucho menores!
-Lo que tu digas-sonrió Magrimm cerrando los ojos-pero si fueras tan terrible como dices no te harían falta guerreros poderosos: te apañarías con cualquiera. ¿No eres tú el azote de los dioses, el verdugo de almas y todo eso?
-¿Osas insinuar que hay un límite a mi inagotable poder?
-No insinuo nada-Magrimm se escurrió la sangre del lado izquierdo de su bigote-pero me da la impresión que no eres tan poderosa como dices.
-¡Levántate ahora mismo, perro descreído!-tronó el arma levantando ecos en la sala llena de cadáveres-¡Te mostraré de lo que es capaz un arma forjada en los albores de la historia por los dioses más terribles que puedas imaginar!
Magrimm se incorporó con dificultad y siguió la dirección que la Obliteradora le indicaba. Si alguna vez renunciara a su juramento de matador (cosa imposible, por otro lado, pues el único destino de un matador era la muerte) probablemente escribiría un libro que titularía “Psicología de las armas demoníacas”.

Día 2 post-llegada. Hora Local: 32-65. Palacio del Margrave de Bolur Primus

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 27-Octubre-2009 por warbriel

hallwayEl Adeptus Tarmakis aceleró su paso dejándose llevar por los nervios. Aunque conocía de sobra los largos pasillos del palacio margravino estaba claro que algo no iba bien. Aquel lugar siempre estaba cargado de vida: sirvientes, guardias, esclavos, la familia del Margrave… y ahora estaba sórdidamente vacío. Algo en su interior le decía que el informe que debía entregar tenía mucho que ver con la tensión que podía notar en el aire.

Hacía ya una semana que las comunicaciones con otros sistemas se habían cortado. Los astrópatas estaban totalmente abrumados por algún tipo de anomalía psíquica que rodeaba el sistema. Por si eso no fuera suficientemente malo, las comunicaciones dentro del sistema habían empezado a resentirse también. Bolur Tertius, el mundo minero del borde exterior del sistema había enviado varios mensajes inconexos en prioridad Omega tres días atrás por el obsoleto sistema láser antes de enmudecer totalmente.

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La prioridad Omega era el código de Alerta Máxima. Sólo se había empleado dos veces en toda la historia del Sistema Bolur: una había sido un simulacro; la otra había sido una petición de ayuda a todo el sistema ante el Alzamiento Rissoriano de la feroz población alienígena local del vecino continente de Carmavius.
El contenido de los mensajes era inconexo y absurdo. El remitente se había saltado todos los protocolos de envío y parecía presa de una fuerte excitación, hablando de cosas como “demonio purpúreo” e “insecto gigante” en medio de una algarabía de gritos, golpes y ruidos desconcertantes. En circunstancias normales, podía pasar por una broma de mineros borrachos, una interferencia o cualquier otra cosa. Sin embargo, una prioridad Omega requería códigos fuera del alcance de los bromistas. Y luego estaba la anomalía psíquica.
Para alguien como Tarmakis, que había dedicado toda su vida a transcribir albaranes de carga, envíos de mineral, inventarios de flota, cuentas de aranceles y decomisos de aduana aquello se salía de la rutina de una forma escandalosa. Intuía que algo se cernía sobre Viram Primus. Algo malo.

Se detuvo frente a la puerta de la Sala del Trono del Margrave y respiró hondo. El Margrave era un hombre quisquilloso y capaz de echarle si no daba el informe sin jadear. Se alisó el hábito, enderezó sus insignias y murmuró dos veces la Plegaria de la Relajación. Él, en su Trono Dorado, velaba por todos. No permitiría que le ocurriera nada.

Entonces reparó en que los dos Guardias Margravinos que siempre vigilaban la puerta con sus rifles de largas bayonetas brillaban por su ausencia. La mano le tembló mientras golpeaba la puerta.

Pasaron unos segundos y se encendieron dos luces en lo alto de la puerta. El siseo de los mecanismos hidraulicos retumbó en los pasillos como una bestia gigante despertándose, La puerta se abrió lenta y solemnemente ante el Adeptus Tarmakis, que pasaba nerviosamente el peso de su cuerpo de una pierna a otra. El Salón del Trono de Viram Primus se abrió ante él.

HACE MUCHÍSIMO TIEMPO…

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 19-Octubre-2009 por warbriel

En los albores cuasiprotohistóricos, cuando los primeros universos eran tan jóvenes que el agua aún no había aprendido a mojar, los abuelos de los dioses ya pugnaban entre sí por el dominio de los lugares donde más tarde serían adorados por sus habitantes. Eran tiempos de esperanza porque las divinidades caminaban entre sus fieles y podía alcanzarse la gloria luchando por ellos y siguiendo sus estandartes pero también era una época de oscuridad y miedo pues por menos de un pimiento podían rebanarte el pescuezo y no había lugar para reclamaciones.

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Durante esta época, llamada la Era de los Tortazos, existió un lugar que pudo escapar al horror de las guerras: El Valle de los Hombres Tapir. Era este un lugar paradisiaco donde el clima era cálido; la vegetación exuberante y sus habitantes, los hombres tapir, felices y dichosos pues al ser tontos como cepillos ningún dios se planteaba siquiera la posibilidad de reclutar entre sus filas a semejantes cenutrios. Sin embargo, tal estado de cosas no pudo prolongarse durante toda la Era de los Tortazos: Los dioses de segunda división, las divinidades cutres que no tenían grandes ejércitos, dominios ni lugar donde caerse muertos vieron en el Valle de los Hombres Tapir una fácil victoria con la que aumentar su importancia. El problema es que lo pensaron todos a la vez y nada menos que novecientos ochenta y cuatro mil doscientos siete diosecillos acudieron allí, cada uno al frente de sus huestes, dispuestos a conquistar aquel lugar para su mayor gloria. Y quizás no fueran grandes legiones las suyas pero casi un millón de ejércitos enfrentados (porque era difícil encontrar dos soldados que sirvieran al mismo bando) pueden organizar unos follones de campeonato. Y vaya si lo hicieron.

Los dioses que acudieron al Valle pronto crearon sus propias leyendas: Algunos murieron, otros se labraron tal fama que pasaron a ser dioses de primera división (los dioses terráqueos de todas las mitologías consiguieron sus trabajos en aquel lugar excepto el gran Manitú que ya era de primera división) a los que muchos de los demás dioses menores se unieron, unos se fueron llorando y otros partieron para contar a los demás dioses lo que había ocurrido en aquel lugar del que por cierto no quedaron ni los cimientos (por no hablar de los hombres tapir que sin comerlo ni beberlo se vieron metidos hasta las cejas en una trifulca horrorosa a la que no sobrevivió ni uno) una vez acabó la Era de los Tortazos.

