CASAL (III)

Julián estuvo encantado de ayudar a Constantino a limpiar, desinfectar y vendar sus heridas. A pesar de sus rarezas, el muchacho adoraba la medicina y buscaba continuamente la forma de practicar su profesión.

-O sea que mal, ¿no?-observó mojando un algodón en alcohol.
-Sí, eso parece-gruñó Constantino por el escozor-Los botellazos son una buena prueba de ello.
-¿Y cómo fue?-Julián examinó de cerca la brecha de encima de la ceja-Aquí no hace falta sutura.
Constantino gruñó de dolor al recordar.
-El punkarra ese empezó a cantar no sé qué barbaridad de pus y menstruo-explicó agriamente-El público se ofendió y nos cosieron a botellazos. Tuvo que venir la Guardia Civil a separarnos.
-¿Pus?-Julián alzó una ceja, pensando-Eso me recuerda a un caso clínico que leí de un tío al que las moscas le pusieron huevos en las heridas y se le montó una guarrada supurante de cojones. ¡Parecía un bote de mostaza!
-¡Joder, macho!-exclamó Constantino con cara de asco.

Tumbado en el sofá, con una infusión caliente al alcance de la mano y un buen montón de casos clínicos para ojear, Julián pasaba unos ratos muy agradables. Aquella mañana su pasatiempo fue interrumpido por Constantino, que había madrugado levantándose a las diez de la mañana, se había duchado y arreglado y se estaba engominando el pelo para atrás.

-Glaucoma en el ojo izquierdo complicado con reacción alérgica…-murmuraba cuando alzó una ceja para observar a su compañero-¿Vas a algún sitio?
-Tengo hora en una editorial para hablar sobre mi libro-explicó Constantino con orgullo-Les mandé mi “Tino Casal: Su Vida” y se lo han leído. ¡Igual les ha gustado!

Aparte de acabar la carrera antes de los treinta, Constantino soñaba con publicar la que él consideraba la obra de su vida: una biografía sobre el cantante Tino Casal, un divo de los años ochenta que había campado a sus anchas por la noche madrileña dejando un rastro de canciones estridentes y vestir de mal gusto. Había recorrido muchas editoriales intentando que leyeran el manuscrito con poco éxito. Sus otras revindicaciones de la figura de Tino Casal estaban ahí para el que pudiera interpretarlas pero pocos las notaban: había logrado introducir varias piezas del repertorio de Casal en el habitual de los Tigres Bengalíes, nombre que también había sugerido él para una orquesta anteriormente llamada “Fiesta-Volcán”. También se dejaba bigote y perilla como su ídolo aunque los peinados atrevidos escapaban de su alcance debido a su creciente calvicie. La ropa chillona le daba demasiada vergüenza.

-Mira esta foto-Julián le enseñó un folio con una foto pegada.
-¡Joder, tío!-maldijó Constantino con cara de asco-No me enseñes eso que acabo de desayunar. ¿Qué le ha pasado en el ojo?
-Una reacción alérgica le puso los ojos como tomates-explicó Julián entusiasta-Lo jodido es que tenía un glaucoma que se moría y se le armó la Marimorena en todo el ojo.
-Qué horror…-masculló el otro pasándose las manos por las entradas engominadas-Puta alopecia…
-Ah… y no deberías usar esa mierda de champú de huevo-advirtió mirando otra hoja-Aquí sale un fulano que por algo de eso se le empezó a caer el pelo a ronchones y tenía la calva toda asquerosa de granos y pellejos.
-¡A la mierda!-maldijo Constantino saliendo de la habitación.

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