ELITE DE SEGUNDA DIVISIÓN

“Un orco huele como un cadáver,
camina como un borracho
y lucha como un loco.
Son valientes, son felices:
Sed, pues, como los orcos”

(Ivniraët el Exiliado, bardo elfo)

Era de noche y la niebla y la oscuridad cubrían el bosque con un manto de tinieblas silencioso. Los ruidos de la espesura quedaban amortiguados y todo parecía más tranquilo para un observador poco atento. Los pájaros nocturnos y los insectos estaban callados y sólo el gotear ocasional de una hoja rompía la quietud.

Para Tizak y sus guerreros la niebla era una ayuda inestimable para esconderse y moverse sin ser vistos. Los orcos habitualmente no destacaban por su sigilo y aunque la excitación de la caza los mantenía relativamente silenciosos, la bruma ahogaba algún gruñido de ansiedad o el crujir de una rama bajo un pie. Caminaban en fila ya que era más sencillo que un orco pasara por donde había pasado otro que buscar diez caminos separados en la oscuridad.

En realidad eran once. El número máximo hasta el que los orcos contaban con facilidad eran diez pero el grupo incluía a Bastardo y a Canijo, que entre los dos sumaban un guerrero completo.

Canijo era un enano para los de su especie: apenas llegaba a la cintura de sus congéneres. Había logrado sobrevivir hasta la edad adulta a base de saber esconderse y de jamás pelear en solitario. Empleaba ambas manos en agitar una maza que tenía sólo medio mango para agredir violentamente las rodillas de sus adversarios. Aunque no podía reclamar como suyas las victorias que facilitaba, los demás orcos habían aprendido que tenerla cerca en una pelea era, cuando menos, útil.

Bastardo era un mestizo de humano y orco, hijo de una prisionera humana que la tribu había conservado para diversión de los guerreros. No tenía un cargo especial pero se le consideraba un trofeo, una muestra del poder de los orcos sobre los humanos al poseer una de sus hembras. Bastardo no tenía la anchura de hombros de sus compañeros y su mandíbula era menos prominente y robusta. Esta constitución no le hacía muy dotado para el violento combate cara a cara que practicaban los orcos por lo que se había especializado en rebanar cuellos por la espalda con un puñal curvado. También gustaba de arrojar piedras contra sus enemigos a una distancia prudencial.

Tizak guió a sus orcos por una estrecha vereda entre los matorrales en dirección a una colina. Horas antes, los orcos habían advertido una tenue luz en la falda de la colina, un punto dorado en la negrura que sólo podía corresponder a una hoguera. Señalar su posición con tanto descuido era una inequívoca señal de estupidez humana. Tizak y sus orcos fueron enviados a “investigar” aunque esa palabra no existía en el lenguaje orco: lo más parecido era t´jurkan y se refería a incursiones por sorpresa con emboscadas, saqueos y asesinatos.
Si bien las demás razas no opinaban lo mismo, los orcos no sentían un odio especial por nadie: simplemente se enfrentaban con todo el mundo como su medio natural de vida. Al ser incapaces de cultivar la tierra (a los orcos les gustaban los alimentos de origen vegetal pero la idea de esperar a que crecieran era demasiado ridícula para que la consideraran), las guerras por el control del territorio carecían de sentido para ellos. En su lugar, la lucha con otros seres se había convertido en un medio más de conseguir alimento además de la caza y la recolección. Los orcos tenían reputación de sanguinarios y violentos pero esto era una verdad a medias: disfrutaban con la lucha pero no lo hacían sólo por el placer de matar. A sus ojos, las demás razas eran mucho más degeneradas y corruptas pues en lugar de devorar a sus muertos para que sus espíritus regresaran con la tribu, los enterraban para que fueran pasto de los gusanos o los quemaban como si fueran maderos. Por otra parte, los orcos no eran incapaces de cooperar con otras especies. Estaban deseosos de aliarse con cualquiera a quien no pudieran derrotar. Así, los trolls y los ogros eran (cuando conseguían entenderse) invitados frecuentes de las tribus. E incluso los debiluchos goblin eran posibles compañeros de batalla siempre que su número fuera sencillamente abrumador.

El frío aire de la noche trajo hasta Tizak el olor a comida del campamento humano. Pudo distinguir al menos cinco o seis olores diferentes y le llevó sólo un instante decidir la estrategia. Muchas generaciones de belicosos guerreros habían enseñado a los orcos que en una refriega hacía falta un orco por cada humano, tres por cada enano ó elfo y cinco por cada troll u ogro que hubiera en el otro bando. Aparte de eso, la superioridad numérica y el asalto anárquico masivo eran las dos únicas premisas del arte de la guerra que podían recordar. La selección natural se encargaba de cualquier orco que no pudiera desenvolverse en esas condiciones.

Tizak detuvo a sus guerreros con un gesto de la mano: la hoguera estaba a menos de cincuenta metros de ellos y debían extremar las precauciones si querían conservar el elemento sorpresa. El líder orco era un veterano de la tribu del Colmillo de Jabalí, uno de tantos hijos de Madre Ullag que había logrado sobrevivir varios inviernos con el rudo estilo de vida pielverde. Le faltaba el ojo izquierdo a causa de una trifulca con la Tribu del Lobo. Su otra seña de identidad era una larga espada de manufactura humana que había conseguido años atrás. A diferencia de otros orcos, Tizak cuidaba con esmero su arma, limpiándola y afilándola. Procuraba que bebiera sangre tan a menudo como podía para mantener contento a su espíritu.

Los orcos esperaron la señal de su jefe. A esa distancia podían distinguir la hoguera en el claro del bosque y varios bultos tumbados a su alrededor. Había un humano sentado haciendo guardia pero parecía dormido. Un poco más lejos había varios caballos atados a un árbol. Para los orcos, los caballos eran pura y simple comida. Muy pocos se tomaban la molestia de aprender a cabalgar debido a sus cortas piernas y los que lo lograban eran incapaces de hacer nada más que mantenerse sobre el caballo de malas maneras.

-¡Ahora!-gritó Tizak echando a correr hacia la hoguera con la espada en alto.

Con un grito unánime, los orcos siguieron a su jefe enarbolando las armas. El humano sentado junto al fuego pareció despertar de pronto y les dirigió una mirada horrorizada antes de que Tizak se arrojara sobre él. Con dos golpes de su espada de filo recto, el jefe orco derribó al humano sobre la hoguera.
Tizak ladró más órdenes a sus guerreros pero se dio cuenta de que algo malo ocurría: Graul estaba tirado en el suelo con una flecha clavada en el cuello. Los demás le observaban paralizados durante unos segundos preciosos que los humanos estaban empleando para incorporarse. La causa de todo aquello era una sombra silenciosa que se deslizaba entre los árboles. Tizak maldijo para sí: un elfo.
Los orcos no tenían gran estima a los elfos: no olían, no hacían ruido y se movían demasiado rápido. Muchos orcos les temían porque creían que eran malos espíritus. Tizak era lo bastante veterano como para saber que no eran más sobrenaturales que los humanos y que se les derrotaba igual: a golpes.

-¡Vamos!-rugió lanzándose contra otro humano.

Su atronadora voz surtió el efecto deseado y los demás orcos ignoraron al elfo oculto para ocuparse del resto del grupo. Los orcos no eran aficionados a los arcos y habían aprendido que la mejor manera de evitar los del enemigo era mezclarse con él para que fuera más difícil lanzar las flechas. O alejarse lo suficiente como para que no te alcanzaran.

Otark clavó su lanza en un humano que había sido demasiado lento para reaccionar. El hombre estaba aún tumbado y tapado con una manta, alargando la mano hacia su espada, cuando la punta del arma le atravesó el pecho. Se resistió y retorció un poco pero Luok acudió a rematarlo con su maza.

Glof y Tradat rodearon a otro que fue más rápido que su compañero. Era un humano alto y moreno con un largo bigote que le colgaba a los lados de la boca. Con una espada en una mano y un escudo en la otra logró herir a Glof en un brazo mientras gritaba cosas ininteligibles a sus compañeros.

El humano más grande de todos se enfrentó sin dudar a Tizak y Pudj. No llevaba armadura pero sus músculos eran enormes y abultados. Sujetaba con ambas manos una espada tan larga como alto era Tizak. Pudj no fue lo bastante rápido y vio la espada muy de cerca un segundo demasiado tarde. Tizak saltó sobre el cuerpo destrozado de su compañero y se enzarzó con aquel enorme humano en un violento combate. A juzgar por su olor, debía tener algo de orco.

Caun pensó que el humano de amplia túnica y largas barbas debía ser un loco por meterse en la lucha sin armas. Sin embargo, cuando sintió cómo los pelos de su cuerpo se herizaban y el olor inquietante del humano comprendió que se enfrentaba a un hechicero y tragó saliva incómodo.
Los orcos no eran aficionados a lo arcano: su magia consistía en embadurnarse con pinturas de guerra para asustar a los espíritus malignos y en burdos talismanes para atraer la buena suerte. Un arma que matara muchos enemigos podía considerarse mágica y las orgías en torno a la hoguera del poblado se consideraban ritos sagrados pero no iban más allá.
No obstante, pocos orcos vivían lo suficiente para aprender el valor de la retirada. Caun cargó contra el mago con su hacha en alto y enseñando los colmillos, ignorando las palabras que el humano salmodiaba. Vio una luz brillar en la mano de su adversario pero ésta se apagó de inmediato en cuanto la rodilla del hechicero sintió la maza de Canijo. El humano cayó al suelo gritando de dolor hasta que el hacha de Caun y la maza de Canijo lo hicieron callar para siempre.

Folgor, el que había sido el mejor amigo de Graul, se arrodilló junto a su compañero para registrar su cuerpo. Ahora que su amigo ya no necesitaría ni las botas ni las armas ni su dinero no había ningún motivo para dejarlas allí y que cualquier indeseable se las llevara. Alargaba la mano hacia la bolsa del cinturón de Graul cuando una flecha se le clavó en el hombro: Había olvidado al elfo oculto en la espesura.
Gruñendo de dolor, Folgor cayó de rodillas agarrando la flecha con fuerza. Cualquier remedio de emergencia era preferible a volver al poblado y ponerse en manos de Madre Ullag (muy aficionada a las amputaciones y a las medicinas tan repugnantes que nadie que las probara volvía a quejarse nunca de ninguna dolencia, eso cuando no le daba por rematar directamente a sus pacientes) Tiró y soltó un aullido: se había clavado en el hueso.
La voz suave del elfo le habló. Folgor le miró desde el suelo: ni siquiera le había oído acercarse pero le estaba apuntando a la garganta con una fina espada. De pronto, el elfo miró a un lado con expresión alarmada y dio un increible salto vertical para esquivar la estampida de caballos que pasó por encima de Folgor y Graul. Cayó sobre el lomo de uno de los caballos y haciendo equilibrios y pegando gritos desapareció en la noche.

Bastardo decidió que el resultado de su argucia había sido positivo: había eliminado al elfo (de alguna manera) y a un herido inútil (evidentemente, sus diagnósticos eran tajantes e instantáneos). Cortar las cuerdas que ataban a los caballos eliminaba también la vía de escape a los humanos, de modo que podía dedicarse a ayudar a los demás tranquilamente. Cogió una piedra de la bolsa que colgaba a su espalda y la sopesó cuidadosamente mientras buscaba un blanco.

El humano del bigote y el grandote habían logrado juntarse en un extremo del claro y mantenían a raya a los orcos a punta de espada. Luok yacía cerca de ellos con la cabeza destrozada de un tajo. Tizak y sus dos guerreros y medio restantes (Canijo se había unido a ellos envalentonado por el éxito) permanecieron a una distancia prudencial con las armas preparadas. Por lo que a ellos respectaba, la pelea podía darse por terminada: habían averiguado quién era el propietario de la hoguera y les habían mostrado quién mandaba. Lo difícil era hacérselo entender a los humanos. De hecho, el humano grandote de la espada enorme parecía muy corto de entendederas.

Por fortuna, Bastardo actuó como comprensible lazo entre humanos y orcos lanzando una piedra. El proyectil chocó contra el escudo del humano bigotudo, que se sobresaltó. Gritó algo y salió corriendo hacia la oscuridad. El otro humano dirigió una mirada de ira primero a su compañero y luego a los orcos antes de salir en su persecución.

Ocuparon el resto de la noche en registrar los cuerpos, prepararlos para transportarlos al poblado y registrar los alrededores en busca de más humanos. Cuando terminaron sólo quedaba una cosa por hacer. Tizak se acercó a un árbol y descargó un tajo horizontal sobre el tronco. Después realizó otro corte paralelo encima y otro debajo. La marca de los orcos de la tribu del Colmillo de Jabalí indicaría a cualquier otro pielverde que allí había habido una pelea y cuál había sido el resultado. Después, solemnemente, los orcos orinaron y defecaron al pie del árbol para dejar constancia de su paso por allí.

Se alejaron del claro cargados de cadáveres aún calientes y con el botín obtenido. Bastardo pensó que no habría sido mala idea conservar al menos un caballo para emplearlo de bestia de carga hasta el poblado. Tizak empezó a cantar una obscena balada orca que versaba sobre hembras de pechos opulentos, peleas y borracheras.

Todos se unieron a él.

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