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Al final, sobre los restos humeantes del Valle de los Hombres Tapir sólo quedaron tres dioses irguiéndose desafiantes sobre montañas de cadáveres y arboles quemados: Tecnecio el dios-tijeras, Unagrás el dios-guardia-civil y Junzano el dios-almáciga. Y se enfrentaron entre sí con terrible furia: Unagrás era el más bruto de los tres y contaba con la ayuda de su pareja (de hecho eran dos dioses que iban siempre juntos con un sólo nombre para ambos), Tecnecio era un dios de fuego que producía terribles chisporroteos magmáticos que derretían hasta el aire y Junzano, como no tenía ni brazos ni piernas se quedó en un discreto segundo plano esperando a ver el resultado del duelo entre los dos primeros porque lo que sí tenía era una conexión vía satélite con Zeus, uno de los dioses que habían logrado un ascenso durante la guerra del Valle de los Hombres Tapir y le suplicó ayuda. Zeus se apiadó de él y se apareció sobre el arrasado lugar y convirtió a Tecnecio en mineral, condenó a Unagrás a vagar por toda la eternidad siendo odiado e incomprendido por todos y convirtió a Junzano en bolígrafo, unos dicen que por tramposo y otros porque todavía no controlaba demasiado sus recién ganados poderes y metió el remo al intentar dotar de brazos y piernas al dios menor.

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Cuentan las leyendas que Zeus decidió entonces ocultar aquello (misterio es si fue por ocultar su chapuza o para que no ganarse fama de pendenciero) e hizo desaparecer para siempre el Valle de los Hombres Tapir y, a continuación, arrojó al bolígrafo Junzano al interior del Gran Reloj de Arena Primigenio que viene haciendo moverse el tiempo desde aquella época. Sin embargo, igual que todo por aquel entonces, el Gran Reloj de Arena Primigenio era joven e inexperto en las labores propias de su condición y el tiempo no funcionaba muy bien, yendo a veces hacia adelante, otras hacia atrás, en ocasiones de lado, muy rápido o muy lento o a saltos (lo cual producía situaciones del tipo de no tener que afeitarse una mañana o tener que hacerlo con guadaña a la siguiente) y cualquiera que cayera en su interior se arriesgaba a convertirse en polvo de golpe, volver a la juventud extrema o saltarse varios escalones evolutivos a lo tonto. El bolígrafo Junzano no fue una excepción y fue catapultado a muchos lugares diferentes en épocas distintas y si el bueno de Zeus pensó que no volvería a oír hablar de él no podía estar más equivocado. Porque lo que Zeus no sabía era que Junzano, manco y cojo total como era, no dejaba de ser un dios y su poder, aunque pequeño, no era inexistente en absoluto. El gran dios griego se enteró más tarde de que el boli que había creado y tirado tan alegremente poseía la rara cualidad de hacer realidad todo lo que se escribía con él y se leía en voz alta: Había nacido el BOLÍGRAFO DEL APOCALIPSIS.

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Desde entonces, el bolígrafo ha venido apareciendo y desapareciendo en multitud de lugares, cayendo en manos de gran cantidad de desaprensivos y armando la gorda cada vez que se garrapateaba algo con él: El Condominio Malumba desapareció para siempre cuando a uno de sus habitantes se le ocurrió escribir en el suelo del cuarto de su señora “vete a tomar por saco” justo antes de abandonarla; el plano material de Tungstenio, compuesto exclusivamente de bellísimas cataratas sin principio ni fin, sufrió una desagradable transmutación cuando un turista descontento escribió en un monumento que “esto es una mierda”; Miguelita Sorbesesos alcanzó la condición divina al estampar su autógrafo sobre la cara de un ídolo de su religión; el planeta Chops sufrió una desagradable invasión de hombres-langosta cuando un camarero de una aldea cercana a los pantanos donde estos habitaban anotó el pedido de unos clientes: “Una mariscada de hombres-langosta y que sean muy grandes”… La presencia del bolígrafo fue probada en la mayoría de eventos importantes de la historia de todos los lugares y puesto que su papel como motor del destino eclipsaba al de los mismos dioses y diosas, éstos decidieron tomar cartas en el asunto para dejar las cosas en su sitio.

Y cuando algo extraño ocurra y el equilibrio deba ser restablecido… ¿a quién vais a llamar?

EL TRILOBITE Y EL REPRODUCTOR DE MP3

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 12-Octubre-2009 por warbriel

Y ya está en www.averlasvenir.es el último capítulo de “A Verlas Venir”. Y sí, es el último de la serie. Disfrutadlo.

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Durante el fin de todo, cuando la entropía alcanzó su máximo grado y el reloj de arena universal dejó de funcionar acabándose el tiempo, todas las realidades se colapsaron en un guirigay multidimensional para echarse las manos a la cabeza.

Y en un espacio entre dos dimensiones echas polvo fueron a coincidir un trilobite medio tonto y un reproductor de MP3 polvoriento.

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El trilobite, sorprendido, descubrió que había adquirido la capacidad de hablar (cosas que pasan cuando se acaba todo):

-Patatas traigo-dijo sin ningún acento en particular.
-Eso no es ni bueno ni malo:-le respondió el MP3-Es mentira.

AMOR ORCO (II de II)

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 22-Septiembre-2009 por warbriel

A medida que me fui integrando en la sociedad orca fui aprendiendo todo esto pero no fue hasta un sorprendente episodio con Madre Ullag en el que me di cuenta de que ya formaba parte de la tribu, para bien o para mal.

Nuestro primer encuentro fue un poco tenso pues Madre Ullag desconfiaba de cualquier cosa que no perteneciera a su tribu. Según creo, nunca le acabó de gustar la idea de que un bichejo palido y delgaducho merodeara por el poblado aunque tuviera las manos hábiles pero mi competencia y utilidad estaban más que probadas (a los orcos les gustan mucho los huevos de pájaros y yo era el único capaz de trepar con relativa seguridad) así que tampoco podía expresar su disgusto abiertamente.

En las celebraciones, en las que yo procuraba permanecer en un discreto segundo plano (una cosa es la curiosidad y la investigación y otra la gula, la insalubridad y la concupiscencia entremezcladas a la que se abandonan los orcos cuando toca), Madre Ullag solía pasearse con una enorme fuente de comida con la que alimentaba a los miembros de la tribu. A los guerreros fuertes y a las hembras más prolíficas les daba grandes pedazos de carne asada goteante de grasa derretida. A los demás miembros los recompensaba con bocados menores, tales como pájaros asados, frutos y pescados. A mí me ignoraba por completo.

