NAVIDADES VERDES

Era la noche que empezaba el invierno y en el bosque nada se movía y todo era silencio… hasta que te acercabas al territorio de los orcos.

En el destartalado poblado de la Tribu del Colmillo de Jabalí había una enorme hoguera encendida con grandes trozos de carne asándose de cualquier manera. Las vasijas estaban llenas de grok (turbia bebida destilada por los orcos con un buen porcentaje de sangre para hacerla bebible) y todo eran canciones obscenas y risotadas. El árbol del centro del poblado estaba adornado con cabezas cortadas de enemigos muertos (y de algún amigo que no había estado lo bastante alerta) como una ofrenda a los dioses. Los dioses orcos exigían a sus fieles un tributo esporádico y arbitrario bastante dependiente del humor en que se encontraran estos, como para no molestarles. Incluso las primitivas y violentas deidades de los pieles verdes sabían que pedir fé, oración y devoción a los orcos era buscarse problemas innecesarios así que les dejaban hacer.

Los orcos estaban de celebración.

Sí, los orcos celebraban la navidad aunque no la llamaban así (ni “Solsticio de Invierno” como decían los amanerados elfos) sino Grufg Nafgar, la Noche del Festín de los Valientes. Aquella noche comenzaba el invierno y con él terminaba la estación de las incursiones, las guerras y el saqueo. Era hora de que los orcos se recogieran en su poblado para reproducirse, acumular reservas y reponer fuerzas para volver a luchar en primavera contra cualquiera que se encontraran. Aquella noche se celebrarían las victorias y las derrotas, se comería y bebería hasta reventar, se contarían historias de tiempos pasados (casi nunca coincidían en los detalles aunque contaran dos veces seguidas la misma historia) y se celebraría el Festín de los Valientes.

El Festín de los Valientes consistía en reunir a todos los orcos heridos, enfermos o viejos en el centro del poblado y hacerles luchar desarmados contra el resto de la tribu. Cualquiera que fuera capaz de matar a un orco sano era un “jorchnar” (valiente) y merecía conservar su puesto en la tribu. Los que no lo lograban, morían y eran devorados por la tribu de forma que sus espíritus fortalecían a los demás y tendrían una nueva oportunidad cuando volvieran a nacer. Aunque era una práctica considerada bárbara por casi todas las razas, ningún orco, ni siquiera los heridos, la consideraba injusta: si no puedes pelear por ti mismo, nadie peleará por ti y estarás cargando a la tribu con tu inútil presencia. Todos los orcos entendían eso y comprendían que era mejor servir de comida a los demás que no servir para nada.
El propio jefe Karg “Colmillo de Jabalí” había ganado su puesto en un Festín de los Valientes. Karg había perdido la mano izquierda en una trifulca contra la Tribu de la Garra de Oso y había sido seleccionado para el Festín. Lejos de asustarse y tratar de huir como la mayoría, Karg se había avalanzado sobre Troggar Ojo Negro, el antiguo cacique de la tribu, y le había clavado los colmillos en la garganta hasta matarlo (y los vítores de toda la tribu acompañaron a los dos adversarios durante todo el rato que Troggar tardó en dejar de patalear). Cualquier orco que matara al jefe se convertía, por ley, en el nuevo jefe y nadie podía discutírselo. Karg se había hecho una mano nueva atándose al muñón un enorme colmillo de jabalí que le había valido su mote y se había rodeado de guardaespaldas orcas que le protegieran de posibles aspirantes.
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Las hembras orcas, como todo el mundo sabía, no podían ser jefes por lo que resultaban unas protectoras excelentes para los caciques. Eso tampoco era considerado injusto porque cualquier orco que se propasara demasiado con las hembras tenía una enorme tendencia a morir de forma violenta mientras dormía o comía por lo que la influencia de las hembras y, más concretamente, de Madre Ullag en el liderazgo de la tribu era bien patente.

Madre Ullag era la más anciana de la tribu aunque nadie se había atrevido a insinuar que había que incluirla en el Festín de los Valientes porque sencillamente era demasiado peligroso para todos. Con más partos a sus espaldas de los que podía contar, Madre Ullag había sido la madre de media docena de caciques de la tribu y había visto pasar muchos más. Era más alta que muchos guerreros y tenía unos brazos fornidos como troncos que lo mismo le servían para cortar leña que para castigar a los cachorros que para coger al jefe por el cuello y sugerirle el curso de acción a seguir. Sus pechos, enormes y arrugados, habían alimentado a muchos miembros de la tribu y, puesto que sólo yacía con los más fuertes, había sido la madre de muchos valientes orcos. Tenía la costumbre de untarse el pelo con grasa y excrementos de oso, algunos decían que para tener la fuerza de un oso y otros opinaban que para advertir a las fieras del bosque que aquel olor anunciaba a alguien en cuyo camino era mejor no cruzarse.

Los guerreros orcos gustaban de contar la historia del Largo Invierno, cuando los guerreros de la tribu estuvieron una semana fuera para saquear las poblaciones humanas y el poblado orco fue atacado por incursores de la Tribu del Lobo: eran una docena de fieros guerreros orcos armados que irrumpieron en la aldea para matar y saquear. Entraron en el corral de los cachorros orcos y mataron a muchos de ellos, igual que a las hembras que intentaron detenerles.
Entonces Madre Ullag salió de su choza y no del mejor humor posible. Iba manchada de sangre porque llevaba toda la mañana ayudando a parir a Irkgrag y, tras muchas dificultades, había logrado salvar a sus dos cachorros pero no a la madre. Empuñaba en la mano un hueso de ogro con una estaca afilada atada en la parte más gruesa y lo empleó para hundirles el cráneo a dos enemigos antes de que se rompiera sobre la cara del tercero. Después de perder a la mitad de su grupo en manos de la enfurecida matriarca, el líder de la Tribu del Lobo dio la orden de retirarse aunque primero se dejó la mitad de la cara en las fauces de Madre Ullag. Se rumoreaba que aquel insensato había muerto después en el Festín de los Valientes de su propia tribu.
Después de aquello, la Tribu del Colmillo de Jabalí quedó diezmada. Habían muerto muchos cachorros y no podían prescindir de ninguno por lo que aquel invierno no pudieron sacrificar a los más débiles para dar de comer a los demás. Así, orcos que en circunstancias normales jamás habrían llegado a adultos (como “Canijo” Gaar, que era más bajito que cualquiera de los demás ó “Bastardo” Trogbl que ni siquiera era un orco puro porque su madre había sido una prisionera humana) se convirtieron en el relevo generacional de la tribu.
Para colmo, la incursión a tierras humanas fue un fracaso y muchos orcos no volvieron jamás. Fue un invierno duro en el que las hembras tuvieron que ayudar en la guerra y la caza a la vez que cuidaban a los pocos cachorros que quedaban. Los orcos tuvieron que cavar bajo la nieve buscando raíces y sabandijas para alimentarse y realizar incursiones nocturnas contra otras tribus para robar comida.

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Pero-concluían los guerreros cada vez más borrachos-el invierno terminó y nuestras hembras parieron muchos más guerreros con los que continuar la lucha. La tribu del Colmillo de Jabalí se recuperó y pudimos recuperar nuestros territorios y volver a pelearnos con las tribus del Oso, del Lobo y los humanos. ¡Porque los orcos somos los mejores!

En este momento, todos alzaban sus copas (toscos cuencos de barro, cráneos abiertos e incluso yelmos abollados) gritando, bebían y arrojaban los recipientes vacíos a la hoguera.

Era la noche que empezaba el invierno y en el bosque nada se movía y todo era silencio… hasta que te acercabas al territorio de los orcos.

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