Ahora que andamos metidos hasta las cejas en la crisis capitalista declarada, un valor al alza es ser una persona “apañada“. Esto estaba muy bien en tiempos, cuando con un clavo retorcido y un cacho de cinta aislante podías fugarte de la cárcel o atracar un banco y Batman llevaba un bat-cinturón repleto de cacharros útiles.
Lamentablemente, el progreso dejó en la estacada esta habilidad, tan práctica cuando tienes que cazar tu desayuno con una lanza de punta de pedernal, y ahora cualquiera que pretenda meter las manos en las entrañas de una máquina sin un montón de barbaridades tecnológicas oficiales por medio (software y carrera que las llaman) está condenado a ser tildado de “chapuzas“.
Pero me estoy desviando del tema: hoy voy a enseñaros a “apañaros” para fabricar vuestra propia dronga casera sin necesidad de recurrir a patibularios camellos y especuladores de baja estofa dispuestos a sacaros los cuartos a punta de navaja.

INGREDIENTES (para 500 gramos, lo que en rayas vienen a ser dos pasos de cebra y medio)
-1500 gramos de zarzas (de esas que crecen en las acequias).
-Salsa Perrins. (hace poco me preguntaron a qué sabe y contesté “Coño, pues a salsa Perrins“).
-Un vasito de suavizante.
-Una cucharadita de bicarbonato.
-Pimienta negra y cayenas.
-Vinagre.
-Mantequilla.
-Dátiles secos de estos que nadie se come en las cenas de navidad.
-500 gramos de harina.
MODO DE PREPARACIÓN
Limpiad las zarzas de púas, hojas muertas e insectos (es lo malo de lo que coges del campo, que suele llevar tripulantes). Como es inevitable destrozarse las manos en el proceso (los guantes protectores restan una barbaridad de sensibilidad), lo mejor será que recurráis a herramientas (tijeras, cuchillos o directamente la batidora para cuando perdáis la paciencia), analgésicos (las aspirinas están bien, sobre todo si las combinas con un generoso vaso de whisky) o algún amigo tonto que tengáis (seguro que mirando en la agenda del móvil encontráis un montón de candidatos con al menos una de estas características).
Una vez hayáis separado lo que son los tallos (sin espinas) y las hojas sanas, ponedlo todo a hervir en dos litros y medio de agua, a poder ser, mineral durante dos o tres horas removiendo de vez en cuando. Al final de este tiempo, el agua habrá adquirido un color verdoso bastante repugnante y se habrá evaporado lo suficiente como para que el líquido resultante sea tirando a pastoso. Sacad la olla del fuego y filtrad su contenido desechando las hojas y tallos. Es importante que rasquéis el costrajo verde que se queda pegado en las paredes de la cazuela ya que buena parte de los principios activos que nos interesan están ahí.

A continuación debéis mezclar el líquido verde con el suavizante removiendo con una cuchara de madera lentamente. Añadir la salsa Perrins y el bicarbonato mientras en una sartén aparte hacéis un sofrito con el vinagre, las cayenas, la pimienta y los dátiles (hay que quitarles el hueso primero). Cuando dicho sofrito empiece a oler a quemado es el momento de juntarlo con el líquido verdoso en un recipiente huntado con mantequilla. Llegados a este punto es la hora de darle gusto a la batidora: no os privéis y triturad aquello hasta que el trozo más grande no tenga más de cuatro o cinco moléculas de largo.
La sustancia resultante es lo que se conoce como “farlopa líquida” o,como se dice en argot científico, “panacea trimegística“, y tiene un montón de usos prácticos, como huntar rebanadas de pan (¿para qué quieres a los críos tranquilos si puedes conseguir que ni los secuestradores se les acerquen?), árboles (¿alguna vez habéis visto un pájaro aletear hasta echar humo?), esquinas (¡convierte a tu perro en un galgo de carreras!) o tu propia piel (los mosquitos te picarán una sóla vez y se pondrán en órbita). No obstante, es poco práctica en los bares (más que nada, se parece demasiado al residuo de un resfriado) así que hay que darle un poco de apariencia. Y esto se consigue añadiendo el medio kilo de harina. Aseguráos de que se ha mezclado bien sin formar grumitos y dejadlo a secar en un lugar fresco sin luz directa durante un par de días. Después de eso tendréis coca a espuertas y no de piñones precisamente.

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