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Esta indiferencia no era completa. Cuando intenté acercarme a los corrales de los cachorros ninguna hembra intervino excepto Madre Ullag. Me disponía a contar a los pequeños orcos cuando salí despedido hacia atrás como si me hubiera embestido un ariete y me encontré con una babeante y enfurecida Madre Ullag que me mostraba sus amenazadores colmillos. Después de aquello, procuré evitarla.

Suponía que Madre Ullag no me apreciaba y lo entendía. Al fin y al cabo, el líder de la tribu, un enorme orco manco llamado Karg Islort Gaadr (hasta mucho tiempo después no entendí el significado de su mote que daba nombre a la tribu) tampoco se me acercaba demasiado de la misma manera que evitaba mezclarse en demasía con sus subordinados. Yo suponía que Madre Ullag, como líder de la facción femenina de la tribu, se comportaba de la misma manera.

Fue una tarde de primavera, dos años después de mi llegada, cuando Madre Ullag se me acercó caminando despacio y me cogió del brazo con su mano de hierro. Me indicó que la acompañara y, puesto que era imposible zafarse, así lo hice. Mientras me conducía a una choza, mi mente divagaba entre las posibilidades de que, o bien estaba enferma y necesitaba asistencia, o bien se había decidido por fin a matarme. La tercera posibilidad me pareció sencillamente espeluznante en el momento en que la vi deshacerse de sus ropas harapientas.
Fue entonces cuando vi su vientre hinchado (glups).
Madre Ullag estaba embarazada (¿quién sería el valeroso padre?).
Y dando a luz (¡puag!).
Y, gracias a mis hábiles y delicadas manos de arpista, me había elegido a mí como su partera personal (¡cielo santo!).

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Los poetas y literatos a lo largo y ancho del mundo durante toda la historia se han referido al nacimiento como la manifestación del milagro de la vida y su triunfo sobre la muerte, como una metáfora del universo y del imparable curso de la naturaleza en su eterna diáspora a lo largo y ancho del inabarcable cosmos.
Si cualquiera de esos cantamañanas hubiera estado conmigo aquella tarde en la choza de Madre Ullag salpicándose la cara de sangre y guarradas indescriptibles, metiendo las manos en sitios que la decencia me impide nombrar y secando cachorros de orco recién nacidos con la camisa (cualquiera le hacía un feo a Madre Ullag, que en ningún momento me soltó el brazo) estoy seguro de que se lo pensaría dos veces antes de ponerse a escribir sandeces sobre los partos.
Los elfos nacen entre sedas perfumadas, con médicos y adivinos que se encargan de cuidar de su presente y su futuro.
Los orcos vienen al mundo cubiertos de porquería y en cualquier parte. Y el proceso es un auténtico incordio porque es uno de esos momentos en que como te pille el enemigo abierta de patas te puedes dar por jodida en el mal sentido de la palabra.

No he podido nunca (y lo he intentado muchas veces) olvidar aquel momento íntimo compartido con Madre Ullag. El olor a sangre y suciedad aún me persigue en mis pesadillas y no consigo explicarme de dónde saqué el valor para traer al mundo a tres orcos (dos machos y una hembra negros como tizones) cuando destripar un pez me produce unas náuseas incontrolables. Pero allí estaba, con dos cachorros en el brazo derecho y otro en el izquierdo, viendo como Madre Ullag tiraba de sus placentas con la delicadeza que la caracterizaba y se las metía a continuación en la boca para mascarlas ruidosamente. Recuerdo que miré a los cachorros mojados uno por uno antes de soltar un refrán humano que sirve igual como insulto que como bendición:

-La madre que os parió.

Tuve muchos apodos mientras conviví con los orcos del Colmillo de Jabalí (renuncié rápidamente a enseñarles a pronunciar Ivniraët) pero el que más caló por lo evidente era el de Bhasgr que significa “blanco” debido a mis melenas teñidas.
Cuando salí de la choza probablemente podrían haberme rebautizado Verde por la cara de espanto que llevaba.

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A mi lado salió Madre Ullag con su camada en brazos tan llena de energía y malhumorada como si nada hubiera ocurrido aunque emitía una especie de ronroneo. Me propinó un manotazo en la espalda que me hizo dar un traspiés aunque tuve que admitir que si ella hubiera querido me habría descalabrado sin ninguna dificultad. Había sido un gesto casi cariñoso.

La vi alejarse hacia el corral de los cachorros.

Mami Ullag, pensé para mis adentros, la madre que te parió.

AMOR ORCO (I de II)

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 20-Septiembre-2009 por warbriel

“¿Besos en la mano?
¿Desafíos por escrito?
¿Baladas bajo mi balcón?
¿Duelos a espada bajo la luz de la luna?
¿Poemas con segundas?
¡Nunca más!
Ámame como un orco,
ódiame como un orco
pero no me vengas con mariconadas”

(Diez años entre los orcos, de Ivniraët el Exiliado, bardo elfo)

Los orcos carecen del concepto de familia. Así como los elfos vivimos en una longeva, decadente y polígama sociedad que nos permite engendrar parientes de todo tipo con muchos años de diferencia, los orcos, que nacen y mueren en un abrir y cerrar de ojos en comparación, tienen como unidad social la tribu. Todos los miembros de una tribu son parientes (maaj en orco) entre sí y colaboran para sobrevivir. Un orco aislado es presa fácil de sus enemigos ya que sus cortas piernas y su romo cerebro no juegan a su favor. Coge en cambio a veinte guerreros orcos vociferantes y suéltalos por ahí a ver qué ocurre: casi cualquiera que se cruce en su camino se habrá metido en un lío.

Los orcos no se emparejan: se aparean. Un orco, ya sea un macho o una hembra, que tenga ganas de fornicar (no suelen llamarlo “hacer niños” pero tienen bastantes términos al respecto los cuales me niego a, y perdonen la ironía, reproducir aquí) no tiene más que buscar a un compañero o compañera que piense parecido (no es difícil: cuando estos seres no están comiendo, durmiendo, borrachos o dándose de tortas con alguien es de las pocas cosas en las que piensan a menudo) y ponerse a ello.
Carecen por completo de pudor y al principio me escandalizaba de ver a parejas e incluso tríos de orcos fornicando como bestias en mitad del poblado o al lado del corral de los cachorros. Algunos se escondían para hacerlo pero era más por motivos prácticos (a los orcos, grandes amantes de las bromas pesadas, les encanta tirar cosas, a menudo desagradables, a los amantes) que por vergüenza. Cuando la pareja sacia su sed de pasión, cada uno sigue su camino y todos contentos. Por lo demás, ni celos ni compromisos ni nada parecido.

