CASAL (II)

Puente del Barranquillo está de fiestas mayores. Cada primer viernes de julio, el pueblo se viste de gala y el ayuntamiento hace un esfuerzo económico para pagar una orquesta que amenice la entrañable verbena tradicional que se organiza en la plaza mayor del municipio. Este año, las cosas habían ido peor de lo habitual y las tres orquestas diferentes que solían amenizar cada una de las noches de las fiestas mayores se vieron sustituídas por una única actuación aunque (rezaban los carteles) de gran calidad: los Tigres Bengalíes.

La asistencia a la verbena contaba con un total de noventa y cuatro personas entre los habitantes del lugar, sus familias de la ciudad y asistentes de otros pueblos. Todo un éxito, a primera vista de no ser porque ni uno sólo hacía el menor intento de bailar y miraban el escenario con una mezcla de estupor e indignación.

Los Tigres Bengalíes hacían todo lo posible por animar la velada pero ni sus trajes de imitación de piel a rayas, ni sus dos coristas caracterizados como dos salvajes africanos ni ninguno de sus cuatro miembros (un cantante barrigudo y con entradas, un guitarrista reciclado de un grupo punk, un percusionista alcohólico y el propio Constantino) parecían hacer mucha gracia al público. Después de interpretar “African Chic”, la orquesta celebró una reunión detrás de los altavoces:

-Esto es un desastre-dijo el cantante-Pasan de nosotros totalmente.
-A mí no me parece mal eso-observó Constantino-A mí me pone nervioso la cara de susto que ponen al mirarnos.
-Hay que hacer algo-insistió el cantante-A ver si nos vamos a quedar sin cobrar…
-Estos lo que quieren es caña-intervino el guitarra-Si me dejáis a mí…
-Tú quietecito que nos conocemos-le paró el cantante-Que estos no son de los que bailan chumba de ese que tocas.
-Venga, Mariano, deja al chaval-habló el percusionista ligeramente borracho-Total, peor no pueden ir las cosas.
-¿A este?¿Estás loco?
-¡Déjale hacer, coño!-añadió uno de los coristas quitándose un hueso de la cabeza-Que estoy hasta los huevos de hacer el capullo delante de los paletos…
-Bueno, vale-cedió el cantante pasándose la mano por el pelo. Se volvió hacia el guitarra con un dedo amenazante-Pero cuidado con lo que haces…

Lo siguiente que ocurrió fue un tanto confuso. Salieron de nuevo al escenario ante el silencio del público. El guitarra se puso al frente del escenario y adoptó una pose extraña. Arrancó de su guitarra un acorde estrepitoso que despertó ecos de todos los rincones del pueblo.

Constantino nunca olvidaría el cambio repentino de expresión de todos los rostros del público. Fue como cuando hacen la ola en un estadio pero bastante más perturbador.

-¡Emulsión Grasienta!-rugió el guitarrista al micro estirando el cuello como un pavo.

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