EL CORAZÓN DE LA PRINCESA

En el lejano reino de Klimenopistukis (fruto de la unión de la República de Kli, la Confederación Imenopistusiana y la terminación “kis” para que rimara en el refrán de reclamo turístico “En Klimenopistukis hay muchas fiestukis”) vivía el rey Benito II el Chupi (extraoficialmente, el “Follacríos”) que tuvo trillizas una primavera así muy florida. Bueno, las tuvo su mujer pero como la envenenaron una semana más tarde se sale de la historia antes de tiempo.

En fin, las tres hijas del rey se llamaban Cunegunda, Gumersinda y Dorotea. Y como el tema de la sucesión al trono estaba bastante jodido por aquello de que sólo había un puesto y tres candidatas, las tres pasaron bastante de llevarse bien y tiraron por la vía violenta para allanarse el camino al poder y labrarse un futuro en condiciones.

Al final no hizo falta llegar a las manos. Por pura casualidad, Cunegunda murió de muerte natural el día de la primera comunión de las tres hermanas (nada más natural que morirse cuando tienes catorce puñaladas en la espalda…) y Gumersinda se suicidó un día en el bosque colgándose de un árbol (a pesar de que estaban su hermana Dorotea y catorce sicarios, no pudieron impedírselo). Así que sólo quedó la pequeña Doris (lo de Dorotea le tocaba la moral y a veces le daba por torturar al que la llamaba así) como opción para la sucesión al trono.

El caso es que a Doris le tiraba un plebeyo: el intrépido aventurero Anselmo “Zarigüeya” Jones, un tío duro de los de antes que dedicaba su tiempo a buscar tesoros, putear dragones y frecuentar tabernas y lupanares. Pero vamos, que no le costó nada enamorarse de la dulce niña en cuanto se enteró de que era la hija de un rey. Y a Doris también le tiraba él, por aquello de que era alto, guapo y olía mal.

Pero el destino les jugó una mala pasada y quiso el Rey Benito que su hija contrajera nupcias con el príncipe Katobite, un moñas bastante lerdo fruto de la monarquía de un país vecino donde habían pasado los últimos trescientos años emparejando concienzudamente primos segundos, primos hermanos, tíos, sobrinos y algún que otro cuñado hasta conseguir a aquel sujeto de sangre real. Desde luego, cuando no iba bien vestido y pintado como una puerta, era todo un fenómeno de feria. Y tampoco es que matara de listo pero como era un príncipe, su matrimonio otorgaría a Klimenopistukis grandes ventajas.

La princesa Doris se vio forzada a elegir y lo vio bien claro: ella lo que quería era poder y al lolalilo ese del gorrito le podían ir dando. Así que dicho y hecho anunció que se casaría con el príncipe para regocijo general (aunque a “Zarigüeya” Jones no le hizo tanta gracia).

Y una noche, el intrépido aventurero conteniendo lágrimas de rabia y tristeza se encaramó con ayuda de una larga cuerda hasta el balcón de la princesa Doris en lo más alto del torreón oriental del palacio real. Llevaba sujeta con los dientes una rosa roja que crecía en medio de las Ciénagas Llameantes, justo encima del guano de los dragones de pantano (que siempre cagan en el mismo lugar y por eso sus estercoleros son sitios peligrosos) como señal de su amor. La princesa Doris salió al balcón y le puso ojos tiernos:

-Abandona a ese petimetre, nena-le dijo “Zarigüeya” Jones-Cásate contigo. La vida sin ti no tiene sentido y prefiero la muerte a vivir un día más sin tenerte a mi lado.
-Eres hombre muerto, macho-le dijo ella cortando la cuerda con una cuchilla de afeitar.

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Una respuesta to “EL CORAZÓN DE LA PRINCESA”

  1. que buena historia esta muy linda

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