LA PSYCHO-GALLINA (II)

(extractado de “Los Calzoncillos del Destino II”, de un servidor)

Pirracas, el gran perro de dos cabezas, había protegido a la pequeña Plinplin cada mañana desde que ella era un bebé. Ya entonces era Pirracas un sabueso veterano cubierto por las cicatrices (la más espectacular de las cuales era el hueco donde antes tenía otras dos cabezas) de mil peleas contra los horrores del desierto (todas vencidas, más o menos). Los años habían hecho mella en él, claro, aunque su olfato seguía siendo excepcional, había perdido la visión en un ojo y con los otros tres veía más bien poco.
Por eso, cuando aquella mañana la brisa le trajo un inquietante olor que nunca antes había olido (aunque le recordaba vagamente al del pollo frito) su pelaje se puso de punta y gruñendo y enseñando los colmillos se dirigió hacia el lago para ver si su protegida estaba bien.

torturado.JPG

Para su horror, vio que algo o alguien estaba junto a la niña amenazándola con un cuchillo. Como movidos por un resorte, sus cuartos traseros le impulsaron en una veloz carrera hacia allí mientras profería ladridos capaces de helar la sangre en las venas a un grillo carnicero de las arenas (que podía afirmarse eran los bichos con sangre más hirviente de todo el secarral) y abría su par de fauces para dejar escapar un manantial de espumarajos y babas.
De un salto se plantó encima del extraño y clavó sus colmillos simultaneamente en su garganta y en la mano que empuñaba el arma, arrancándosela de cuajo (la mano). Aquel ser inmundo estaba cubierto con la sangre de la pequeña Plinplin. Apestaba a ella. Y cuanto más la olía, más furioso se volvía Pirracas. Sus dentelladas arrancaron un trozo tras otro de carne y lo arrojaron a un lado. Aquel intruso bellaco se había atrevido a robar el vestido a la niña y a ponérselo (los había pervertidos) y…
Pirracas detuvo un instante sus ansias asesinas y olfateó con sus dos hocicos lo que quedaba de su adversario. Había algo que decididamente no encajaba en su lógica perruna bicéfala.
Vaya, qué confusión más tonta. Había saltado sobre la pequeña Plinplin. La vista empezaba a fallarle y a jugarle malas pasadas.
El olor a pollo frito se hizo más intenso. Su dueño se incorporó (la leche, lo alto que era) y cubrió con su sombra al despistado sabueso.

El pico de la Psycho-Gallina empezó a temblar incontroladamente. Sus manos estaban apretadas con tanta fuerza que salía sangre del sitio donde se clavaban sus uñas. Las venas de su cuello y sus brazos parecían a punto de estallar. Miró con ojos desorbitados a aquella alimaña de charca, a aquella culebra de lodazal que acababa de descuartizar la única cosa que había apreciado la Psycho-Gallina en toda su vida.
La sangre de Plinplin había salpicado a la Psycho-Gallina que, tan embelesada en la belleza del momento estaba, no había podido reaccionar en los diez segundos que había necesitado Pirracas para hacer picadillo a la niña. Normalmente, la Psycho-Gallina se huntaba el cuerpo con la sangre de sus víctimas, se la bebía o hacía gárgaras con ella. No sabía por qué pero aquella sangre le quemaba como si fuera ácido sulfúrico.
Ya había sentido muchas veces antes el violento deseo de matar pero nunca hasta aquella ocasión le había parecido tan justificado. Por primera vez, creía que iba a hacer lo que tenía que hacer porque debía hacerlo, no porque quisiera hacerlo.
-¡Hijo de putaaaa!-bramó estampando a Pirracas contra el Castillo del Grillo de una patada.

martillazo.JPG

Un doble gañido de dolor fue la respuesta. Pirracas se compuso en seguida y, dispuesto a vengar a su dueña (ya se había convencido de que había sido el extraño y no él el que la había matado) plantó cara a la Psycho-Gallina mostrando sus dos afiladas dentaduras.
-¡Saco de mierda pulgosa!-rugió la Psycho-Gallina lanzándose sobre él con el pie por delante.
De pronto, Pirracas ya sólo tenía una afilada dentadura. En todos los años que había luchado por el desierto contra terribles monstruos jamás (ni siquiera cuando perdió dos cabezas contra la Reina de las Killeravispas) se había medido contra nada ni la mitad de peligroso que lo que tenía entre patas ahora. Y , aunque quisiera, no podía rendirse. Era su naturaleza.
-¡Puto cabrón de los cojones!-gritó una vez más la Psycho Gallina.
Pirracas escupió sus dientes y se preguntó si su amo estaría dispuesto a ponerle sólo sopas en su cuenco cada noche para el resto de sus días.
-¡Escoria de cloaca!
Al instante, un puño como una bola de demoliciones se abatió sobre el costillar de Pirracas produciendo un ruido como de maderas haciéndose astillas. Algo le dijo que su amo no tendría que molestarse con lo de la sopa.
-¡Parásito bicéfalo!
Y así sucesivamente.
Cuando la Psycho-Gallina terminó con el perro (lo cual no fue, desde luego, cuando éste dejo de patalear) se dio cuenta de que, en su frenesí, había echado abajo el Castillo del Grillo a coces. Un fuego interior le abrasaba las entrañas y le impedía respirar. La Psycho-Gallina sabía el único modo de enfriarse las tripas.
La Psycho-Gallina depositó el cadáver de la pequeña Plinplin en el centro del lago de una patada, recogió sus cuchillos y, emitiendo un cacareo desgarrador, salió corriendo hacia las dunas del desierto.
Era la Psycho-Gallina.
Había nacido para matar.

Anuncios

Una respuesta to “LA PSYCHO-GALLINA (II)”

  1. Que decir de la Psycho Gallina… es excesivamente rayada para mi gusto (que quizá sea algo mas puritano) pero una buena labor de ideas y de redacción.

    Plinplin merecía morir. Sin lugar a dudas, tarde o temprano hubiera despertado al mundo cruel y era mejor ahorrarle todo eso.

    Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: