ROSTROPOVICH BLUES (I de II)

“El autobús huele a sudor, humo y meados. La nieve sucia por el humo industrial se agolpa en las ventanas mientras este camión de borregos nos lleva docilmente a las fábricas. Nadie parece feliz ni tiene más ambición que sobrevivir un día más en este país de mierda.
Me arrimo un poco más a Irina intentando que su presencia me aleje un poco de la masa. Hay días que creo que si no fuera por esta gretchen rubia de anchas caderas no podría aguantar aquí. Su madre era danesa y su padre, soviético. Por lo que sé, su madre todavía vive en Copenhague aunque nunca me ha contado cómo terminó en Inulvania a pesar de que tiene cualificaciones de sobra para vivir en un sitio mejor. Posiblemente oculta algo turbio, como casi todos en este país de opereta. A Inulvania sólo vienen los locos, los que huyen de algo y los prisioneros de guerra.
Pero me da igual. La quiero.

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En la parte delantera del autobús se está armando revuelo. Cuesta creer que un martes a las seis y media de la mañana con una temperatura de catorce grados bajo cero alguien tenga ganas de montar bulla. Sin embargo, así es y varias voces hablan cada vez más alto. Un tipo alto con gabardina y con un fuerte acento de los Cárpatos se ha levantado y parece amenazar a gritos a los que le rodean. Mi ruso todavía dista mucho de ser perfecto pero por el tono general de la conversación parece evidente que va a liarse una gorda. No sospecho cuánto hasta que veo que el tipo tira su gabardina al suelo y veo que va relleno de explosivos como si fuera un pavo de navidad terrorista.

Posiblemente, lo peor del integrismo islámico es que ha dado ideas a todos los movimientos terroristas de vía estrecha a la hora de llevar a cabo sus objetivos. Si no tienes medios para hacer volar una instalación importante, es mucho más sencillo lavarle el cerebro a un pastorcillo cualquiera, darle unos cuantos kilos de C4 y hacerle arremeter contra la masa. Eliminar a veinte civiles de golpe puede no tener repercusiones en la economía de un país pero la opinión pública se pone hecha una furia y da al gobierno otro dolor de cabeza. Como si en Inulvania no hubiera bastantes problemas, el Frente de Liberación Inulvana Comunista (F.L.I.C) sigue haciendo de las suyas a pesar de los esfuerzos del ejército por erradicarlo.

Para mi disgusto, el cabrón explosivo viene a la parte de atrás del autobús aprovechando que la gente se aparta de él. Tiene los ojos a punto de salírsele, la piel enrojecida y el disparador en la mano mientras canturrea un himno revolucionario del año del charleston. Ese hijo de puta va a convertirnos en confetti sin remedio y lo único que se me ocurre es que al menos lo hace a primera hora de la mañana. Después de una jornada de catorce horas de duro trabajo sería un detalle de pésimo gusto irse a freír espárragos volando por los aires sin tener la oportunidad de quitarte los zapatos al llegar a casa.

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Claro que si Inulvania sufre las leves molestias que le causa el FLIC es porque hay formas de impedir que cause problemas mayores: la KGW vela por todos nosotros como un ángel exterminador de la guarda y se encarga de la forma más expeditiva de cualquier lobo famélico que amenace su rebaño, así como de cualquier ovejita que se le pase siquiera por la cabeza la idea de descarriarse.
Un individuo que hasta ahora parecía dormitar en un asiento saca del bolsillo una pistola enorme. Parece un modelo antiguo y pasado de moda pero es muy grande y parece potente. Y a esa distancia es imposible fallar.

Sólo los hijos de perra más despiadados y desequilibrados pueden entrar en la KGW y se rumorea que su cabecilla es el peor de todos.

Suena un disparo. La mano del suicida que sujetaba el disparador se desparrama por el autobús salpicándonos a todos de rojo y virutas de hueso. Una vieja que estaba detrás se derrumba con la bala (joder, si que es potente la pistolita) incrustada en el pecho mientras el contenido de la bolsa que sujetaba rueda por el suelo: mendrugos de pan, patatas y una manzana pocha que es lo mejor que Inulvania puede ofrecer a sus hijos.
El suicida, más fuera de sí que antes, se vuelve hacia el agente de la KGW y se arroja sobre él. Suenan otros dos estampidos que al desgraciado le sientan como un tiro. Lamentablemente, la maldita pistola es de un calibre excesivo para que un vulgar cuerpo humano las detenga. Tras atravesar la espalda del terrorista, la primera bala se la lleva en el hombro un tipo gordo y mal afeitado que estaba de pie junto a mí. Su papada tiembla mientras comprende que le ha tocado la china.
La segunda bala me la llevo yo.

