VUELTA AL HOGAR

Karg Colmillo de Jabalí intuyó que algo no iba bien y detuvo la columna de orcos.

Tyzak, uno de sus lugartenientes de confianza, avanzó hasta su altura y le dirigió una mirada interrogativa con su único ojo. Por toda respuesta, Karg señaló un enorme árbol centenario tronchado como si fuera una rama.

Un elfo se habría sentido fatal al ver a una de aquellas ascentrales criaturas de los bosques destrozada. Los elfos eran muy dados a proteger los bosques que eran sus hogares y veían como grave ofensa cualquier daño que se causara a sus queridos árboles. Los orcos tampoco veían bien que algo o alguien capaz de partir un tronco de metro y medio de diámetro andara suelto por la misma zona que ellos.

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Karg hizo una seña a Tyzak para que se acercara a investigar mientras él ponía a los orcos en guardia. Si algo tan grande merodeaba por allí no quería que los pillara desprevenidos. No eran malas circunstancias para ellos: eran más de cuarenta guerreros de la tribu equipados con las eficaces armas que acaban de trocar a los Orcos de Piedra. Aún así, Karg Colmillo de Jabalí no había durado cinco años como cacique de la tribu por ser descuidado e imprudente.

Tyzak se acercó silenciosamente hasta el árbol caído. Había un olor intenso y desagradable en el aire, más fuerte que el que despedían los orcos y mucho más amenazador. Examinó la madera tronchada y comprobó que estaba fresca. No debía llevar más de un día o dos rota. Entonces vio las huellas y tragó saliva inquieto.
Eran unos descomunales agujeros en los que cabían dos orcos fácilmente. Sólo en otra ocasión había visto Tyzak unas huellas de ese tamaño e indicaban la presencia de una criatura con la que los orcos tenían pocos tratos: un gigante.

A diferencia de los mucho más razonables (en la medida de sus posibilidades y teniendo en cuenta que trataban con orcos) ogros y trolls, que no ponían demasiadas pegas a aliarse con las tribus a cambio de comida y botín, a los gigantes era muy difícil sacarlos de sus territorios. Sus enormes cabezas indolentes eran reacias a negociar con los orcos y con casi nadie. En contadas ocasiones, un gigante había formado parte de una partida de guerra orca sólo para perder el interés por la batalla en el momento más inoportuno y alejarse con sus estruendosas pisadas, aplastando a amigos y enemigos por igual.

Tyzak se acercó a una de las huellas. Era la del pie derecho y era más irregular, menos profunda que las del izquierdo. Además, en su interior había un charco de una sustancia oscura y maloliente: sangre. Mojo el dedo en la sangre y se lo llevó a la boca mientras vigilaba los alrededores. Aquella sangre sabía mal. Pertenecía a una herida mal curada que debía llevar bastante tiempo abierta, descomponiéndose y supurando. Aquel gigante estaba cojo y aún así era capaz de derribar un árbol que veinte orcos con hachas tardarían varias jornadas en tumbar.
Examinó el bosque de un rápido vistazo. Los árboles rotos o inclinados se sucedían a ambos lados del sendero que el gigante había abierto en la espesura. Por suerte, parecía ir en dirección contraria a los orcos.

Decidió que sería mejor evitarle mientras pudieran. No había necesidad de entablar una lucha con un adversario así. Un gigante herido seguía siendo un enemigo formidable.
Regresó hasta Karg y le informó. Decidieron seguir una ruta paralela pero un poco más alejada del camino que había seguido el gigante sólo por si acaso.

La columna reemprendió la marcha. Los orcos que la formaban guardaban un tenso silencio y dirigían nerviosas miradas a su alrededor. Todos habían notado el olor del gigante y ninguno se sentía tranquilo en aquel lugar. Incluso Bastardo, habitualmente el más parlanchín de la tropa, mantuvo la boca cerrada la mayor parte del tiempo.

Durante el resto del día caminaron sin pausa en dirección al poblado pero la tensión no desapareció. Las huellas manchadas de sangre del gigante se cruzaron varias veces en su camino y la vegetación arrasada se sucedía a su paso. En una ocasión tuvieron que dar un rodeo para evitar una enorme charca de orina hedionda y oscura.

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Cuando empezaron a aparecer los cadáveres, el propio Karg Colmillo de Jabalí comenzó a sentirse realmente nervioso. Kiatr, una hembra joven embarazada hacía poco y Chuokr, un guerrero que se había quedado en el poblado, aparecieron ella entre las ramas de un árbol y él chafado en el suelo como si hubieran caído desde una gran altura. Su presencia, solos a esa distancia del poblado era extraña: un orco solitario era presa fácil para muchos de sus enemigos. Se descartaba de antemano que hubieran estado haciendo cosas porque los orcos carecían totalmente de pudor: si dos orcos querían fornicar, lo hacían sin ningún problema en el poblado delante de todos. Y el que se sintiera molesto que mirara para otro lado.

