Pues sí, señoras y caballeros, estoy de vuelta de mi periplo tailandés. Frente a todos esos disturbios cataclísmicos que anuncian por la tele, deciros que Bangkok es una puta balsa de aceite y que yo he estado tres días tirándome agua con los parroquianos, remojando a guardias y no ha pasado absolutamente nada. La comida del avión (tocaba menú para celiacos) de vuelta tampoco ha sido suficiente para acabar conmigo. He estado en Israel, en Monzón y en la tomatina de Bunyol. Con semejante CV, el ejército del País de las Sonrisas no tenía nada que hacer contra mí.
Pero a lo que iba: hace tres días salí del templo donde nos recluímos a hacer un curso de meditación vippasana de 10 días. Desde entonces no he parado de empinar el codo. No tengo remedio pero hay que entenderme: cuando te metes al templo haces una especie de juramento mágico por el cual:
-No puedes hablar con nadie (ni tocarle ni socializar de ningún modo).
-No puedes matar nada (¿os he dicho que Tailandia necesita a gritos un baño de Cucal?).
-No puedes robar (nchts).
-No puedes leer nada. No puedes escribir nada. No puedes tocar el móvil, escuchar música, hacer fotos ni ninguna de esas canalladas.
-No puedes abandonarte a comportamientos eróticos (deberían añadir una post-data a esto tal que “… los primeros días. Cuando la crisis nerviosa empieza a ser demasiado destructiva, se permiten los alivios manuales.”)
-Te levantarás a las cuatro de la mañana, desayunarás a las seis, comerás a las diez y media y nada de sólidos hasta el día siguiente. Todo lo que hay entre medio es meditación.
-Hay que vestir de blanco riguroso y bien limpio. Aunque había lavandería, yo acabé duchándome vestido para lavar la ropa y hacer algo mínimamente divertido.
Y así unas cuantas más. Al final, en mayor o menor grado, acabas rompiéndolas todas.

Esencialmente, el proceso consiste en aprender a no pensar de manera que lo que realmente tienes dentro de la cabeza salga a flote. O algo así (no te está permitido hablar y el inglés de los monjes es algo defectuoso con lo que las dudas te las puedes meter por el culo). Dicho en pocas palabras: tienes que aprender a hacer nada y cuanto más nada haces (o sea, menos haces en general) mejor lo estás haciendo. Claro, tú estás en tu celda a mediodía y piensas ¿qué coño hago hasta la hora de dormir? Pues nada, que es a lo que has venido y, por otra parte, lo único que puedes hacer. Sé que todo esto suena a muy desequilibrado pero imaginaros la de vueltas que os puede dar la cabeza en diez días mirándote el ombligo.
La meditación se puede hacer de dos formas: sentado (con las piernas cruzadas) y andando (literalmente, a ninguna parte). En ambos procedimientos debes controlar cada brizna de actividad de tu organismo (o sea, barriga adentro cuando sueltas el aire, barriga para afuera cuando lo coges, pie que sube y pie que baja) y se alternan en periodos que primero son de 15 minutos y te los van engrosando cinco minutos diarios. Al finalizar el día tienes que haber hecho cierta cantidad de horas meditando, primero unas pocas (siete, ocho… que se dice pronto) y luego bastantes (diez o doce en periodos de cuarenta minutos, lo cual es un dislate). También se puede meditar tumbado pero después de quedarme frito tres veces decidí portarme como un hombre y sufrir un poco más.
Evidentemente, las piernas y la espalda te van a doler como si te clavaran chinchetas y la mente te va a divagar sobre los temas más peregrinos (creo que me he repasado todos los comics y películas que he visto en mi vida y dado un repaso general a toda la gente que conozco) pero, si haces bien las cosas, consigues controlar todo eso y tanto el dolor como los pensamientos innecesarios se apartan. Y entonces, por obra y gracia de Buda y su Martillo Mágico con Cabeza de Elefante, te iluminas un poco. O algo por el estilo, ya os digo que el inglés de los monjes era nefasto.
