AMUS

Hasta el momento de su muerte nadie pudo decir nunca que el sargento Amus fuera un cobarde. Quizás no fuera el hombre más atrevido ni el más audaz pero era un buen soldado y cuando él y sus hombres recibieron la orden de contener al enemigo durante la retirada lo único que salió de sus labios fue un “A la orden, señor” y su último gesto hacia los que le enviaron a su fin fue una protocolaria reverencia.

Los que le conocían dijeron de él que era un hombre honrado, que dejó una mujer y dos, quizás tres, hijos en alguna parte, que jamás cuestionó el mando de sus superiores y alguna muy rara hazaña personal. Incluso sus mejores amigos le definieron como un tipo poco hablador y de escasas iniciativas. Su carrera militar se redujo a doce años de leal servicio con muy poco que destacar salvo, tal vez, la experiencia que le permitió sobrevivir a una batalla tras otra hasta que le llegó la última. Y cuando llegó su hora hasta eso dejó de existir: Un número más que tachar, una baja más de la guerra, un tenue recuerdo póstumo sobre un soldado que luchó hasta el final y otro cadáver más para engordar a los buitres…

Amus abrió los ojos lentamente. Cuando recuperó la consciencia de todo recordó la lanza atravesándolo e instintivamente se encogió aferrándose el pecho mientras la sangre le inundaba los pulmones. Pero, para su sorpresa, respiraba bien y para más misterio, ni siquiera estaba ensartado en una lanza.
Bajó la vista lentamente hacia el peto de su armadura y sintió una mezcla de alivio y extrañeza al comprobar que no estaba cubierto de su propia sangre. De hecho, su peto estaba intacto y todo parecía indicar que su cuerpo también. Miró a su alrededor cada vez más confuso. El enemigo había desaparecido, sus hombres también… a decir verdad, ni siquiera el campo de batalla seguía en su sitio. Sólo él permanecía en… bien, no sabía dónde.
Estaba en lo que parecía una cueva o algo parecido. El techo era de piedra pero no se veía ninguna pared y la oscuridad más absoluta reinaba unos metros más allá en todas direcciones. Reinaba la quietud y el silencio salvo por una extraña nube de humo que se formaba y se deshacía a poca distancia de él. En su interior brillaba una luz rojiza.
-Bienvenido a mi mundo, Amus-le habló la nube de humo haciendo oscilar la lucecita.
El veterano soldado retrocedió a rastras instintivamente. Había permanecido impasible ante la caballería enemiga y había encabezado cargas contra piezas de artillería pero el hecho de que el humo le hablase y permanecer quieto no entraba dentro de su “galería de proezas”.
-¿Quién eres?-acertó a preguntar con voz balbuceante.
-Yo soy quien soy-contestó la nube de humo con una voz ni masculina ni femenina.
Aquello no aclaraba mucho las dudas de Amus. Miró sus manos fijamente antes de hablar de nuevo:
-¿Estoy muerto?
-Sin duda.
Amus parpadeó perplejo. A donde quiera que hubiera ido a parar tras su muerte no coincidía con ninguna idea de más allá que él conociera. Decidió dejar las cosas claras:
-¿Eres Dios?
-No lo creo-respondió la nube de humo extendiéndose hasta el techo y bajando lentamente.
-¿El Demonio?
-¿Un demonio?¿Eso crees que soy?-había burla en la voz-Haces muchas preguntas, Amus y ni siquiera estás preparado para las respuestas.
-¿Por qué estoy aquí?-preguntó Amus cada vez más confuso y enfadado.
Un remolino se formó en el centro de la nube y giró lentamente antes de fundirse con el resto del humo.
-Me interesas por motivos inconcebibles para tu débil mente-sonó la voz de nuevo-Ahora me perteneces. Para siempre.
-Yo no soy propiedad de nadie-cortó Amus con el que tal vez fuera el tono más autoritario que había empleado en su vida.
El humo se apartó como si una corriente de aire surgida del soldado lo hubiera empujado. La caverna pareció oscurecerse un poco más cuando el humo dejó de moverse.
-No estás en posición de amenazarme ni tienes nada con qué hacerlo-sonó la voz de nuevo aunque parecía que había perdido parte de su aplomo.
La mano de Amus bajó hasta su cinturón. Allí estaba su martillo de guerra. Lo recordaba bien porque si lo hubiera tenido en la mano mientras sujetaba el estandarte no habría sido empalado por aquel lancero. Lo aferró por el mango.
-Soy un guerrero-dijo lentamente-¡Lucharé contigo si es necesario!
-¿Y qué me harás?-la voz estaba llena de sarcasmo-¡No eres más que el despojo de una triste y aburrida vida cuya conclusión fue tan gris como su curso!
Amus se levantó de un salto. Sentía la ira correr por sus venas. No sabía por qué estaba allí, no sabía qué le iba a pasar y no sabía qué sería de lo que había dejado atrás si es que había algo en alguna parte que pudiera llamar suyo. Sólo sabía que se estaba enfureciendo más que en cualquier otra ocasión.
-¡No te atrevas a insultarme!-rugió sacando el martillo de guerra.
-No me das ningún miedo-dijo la voz desafiante.
El veterano soldado se lanzó al ataque con el martillo en alto, sujetándolo con ambas manos. Su boca estaba abierta, dejando escapar un grito de batalla. Su rostro estaba contraído en un rictus de indescriptible cólera.
No tenía nada que perder.

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