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Con mi planta élfica yo era relativamente invisible a ojos de las hembras de la tribu, cosa que agradecía pues ni sus pechos colgantes ni sus mandíbulas prominentes me atraían lo más mínimo. Ellas pensaban más o menos lo mismo de mí aunque es indudable que un macho tan alto llamaba la atención de algunas. En cierta ocasión me hallaba meando contra un árbol cuando me vi sorprendido por media docena de hembras jóvenes que acudieron a examinarme con más curiosidad que deseo. Afortunadamente, la cosa quedó en anécdota y no pasó de ahí aunque desde entonces algunas hembras hacían corros a mi paso y me miraban antes de estallar en carcajadas.

Ocasionalmente, los orcos celebran tremebundas bacanales sexuales en las que corre abundante grok (lo más parecido a una bebida alcohólica y a un veneno nauseabundo que tienen), comen como cientos de cerdos (en cantidad, quiero decir, individualmente ya comen como cerdos) y la tribu entera se suelta el pelo. Estas orgías pueden durar varios días y acostumbran a ser después de una batalla especialmente reñida, tanto si han ganado como si no. Esto es así para que los machos más fuertes (logicamente, los que han sobrevivido) puedan fecundar a las hembras y mejorar la raza de la tribu. También explica en parte el amor por la guerra que sienten estos seres: si después de cada trifulca que el ejército de Lothoril ha librado para defender nuestro bosque de invasores le hubiera esperado un batallón de meretrices, vino y manjares suculentos en lugar del barracón de entrenamiento, otro galló le cantaría que así le va, que tiene que tirar de levas ciudadanas cada dos por tres.

Con un comportamiento amoroso como este, es lógico pensar que ningún orco sabe quién es su padre y es verdad. Y, dado que todos los cachorros son criados en comunidad, la figura materna tampoco tiene mucho sentido en la sociedad orca. Puesto que carecen de reparos a la hora de elegir pareja, la consanguinidad es perfectamente posible y los cruces entre primos, hermanos, padres e hijos y relaciones aún más sórdidas están a la orden del día.
Creo que nunca sabré si los orcos son consanguíneos por su naturaleza bárbara ó si por el contrario deben su naturaleza bárbara a la consanguinidad.

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Tras una gestación de unos seis meses (es difícil precisarlo porque nunca logré aclararme quién y cuándo había dejado embarazada a quién porque en ningún momento abandonaban la actividad sexual), las hembras orcas dan a luz a entre dos y cuatro pequeños. Los partos de un único cachorro son raros y son un mal augurio tanto para la tribu como para la madre.
Al poco de nacer, los cachorros son depositados en corrales excavados en el suelo o cercados. Todas las hembras se encargan de todos los cachorros, amamantándolos y cuidándolos como si fueran los suyos (de hecho, estoy casi seguro de que no saben cuáles son sus propios hijos y que se encargan de todos sólo para estar tranquilas). Las madres tienen muy poca paciencia con los deformes, débiles o diferentes en algún sentido y los sacrifican sin piedad, a menudo para alimentar a los otros. Esta brutal forma de selección permite que sólo los orcos más aptos alcancen la edad adulta. Sólo en época de crisis permitirán las madres orcas que cachorros que en otras circunstancias habrían muerto en sus manos salgan adelante.

En la tribu del Colmillo de Jabalí había algunos miembros que habían nacido claramente diferentes pero que habían llegado a la edad adulta, lo que indicaba que en su niñez había ocurrido algo que había diezmado a la tribu e impedido a las madres realizar su proceso de selección.
Uno era Enano Gaar, un orco canijo y paticorto que apenas me llegaba a la rodilla. Este engendro no estaba especialmente bien considerado por la tribu así que se las tenía que apañar con astucia y sigilo para sobrevivir (es importante dejar claro que los orcos tienen una palabra para “bajito” (“giar”), que puede ser un orco, y otra diferente para “miembro de la etnia enana” (“obalg”), que definitivamente no puede serlo).
Bastardo” Trogbl era otro de estos parias y era un mestizo orco-humano. Por lo visto, su madre había sido una prisionera humana a la que se había beneficiado media tribu (ocasionalmente se empleaba como insulto señalar a alguien como su supuesto padre). El hijo que había engendrado no habría sido ni siquiera una opción de no mediar circunstancias extremas. Una vez crecido, el semiorco era considerado más como un trofeo de los humanos que como un miembro de pleno derecho y ni siquiera se le permitía llevar armas “de verdad”.

Estos miembros de la tribu eran marginados por los demás y formaban una subcasta que se mantenía un poco apartada del resto (donde más se veía era en las orgías, donde eran ignorados sistemáticamente). La clave para que estos seres en inferioridad de condiciones sobrevivieran radicaba en el sentido práctico de los orcos: eres tan bueno como en tu última pelea y eso vale para todos. Cualquier orco que no sirviera para nada no tardaba en morir en manos de sus propios compañeros: la tribu era lo principal y debía ser fuerte; los débiles no tenían un lugar en ella. Bastardo y Canijo se las habían apañado para actuar como carne de cañón, un suplemento útil aunque no imprescindible en las batallas.

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Periódicamente se celebraba el Grufg Nafgar, un ritual en el que la tribu, literalmente, se purificaba liquidando a sus miembros inútiles. Tuve la suerte de presenciar una de estas poco después de una escaramuza con los miembros de otra tribu en la que tuve la suerte (?) de eliminar al cabecilla de un flechazo en la garganta (un tiro afortunado, todo hay que decirlo). Aquel detalle me salvó de ser seleccionado porque algunos miembros de la tribu (especialmente Madre Ullag) me la tenían jurada.

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Tuve que probar en diversas ocasiones mi valía para que los pieles verdes no olvidaran que, aunque yo era un ser monstruoso (qué sabrán ellos…), también tenía mis virtudes: primero fue conseguir comida (quizás no sea el mejor cazador del mundo y por eso estoy tan delgado pero recolectar bayas y robar nidos no tiene secretos para mí), después tuve que intervenir en algunas peleas (me apaño bastante bien si tengo espacio para poner en práctica mi esgrima) y, por último, tareas cotidianas como trenzar cuerdas, extraer espinas clavadas (llegó a ser práctica común en la tribu acercárseme y enseñarme tal o cual herida para que la curara) y demás labores en las que mi habilidad manual era bien recibida.

NOCHE EN EL PANTANO

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 23-Agosto-2009 por warbriel

Anochecía y un viento frío que anunciaba el otoño soplaba en el pantano del Tejón Cornudo. El verano había sido largo, cálido y violento para los orcos de la recién creada Tribu del Pantano y el viento traía los gritos y ruidos de su poblado en el otro extremo de la ciénaga.
pantano La tribu había nacido de la unión de los supervivientes del Colmillo de Jabalí y el Tejón Cornudo y tras varias luchas internas empezaba a actuar como una unidad. El invierno actuaría como prueba decisiva para que los orcos trabajaran en equipo por la supervivencia y la tribu podría dedicarse a las incursiones y el pillaje si lograban superarla.
No había sido fácil. El antiguo jefe del Tejón Cornudo, Tripchung Cabeza Enferma, había sido depuesto a la manera orca (violentamente) pero la nueva tribu no había aceptado el liderazgo de Karg, el caudillo del Colmillo de Jabalí. Varios orcos candidatos al puesto habían intentado sin éxito unir a las dos facciones.
Las hembras, sin embargo, sí se habían hecho amigas rápidamente. Con Madre Ullag como relaciones públicas habían comprendido sin dificultad que les iría mucho mejor con ella al mando, tanto más después de que ahogara en el pantano a un orco borracho que intentó propasarse demasiado con Guki Mejilla Asquerosa. Las hembras se dedicarían a criar a los cachorros y simplemente esperarían a que los demás orcos se pusieran de acuerdo en quién mandaba. De momento, un violento orco llamado Gruenab parecía estar ganándose el apoyo de los demás orcos mediante una simple combinación de amenazas y ultra-violencia.

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El nacimiento de la Tribu del Pantano no había estado exento de sacrificios. Varias purgas internas habían acabado con numerosos orcos que no encajarían en el nuevo orden (o que estaban en medio en el momento en que se declaró una caza de brujas).
Bastardo era uno de ellos. El semiorco había sido un trofeo de la Tribu del Colmillo de Jabalí, el hijo de una prisionera humana al que se aceptaba como un símbolo de la superioridad orca. Sin embargo, los orcos del Tejón Cornudo eran bastante supersticiosos y no estaban dispuestos a aceptar a un mestizo entre ellos que pudiera provocar las iras de los dioses del pantano.
Druat había sido otra expulsada. En realidad, las intenciones de la nueva tribu respecto a ella eran la de darle una función útil para una hembra flaca, fea y estéril: de plato principal en un festín de hermandad. Sin embargo, a pesar de sus taras, Druat sabía pelear. Y tenía las piernas lo bastante ligeras y la cabeza lo bastante despierta como para poder escapar de los, a menudo ebrios, orcos del Pantano.

raices A pesar del frío creciente, el interior de la madriguera era cálido y acogedor. Estaba escavada bajo las raíces de un enorme árbol que crecía junto al agua, dejando varios huecos por los que entraba el aire fresco y salía el humo.
En su interior flotaba un fuerte hedor a orina a duras penas sofocado por la pequeña hoguera que ardía en el centro de la estancia.

Mal olor”, pensó para sus adentros Druat pinchando un escarabajo del tamaño de su puño en un palo y acercándolo al fuego, “nadie cerca árbol”.

La orina era de un masticador gigante, probablemente la criatura más temible del pantano, que había marcado el árbol como parte de su territorio. El masticador, con sus doce metros de largo y su enorme boca llena de dientes afilados donde cabían dos orcos enteros, era probablemente el ser más peligroso de la ciénaga y ninguna criatura se acercaría a menos de veinte metros de un lugar donde pudiera encontrarse con él.
Druat y Bastardo habían elegido aquel lugar para ahorrarse la mayor cantidad de encuentros desagradables posibles. Siendo sólo dos orcos desterrados carecían de la fuerza necesaria para enfrentarse con éxito a muchos peligros del pantano. Viviendo bajo las meadas del masticador sólo podían tener un problema (que, sin duda, sería el último) y según el punto de vista orco, un problema siempre es menos que muchos problemas. Bastaba con tener un poco de cuidado y trepar a un árbol muy alto cuando el suelo empezaba a temblar.
Hoguera%5B1%5D La orca pinchó otro enorme insecto en un palo y lo clavó en el suelo junto al fuego. Bastardo había salido a cazar algo por su cuenta pero con lo inútil que era para esos menesteres lo más probable era que volviera de vacío. En una tribu convencional, Bastardo o Druat ya habrían sido eliminados. Sin embargo, habían logrado sobrevivir al verano pescando, cazando y recolectando frutos. La propia Druat había pensado más de una vez en abandonar al semiorco a su suerte ya que ella sabía sobrevivir por sí sola. Sin embargo, al ser una hembra medio raquítica y estéril siempre había estado sola, incluso en su antigua tribu, y no quería volver a ese estado de cosas. Le gustaba como olía Bastardo y se habría sentido muy sola si por las noches no hubiera estado aquel mestizo flacucho tendido a su lado calentándole el costado.
Una sombra tapó el agujero de entrada y Bastardo entró en la madriguera. Iba hecho una pena, todo empapado y cubierto de púas. Druat no tuvo que mirar sus manos vacías para saber que aquella noche cenarían insectos otra vez. No era un problema ya que eran buenos, grandes y abundantes pero en invierno no serían tan fáciles de conseguir y Bastardo había prometido volver con algo de carne.

El semiorco se derrumbó junto al fuego con una expresión de disgusto oscureciéndole el rostro. Para los estándares orcos, Bastardo era bastante feo. Tenía una mandíbula huidiza poco resistente a los puñetazos y, a diferencia de los guerreros normales, eran sus colmillos superiores y no los inferiores los que asomaban de su boca. Aunque su cuerpo delgado y fibroso era fuerte comparado con Druat o la mayoría de humanos, carecía del volumen muscular y la resistencia de un verdadero orco. Todo eso por no mencionar su ridícula voz atiplada, demasiado gutural para los cánones humanos y totalmente afeminada para los orcos.
El mestizo había logrado sobrevivir en su tribu gracias a un crudo invierno en el que el Colmillo de Jabalí había sido diezmado por una incursión enemiga. La necesidad de nuevos guerreros había sido tal que habían permitido crecer a cachorros como Bastardo, que en otras circunstancias habrían sido sacrificados sin piedad como alimento para los demás. Con los años, Bastardo se había convertido en el último entre iguales, un guerrero armado con las armas torcidas que nadie quería y que en las incursiones solía ocupar un innoble lugar en la retaguardia donde no molestara.
Con un suspiro, Druat se sentó tras él y le empezó a quitar púas de la espalda.