Ahora bien, para cosa nefasta, la comida: dos, mal situadas y peor cocinadas. Eso sí, con menú para vegetarianos incluido. Después de pillar tu plato de bazofia con arroz, tocaba rezar media horita asegurándole a Buda que no te comías eso ni por vicio (muy degenerado hay que ser para eso), ni para llenarte de energía (¿qué se creen que soy?¿una batería de móvil?), ni por belleza (hay que decir que con ese régimen se pillaban pocos michelines) sino para destruir momentaneamente la sensación de hambre (tal y como era el rancho, era lo único por lo que lo devorabas) y que benditos seais todos y que os aproveche (todo esto mientras espantabas a las moscas que parecía que pasaban más hambre que tú). Tenías un papelote y todo con las oraciones en tailandés para cantar a capela con el resto de la gente. Un par de veces casi me descojono de risa al oírme rezar “Patisanka Yonisho Abisueami” porque, lógicamente, se me ocurrían rimas obscenas y canciones de los Lehendakaris Muertos.
De velar tus progresos se encarga el sumo sacerdote (u arzobispo budista o gran mogol, o maestro jedi, o mujer serpiente o el cargo que sea que tuviera el buen señor), un tío majo, sin duda, el Prah Ayán Supán (sonaba así al menos). Cada día tenías una entrevista con él y, como era el único con el que hablabas, te parecía genial. Claro, lo malo es que lo único que tenías que decir era “Macho, me duelen las rodillas como si tuviera un cardo dentro” o “Se me va la pinza, tío” y él te contestaba alguna lindeza como “Los elefantes saben jugar al fútbol pero hay que entrenarlos primero“, “Sólo si algo duele y se hace con pasión vale la pena“, “Para mañana me haces cada vez cinco minuticos más y trata de hacerme once horitas, hijo mío“…razón tenía, el buen hombre, pero uno apreciaría una conversación más florida de alguien al que has hecho tres genuflexiones después de hacérselas al Buda correspondiente.

Más allá de esto, la vida social se limitaba a cruzarte con la gente. A las cinco de la tarde daban una especie de caldo de merienda, tú estabas ahí bebiendo, llegaba otro y se te sentaba al lado sin hablar ni mirarte que parecía que estábamos enfadados. Igual llegaba alguno más pero nadie decía ni mu. Al final, uno por uno nos levantábamos y de vuelta al ruedo. En los lugares de meditación era casi peor porque había auténticas multitudes andando con los ojos cerrados o meditando y te acababas agobiando creyendo que eras el único que las estaba pasando putas (algo muy lógico con tanto silencio) hasta el extremo de que yo acabé encerrándome en mi cuarto para alejarme de tanto pagano. Cuando terminó el curso y los alumnos salimos de allí sin habernos hablado durante diez días éramos casi amigos y nos fuimos de juerga para completar el proceso. De esta juerga hablaré en otra ocasión pero debo decir que la resaca clavera del día siguiente fue de las sensaciones más bienvenidas que he tenido jamás.
En cuanto a mi experiencia particular, el momento cumbre fue el quinto día, cuando tuve una especie de epifanía destructiva que me llevó a replantearme todo aquel disparate. A base de meditar me notaba entre borracho y fumado y tuve toda suerte de paranoias sectarias con el budismo hasta que conseguí ponerme la cabeza en orden. Reuniendo el poco valor que me quedaba, me juré terminar aquella mierda por las buenas o por las malas y aún conseguí meditar 11 horas y veinte minutos un día (gran record, vive Dios, cuando los demás me confesaron tras cuatro cervezas que ellos no pasaban de cinco o seis horas de malas maneras). Todo este asunto me hizo una especie de limpieza de polvo de mi mente y me permitió tomar decisiones que tenía colgando hace tiempo y admitirme a mí mismo ciertas cosas que estaban allí pero que tampoco quería reconocer. Aunque parezca mentira, ahora me siento mejor y creo que ha sido una gran hazaña.
El último día al salir, una señora tailandesa me paró y me dijo que era muy feliz de ver a extranjeros aprendiendo sobre el budismo y que siempre seríamos bienvenidos. Me pareció tan maja que intenté devolverle el cumplido a base de bendiciones de las que había aprendido para comer (“Que tengas una larga vida libre de enfermedades y desgracias, que la felicidad te sobre…”) pero ante la cara de desconcierto que me puso le acabé soltando un “May the Force be with you” y ahí me las dieran todas (también es una bendición, joder). Por otro lado, mi compañero Jejo se quedó en el templo a seguir meditando sobre su vida (menuda cara se me quedó cuando me lo dijo) y me tocó la ingrata tarea de comunicárselo a su hermano y a su novia. Si los dioses quieren, el muchacho saldrá de allí a final de mes.
Así sea.