Con un gesto de su mano-colmillo, Karg forzó la marcha de la horda. Eran casi cuarenta guerreros (o sea, todos los dedos de Karg, de Tyzak, de Gachgar-Cuatro Dedos y de Omj-Sin Orejas incluyendo a Bastardo, demasiado complicado para calcular la cifra exacta) con sus armas nuevas tintineando contra las viejas (no tenía sentido tirarlas, se guardarían en el poblado para los jóvenes guerreros) y había muy pocas cosas en el bosque que pudieran detenerles. Gruñidos de ansiedad anunciaban su marcha pero el sigilo no era una prioridad.

Cuando la espesura se abrió para dar paso al claro junto a un riachuelo donde la tribu del Colmillo de Jabalí había establecido su campamento el invierno anterior sus peores temores se confirmaron: el poblado estaba arrasado, barrido del mapa. Aplastado.

Las toscas chozas habían volado por los aires y se encontraban desparramadas por todo el claro y las copas de los árboles. Grandes huellas en las que cabían dos orcos fácilmente llenaban el lugar. Y no había cadáveres. Los gigantes eran capaces de comerse a los orcos enteros cuando tenían hambre. El poblado de la tribu había sido totalmente devastado como si hubiera pasado un tornado O un gigante.

Silenciosos, con las armas en alto, los orcos entraron en las ruinas de su hogar. Algunos rechinaban los dientes de furia, otros temblaban de miedo, unos pocos olisqueaban todo nerviosamente. Todos sentían una tristeza simple y amarga que desbordaba sus corazones sencillos y verdes.

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(esto también fue de Vuelta al Hogar, pero de Cuenca al nuestro: vimos este coche y no pudimos resistir hacer un poco el payaso. Un tío que pasaba en coche nos gritó “¡Animaleeeeees!”. A ver quién da explicaciones con estas pintas cuando estás blandiendo una motosierra…)
Karg se detuvo junto a una huella. En el fondo, enterrado y aplastado como un gusano, había un orco joven del que sólo asomaba medio pecho, un brazo chafado y un cráneo reventado como una sandía.
Reconoció al cachorro por una cicatriz del brazo.
Días atrás, la tribu había celebrado la ceremonia de acceso a la edad viril de los jóvenes orcos. En dicha ceremonia, los machos jóvenes eran puestos a prueba por el expeditivo método de recibir un puñetazo del jefe Karg. Los que aguantaban en pie eran considerados jorchnar (guerreros) a partir de entonces, con derecho a tener armas y reproducirse. Los que caían al suelo pero permanecían conscientes eran dutem (débiles) y se dedicaban a labores pesadas como cortar leña, construcción de chozas, mantener el fuego del campamento encendido, ayudar a las hembras en la crianza, cazar, recolectar frutos y otras actividades similares. Los que perdían el sentido eran devorados sin piedad: nadie tan débil tenía derecho a pertenecer a la Tribu del Colmillo de Jabalí.
Aquel cachorro aplastado había sido el único que había caído al suelo. Ahora, en su mano destrozada, sujetaba el mango quebrado de un hacha enrojecida.
Al final se había convertido en un orco de pelo en pecho.

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4 comentarios to “VUELTA AL HOGAR”

  1. Hermesh Says:

    Cuantos dias sin escribir… bueno asi por lo menos me he tragado las dos historias de orcos seguidas y he puesto un comentario en cada post de tu blooooooog.

    eso si he prescindido de las mayusculas pq este ordenador tiene serios problemas con el shift derecho.

    ala un besete y aupa los orcos, espero que machaquen a ese gigante.

    bastardo for jefe de la tribu.

  2. JoanElMisericordioso Says:

    Querido Hermesh;

    Bastardo no sería un buen jefe. Si habla mucho, escucha poco, y un lider debe saber, sobretodo, escuchar.

    La pregunta del día es…¿Si los orcos encuñaran moneda, cmo se llamaría y con q material se haría?

    Espero ansioso vuestras respuestas

  3. Xetegol Says:

    Y de nuevo Genial.

    Estructura simple y clara. El cuento evoluciona paralelamente con la propia “ambientación” y eso lo hace muy rico y ameno.

    Ahora no nos puedes dejar así, queremos MÁS.-

    P.D: Por cierto, este fin de semana es el Viña Rock en benicasim no se si teníais pensado venir o algo…

  4. Por partes:

    Como se ha visto antes, la moneda orca es el trueque, como ya se ha visto con los Orcos de Piedra. Tal vez otras tribus con más contacto con la civilización sí empleen la moneda (al fin y al cabo, el oro es el oro).

    Al Viña, pues no. Ya lo siento…

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