La vida de la hembra no había sido más fácil. Druat, cuyo nombre significaba “Serpiente”, había sido criada con las demás hembras pero cuando pasaron los dos inviernos necesarios para que se la considerara adulta descubrió que no podía quedarse embarazada. Tampoco era fácil seguir intentándolo porque era de una delgadez casi enfermiza con pechos poco generosos que no gustaba a los orcos, más aficionados a las hembras de curvas rotundas. Y cuando Madre Ullag empezó a olisquearla con disgusto no tardó en ir a parar al Festín de los Valientes, la salvaje purga a la que la tribu del Colmillo de Jabalí se sometía cada invierno. En el Festín, todos los considerados débiles (lisiados, viejos, enfermos…) debían enfrentarse al resto de la tribu con una regla muy simple: si lograbas cargarte a alguien, su vida pagaba la tuya. Druat había logrado sobrevivir a dos Festines eliminando en cada ocasión a un cachorro de pocos meses de edad (aunque el propio jefe Karg había logrado su puesto de jefe en uno de dichos festines a dentellada limpia, las heroicidades no eran del gusto de Druat). Después de aquello, había adoptado una vida vagabunda y parásita en pos de la tribu lo bastante lejos de Madre Ullag y alimentándose de lo que podía cazar y los restos que dejaban los demás orcos.

Junto con Bastardo y Enano (un orco que apenas llegaba a la cintura de los demás, producto del mismo invierno que el mestizo), Druat formaba la “ugruj” (escoria) de la Tribu del Colmillo de Jabalí, una carga por la que ningún otro orco se preocupaba, sin derechos ni nadie que les defendiera. Pero Enano había desaparecido hacía tiempo, después del ataque de un gigante que había hecho a la tribu del Colmillo de Jabalí unirse a la del Tejón Cornudo, y ya sólo quedaban Druat y Bastardo solos en aquel pantano.

Bastardo soltó un gruñido de dolor. Druat tiró la púa al fuego y lamió suavemente el hombro del semiorco hasta que éste dejó de gruñir.

-¿Cómo daño?-preguntó Druat reanudando su tarea.
-Pesca cerca planta mala-contestó Bastardo y añadió-Mal.
-¿No pesca?-preguntó Druat en su tono más comprensivo (no muy distinto del tono agresivo, el asustado, el triste, el alegre y el sensual, cosas de la expresividad orca) sacando otra púa especialmente clavada.
-No pesca-confirmó Bastardo.
-Bichos comida-Druat señaló los insectos asándose junto al fuego-No hambre aún.

Y para consolar a su compañero le acarició la oreja con sus estrechos labios emitiendo un suave ronroneo. Bastardo emitió un gruñido de descontento para hacerse el duro pero pronto se dejó hacer. Muy despacio, subió su mano hasta su hombro para ponerla sobre la de Druat.
La orca apoyó la barbilla sobre los nudillos de Bastardo y ronroneó de nuevo. Se acercó más a su cuerpo para transmitirle calor.

Una comadreja saltó desde un arbusto sobre una rata mordiéndole la nuca. Las dos alimañas rodaron por el suelo luchando a muerte ajenos al pantano que las rodeaba. No había maldad en aquel combate, sólo la ferocidad natural e inherente al ciclo de la vida y de la muerte.

Druat y Bastardo cayeron al suelo junto a la hoguera intercambiando caricias y húmedos lametones. Los orcos tienen unos labios demasiado estrechos para besarse. Las manos de Bastardo hurgaron bajo el chaleco de cuero de Druat buscando su calor y sus secretos.

En la ciénaga, un antílope arrancó una hoja de un arbusto y la masticó con gesto pensativo. Sus orejas se movían de un lado a otro escrutando su alrededor en busca de cualquier posible peligro.

PANTANO1

Cerca de allí, una serpiente se incorporó lentamente, en tensión. Considerando que quedarse al aire libre no era buena idea cuando caía la noche, el reptil se introdujo en su madriguera escondida entre la hierba.

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Y, a lo lejos, el masticador rugió al anochecer.

PANTANO3

LUJURIA EN EL MANICOMIO

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 13-Agosto-2009 por warbriel

“Empujó la puerta con todas sus fuerzas pero no había nada qué hacer: se trataba de un sólido panel de seguridad totalmente invulnerable a los esfuerzos de cualquier persona por abrirlo desde dentro. Ahogó un gemido de espanto y se volvió.”

Tanya contempló el papel con satisfacción. Le gustaba como estaba quedando. Cogió el lápiz que estaba mordisqueando y tachó de un papel la frase “encerrada en la celda con un psicótico”. Solía apuntar sus ideas en papeles y luego las iba tachando a medida que las mecanografiaba en aquella vieja máquina Underwood.

“El hombre no estaba atado a la cama. Y en su prisa por correr hacia la puerta de la celda de seguridad había olvidado por completo suministrarle la inyección calmante.
Le había quitado la correa del brazo izquierdo, le había levantado la manga y le había preparado la vena pero no le había pinchado”

Manicomio1

Dejó que su mirada vagara por la habitación. Los muebles eran sencillos y el único adorno era una foto colgada en la pared de su boda concertada con Piotr Kowalsky junto a la ventana, casi permanentemente cubierta de hielo y nieve. Aunque ella se había cambiado su nombre original y nacionalizado en aquel pequeño país, Tanya pertenecía a un lugar muy diferente.
Había nacido en Ecuador hacía casi treinta años pero a los veinte fue comprada por el gobierno inulvano como parte de su plan de “reproducción demográfica”. Miles de mujeres de diferentes nacionalidades habían sido enviadas a aquel país para casarse con inulvanos y procrear. Puesto que habían sido compradas legalmente, no había mucho que pudieran hacer.

“Sólo manteniendo a aquel hombre permanentemente sedado podían controlarle. Era un asesino múltiple con tendencias psicótico-caníbales y no servía cualquier sedante. Sólo una inyección de un poderoso derivado de la ketamina lo mantenía bajo control pero era un producto tan fuerte que cada inyección debía aplicarse justo cuando remitieran los efectos de la anterior. Lo había hecho infinidad de veces, tantas que se había confiado demasiado.
Maldijo para sus adentros al ver a aquel hombre arrancarse la otra correa con su musculoso brazo”

Su marido no era mala persona pero sí bastante aburrido. Trabajaba en el sanatorio mental de Rostropovich y como aquel lugar estaba en medio de las montañas, vivían en una casita cercana sin otra compañía que dos grandes perros y sus dos hijos pequeños.
Puesto que las compras se las traían desde Takovni, Tanya tenía muchas horas vacías que llenar y había descubierto su faceta literaria escribiendo novelas pornográficas.

“La mirada que le dirigió aquel hombre la aterrorizó. Sintió el corazón intentando salírsele por la boca y latir furiosamente contra sus pechos. Estaba casi segura de que su bata subía y bajaba al ritmo de los martillazos que sentía en su interior.
El hombre se incorporó en la cama sin dejar de mirarla. Era increiblemente musculoso. Habían hecho falta cuatro enfermeros para lograr encerrarlo y dos habían resultado heridos.
Era como un animal salvaje e indomable”

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“A pesar del terror que sentía no pudo evitar fijarse en el pantalón del pijama del hombre: una enorme erección la encañonaba como una pistola. Sabía que uno de los efectos secundarios de las inyecciones incluían aquel tipo de síntomas. También podía ser causa de la abstinencia forzada o una simple erección matutina. Se sorprendió de tener la mente tan clara a pesar de su poco envidiable situación: estaba encerrada en una celda con un loco peligroso, no en un examen de la facultad. Para su desconcierto, descubrió que estaba inexplicablemente excitada.”

No había publicado nada todavía pero sabía que su marido conocía a un editor. Se daba cuenta de las dificultades que podía entrañar publicar pornografía en un país tan militarizado pero no perdía las esperanzas. En sus fantasías, su novela era todo un éxito y era trasladada a la gran pantalla. Había pensado incluso en qué actores quedarían bien.
Su hija de año y medio, la pequeña Irina entró en el cuarto abrazando su muñeca de trapo. Llamar muñeca a aquel engendro recosido un millón de veces era algo exagerado pero al menos Tanya podía alimentar a sus hijos a diario y mantenerlos calientes y a salvo. Incluso irían a un colegio (militar, por supuesto) cuando fueran más mayores, algo que no todos los inulvanos podían permitirse.
Pero Tanya quería que sus hijos tuvieran algo más. No le acababa de gustar la idea de engordar el censo de aquel país de tres al cuarto que había comprado su vida.
Aquella novela era su billete para salir de allí. Para ella y para sus hijos. Y quizás para su marido.

Tanya se pasó la lengua por los labios. Sentía su inspiración burbujeando como una olla al fuego. Cuando estaba así podía pasar horas enteras llenando folios sin descanso aunque sus hijos y las tareas del hogar raramente se lo permitían. Iba a dar rienda suelta a sus más tórridas fantasías. Iba a hacer que su protagonista temblara de placer hasta gritar. Iba a conseguir que…

-Mamá, caca-dijo la pequeña Irina tirándole de la falda.
-Mierda-fue su respuesta.

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LA ORGÍA (III)

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 3-Agosto-2009 por warbriel

NOTA: Esta parte sí es mía. La cuarta y última es de Xetegol.

-¿Qué tal, figuras?-preguntó Lucio a los recién llegados repartiendo amistosos puñetazos entre sus hombros.
-¡De puta madre!-exclamó uno de ellos, un individuo de pelo corto y piel oscura debido a innumerables horas de sesiones de rayos UVA-Lo de este sábado fue magistral, ¿eh?
-Yo me follé a cuatro-añadió el otro, más corpulento y con los dientes desordenados-La “Yenni Tetas” bufa como un gato pero tiene un culo para cascar almendras…

Paco bebió de su jarra para disimular una mueca. Se consideraba un tipo tímido y el hecho de encontrarse en una habitación con tanta gente desnuda dispuesta a mantener relaciones sexuales podía ser muy tentador en sus fantasías pero en la realidad todo era dolorosamente distinto.

La gente se quitó la ropa sin demasiada ceremonia. Varios llevaban alguna copa de más y tuvieron que sentarse para quitarse los pantalones. Los sujetadores volaron de un extremo a otro de la habitación y media docena de pares de pechos quedaron al aire. Paco se sintió ridículo al notar que, inconscientemente, estaba doblando su ropa y dejándola en una silla. Hizo un esfuerzo para no mirar los genitales de los demás: los nervios y el frío le dejaban directamente fuera de la competición.
La habitación olía a una mezcla de producto de limpieza, vestuario y colonia.

-¡Tú eres el que me miraba la polla, desgraciao!-saltó el de la boca desordenada mirando a Paco-¡Que sepas que a mí no me va ese rollo, enfermo! ¡Como vuelva a verte mirándome los huevos, en lugar de darte por culo, te voy a dar de ostias!
-¿Qué? Yo…

Paco notó que se hacía muy pequeño. Allí había un error. Él no había…

-Benito, coño, que no es este-saltó Lucio para defender a Paco-El marica aquel no ha vuelto con nosotros desde navidades.
-Ah, ¿no?-Benito pareció tranquilizarse por un instante-Muy maricón no debía ser porque se folló a la Hulka…
-Sí, es que el otro también se la folló un par de veces-siguió Lucio-lo que pasa es que este también es pequeño y un poco capullo pero es hetero como el que más.
-¿Te follaste a la Hulka?-preguntó Benito mirando con una horrible sonrisa a Paco-¡Qué cabrón!

Y le dio un puñetazo en el hombro que casi hizo que se le cayera la cerveza por encima.

Para su sorpresa, Hulka no tuvo el menor reparo en cogerle del cuello y besarle. Su lengua y sus labios eran ásperos y fuertes como un estropajo pero su fiera respiración acabó por excitar a Paco. Realmente daba igual quién estuviera a su alrededor y lo que hicieran: aquella era su noche y se iba a tirar a Hulka. Por narices.
Las manos de ella daban vueltas por su espalda y su boca dejaba oscuras marcas en su cuello. Paco intentó estar a la altura pero descubrió que no tenía fuerza suficiente para masajear aquella espalda con músculos de acero. Intentó mordisquear las orejas y el cuello de Hulka pero era como masticar piedras.
Empezaba a ponerse nervioso por no poder estar a la altura cuando ella le colocó en el suelo. No le empujó ni le indicó que bajara: era tan fuerte que, sencillamente, le colocó en el suelo y se tiró sobre su polla medio dura como un tiburón. Paco, acostumbrado a novias dulces y cariñosas, había esperado una mirada de complicidad, una media sonrisa, algo que le indicara que había buen rollo entre ellos dos.
La vigorosa boca de Hulka subió y bajo con habilidad por su pene cada vez más duro. Paco rezó para no correrse justo entonces a pesar de llevar una semana haciéndose dos pajas diarias para poder aguantar más en la orgía. No daba mucha fiabilidad a los fantasmones del gimnasio que aseguraban que eran capaces de eyacular una docena de veces pero no quería quedar como el notas que se corrió a los dos minutos y se fue al baño con el rabo entre las piernas.
Sin decir una palabra, Hulka dejó de trabajarle los bajos y se puso a horcajadas sobre él. Paco recordó algo llamado “síndrome de la vagina dentada” cuando vio aquella cosa peluda y oscura como el infierno descender sobre su amigo “el calvo”.
“Después de todo” pensó para sí intentando sonreír “hoy follo”.

-¡Coño, claro!-exclamó el tipo moreno de rayos UVA-Tú eres el que estaba debajo de Hulka cuando me hizo la mamada, ¿eh?

Paco tragó saliva, incómodo. Aquel individuo era el que, a poco de empezar Hulka a moverse sobre él, se había acercado a ella con su pene erecto y desafiante para metérselo en la boca. Y no habría sido tan grave de no estar él debajo y tener los testículos del otro (bastante más pálidos que el resto del cuerpo) a dos palmos de su cara mientras la tía que le gustaba y a la que estaba consiguiendo follarse (no era una constante que digamos en la vida de Paco) se la chupaba al forastero. Además, olían. Mal.

-Perdona que no te haya reconocido, ¿eh?-siguió el otro-pero es que yo procuro no mirar a los tíos en las orgías para no convertirme en homosexual. Que a mí ese rollo no me va. Que yo a los maricones los tolero, ¿eh? Pero a mí todo eso de dar por culo a los tíos no me llama…

Intentando evadirse de los testículos de aquel tío, Paco miró a su alrededor. Un poco más allá, Lucio estaba enrollándose con una de aeróbic mientras otra le hacía una mamada de espanto. En el sofá de la izquierda, Benito estaba follándose salvajemente a cuatro patas entre bufidos y exclamaciones obscenas a “Yenni Tetas”, cuyos pechos responsables de su mote chocaban entre sí y contra los cojines. También podía ver a “El Negro”, uno de los culturistas del gimnasio, de espaldas a él. Probablemente se la estaría chupando alguien porque todo el mundo decía que gastaba una tranca descomunal…

LA ORGÍA (II)

Publicado en Cuentos de Gabrielowsky el 31-Julio-2009 por warbriel

NOTA: Como ya dije, esta parte es de Xetegol.

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Dos nuevos maromos entraron en el bar y saludaron hacia su mesa. Paco levantó la mano, les recordaba de la fiesta aunque no tenía la noción de haber hablado con ellos. Se dio cuenta dos segundos tarde de que realmente saludaban a Lucio.

-La verdad es que estuvo de puta madre el ambiente-comentó Lucio-Si te soy sincero pensaba que te sentaría mal la coña de la hora.

A Paco le subió un calor familiar a las orejas. Se trataba del sentido del ridículo combinado con el de la ira. Él jamás habría acudido a una fiesta de esa índole con gente de esas características. Al lado de los tíos parecía el árbitro de un partido de baloncesto y al lado de las tías no podía dejar de sentirse como miembro de una especie distinta, posiblemente en peligro de extinción, cuyo apareamiento, además de cómico, resultaría inviable.
Por eso mismo había dicho que no en un principio.

zxk86d Sin embargo, mientras el sol se escondía tras los edificios y el sonido de los coches se apoderaba de las calles, Paco le había dedicado media hora a los restos de una vieja botella de pacharán. Navegando por los terribles recuerdos de sus viajes y por alguna espantosa nochevieja se obligó a animarse y llamó a Lucio para confirmar su asistencia.

No habían pasado aún treinta minutos de espera cuando comenzó a arrepentirse. La hora de quedar frente al bar había sido las nueve de la noche, Paco acudió un premeditado cuarto de hora tarde para no ser el primero pero hasta pasadas las diez no llegaron los dos primeros quienes, en un principio, ni le reconocieron y después pasaron a hablar entre ellos de una pareja a la que él no conocía ni conocería jamás.

Lucio llego a las diez y media.

-Hombre, no me hizo demasiada gracia pero…
-¿Te acuerdas del camarero?-interrumpió Lucio-Qué mosqueo se cogió con Ernesto cuando le puso la zancadilla.

Paco apuró su jarra de cerveza para no contestar a aquello. Podía incluso entender que en una mesa de borrachos hubiera dos personas menos educadas que el resto pero que TODOS (y todas) se descojonaran de un pobre camarero que se caía al suelo le resultaba digno de auténticos primates. Sin embargo, los primates tenían otros amigos primates con quienes hacer cosas. Y amigas primates con unas tetas enormes.

“Hulka” gozaba de dos buenas piezas. Paco había dejado a su imaginación navegar entre sus músculos varias veces, sin embargo la idea de que ocurriera realmente le aterraba. Durante la cena ella había comido bastante más que muchos de los chicos, había retado con éxito a pulsos a otros tantos y había guardado un juego especial para él:

“Dame la mano”, comenzaba. Una vez estrechadas, las manos tenían que apretar con fuerza hasta que uno de los dos se rendía a causa del dolor. Había sido la risa de todos ver como Paco trataba de zafarse mientras ella se reía a carcajadas y continuaba crujiendo sus dedos.

Una vez llegaron al pub y el pacharán, la sangría y las primeras copas le envalentonaron, se esforzó en hablar con ella.

godzilla-1998 -Oye, tenía una cosa que preguntarte,- dijo él tratando de parecer simpático.- ¿No te molesta que te llamen ‘Hulka’?

Era una de las muchas gilipolleces con las que solía fracasar al primer intento sin embargo obtuvo una respuesta.

-Bueno, me han llamado cosas peores- sonrió ella. Los músculos del rostro resaltaban su perfil.
-¿En serio?- dijo él fingiendo interés.
-Si, tenía un amigo que me llamaba “Godzilla”
-Ja-sonrió.-¿El de las japonesas o el de Roland Emmerich…?- aún no había terminado de decirlo cuando comprendió que había llegado su fin. Algunos compañeros, al lado, los escucharon y se separaron a descojonarse a gusto. Fue todo un detalle que no lo hicieran frente a ellos.
La chica le miró con cara rara pero la fortuna quiso que no hubiera escuchado bien: “¿Como dices?”

godzilla

-Nada, que prefiero Hulka.- sonrieron ambos- ¿Quieres otra jarra?- Había superado el primer asalto con éxito parcial.

Lucio trajo dos nuevas jarras y se entretuvo saludando en el bar. Mientras tanto Paco sacó el móvil y revisó los mensajes. Entre sus muchas manías se encontraba la de tener pocos mensajes para que el sistema accediera mas deprisa a la información nueva. Su método consistía en eliminar los enviados. Entre ellos leyó uno que había olvidado por completo. El calor le subió de nuevo al rostro y dejó caer la frente sobre la mesa.

Me gustaría ser verde para tener algo más en común contigo

Lo había enviado desde el mismo pub, antes de la orgía.