Noto como si un tope de tren de mercancías chocara contra mi estómago y siento el respaldo del asiento quebrarse en mi espalda. Me derrumbo sobre las patatas y los trozos de pan mientras grito tovarich, treblinka, eskavolsky, hay que joderse, espasiva, termungen, kalasnikov, Baba Yaga, pues sí que empezamos bien el día, kremlin, vodka, joder, que alguien me ayude que no me acuerdo cómo se dice.
Todo sucede a cámara lenta a partir de entonces. Veo a la gente gritar pero no les oigo. Veo al gordo caer a mi lado y aunque el suelo tiembla no lo oigo. Irina se levanta gritando algo, con lágrimas en sus ojos azules. Viene hacia mí y a pesar de la ropa andrajosa no puede ocultar lo jodidamente hermosa que es. También es mala suerte, venir huyendo hasta este infierno, encontrarla a ella y perderla así. Aún hay tiempo de decirle que la quiero. Quiero que mis últimas palabras, aunques sea en ruso, sean algo brillante, algo que recuerde por siempre, algo que resuma mi vida y mis sentimientos por ella, algo…
El dolor de mi estómago empieza a notarse de forma lenta, poderosa e implacable. Siento el calor de mi sangre mojarme la espalda. Da igual lo que hagas, Irina, mi amor: de esta no salgo ni harto de vino.
Pero Irina no llega. Está agachada junto al gordo de la papada. Le está haciendo el boca a boca. Y ese mal nacido se está aprovechando de la situación porque le veo meterle la lengua a mi chica. Y está apoyando su sucia mano rusa en el muslamen de mi gretchen.
-¿Qué coño…?”
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El ruido de la nieve contra la ventana le despertó sobresaltado. Miró a su alrededor confuso y desorientado hasta que reconoció su despacho. Se había quedado dormido sobre su mesa. Notó que su respiración era agitada y se forzó a calmarse. Miró la botella de vodka medio vacía y el vaso que había junto a la placa con su nombre: Frankov Otinovic, Director Adjunto. No tenía sentido admitir que tenía un problema con la bebida. Desde que había llegado a aquel país de locos el vodka se había convertido en su mejor amigo. Ni el cambio de identidad, ni los cursos intensivos de ruso ni aquel trabajo en un manicomio dejado de la mano de Dios habían conseguido borrar de su mente su vida anterior. El vodka, aunque le repugnaba, le otorgaba breves periodos de paz y le ayudaba a dormir. Era lo más parecido que tenía a un amigo en aquel lugar.

Y qué lugar, pensó acercándose a la ventana mientras se enderezaba la corbata: el manicomio-prisión de Rostropovich Kav, probablemente el lugar más siniestro de toda Inulvania. Un lugar donde encerraban por igual a presos políticos, asesinos, lunáticos y ladrones para torturarlos, ejecutarlos, interrogarlos y a veces reclutarlos para las filas de la KGW. Era un viejo castillo remodelado innumerables veces a lo largo de los siglos situado en un escarpado paso de montaña. Aunque teoricamente era inexpugnable, el gobierno inulvano ya tenía suficientes problemas como para dejarse medio presupuesto en acondicionar aquella pocilga, de modo que tres médicos, dos enfermeras y doce soldados tenían que apañárselas para lidiar con cerca de doscientos cincuenta presos encerrados en celdas que iban desde frías habitaciones de hormigón o azulejos hasta otras practicamente medievales con puertas de madera desvencijadas. Las fugas no eran raras y los pueblos circundantes ya estaban curados de espanto y tenían cierta tendencia a ejecutar a los forasteros simplemente por si acaso.

Se pasó la mano por el pelo mientras recorría el despacho escasamente decorado. Se detuvo frente a una foto enmarcada en la que salían diferentes personalidades del gobierno inulvano visitando Rostropovich Kav. Era un burdo trucaje porque en todo el castillo no existía nada parecido al jardín con cesped, árboles y flores que servía de decorado a los personajes de la foto. Allí estaba él junto al presidente y media docena de ministros. Detuvo su mirada en un individuo nervudo y de aspecto inquietante que miraba a la cámara con desagrado, como si no le gustara que le hicieran fotos. A diferencia de las demás personalidades de la foto que jamás habían estado allí, aquel fulano sí que visitaba Rostropovich Kav con cierta frecuencia. Oficialmente y de cara a la opinión pública era Sergei Stortov, el secretario del ministro de asuntos internos.

Stortov, pensó para sí. Menudo pájaro.

En realidad, Stortov era el jefe de la KGW, probablemente el hombre más peligroso de toda Inulvania y de varios países a la redonda: una desquiciada mezcla entre científico loco, agente secreto y psicópata de leyenda urbana que cometía las mayores atrocidades en nombre del futuro del país. Se rumoreaba que él mismo había estado internado en Rostropovich Kav antes de ser reclutado por el servicio secreto. Ahora era él el que reclutaba a los presos más peligrosos para emplearlos en sus horripilantes tareas.

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En aquel momento entró el doctor Kowalsky en el despacho. Sin llamar, como era su costumbre.

-Señor director-dijo sujetando ante sí una carpeta con documentos-Ya está arreglado. Han comenzado esta mañana pero no he podido verle hasta ahora porque he tenido un día terrible.

Piotr Kowalsky era otro de los médicos del centro y posiblemente el que mejor le caía. Era de ascendencia polaca y vivía en una casita cerca del manicomio junto a su mujer y su hija. Estaba gordo y calvo y hablaba un ruso correcto pero con fuerte acento de los Cárpatos. Había formado parte del Plan de Mejora Demográfica Inulvana y se había casado con una extranjera comprada por el gobierno. Por lo que Otinovic sabía, la mujer era una sudamericana que se había tirado a medio Rostropovich Kav, incluyéndole a él y a varios presos.

Menudo pringao.

Otinovic se estremeció involuntariamente. Aquella palabra le traía malos recuerdos, historias de una vida anterior que quería dejar enterrada, vivencias de otra persona que en realidad era él antes de cambiarse el nombre y nacionalizarse inulvano. Si había logrado sobrevivir en aquel agujero era por su absoluto y total convencimiento de que las cosas siempre podían ir a peor.

Siempre.

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2 comentarios to “ROSTROPOVICH BLUES (I de II)”

  1. Hermesh Says:

    Normalemente te alabo, pero esta vez te toca critica:
    La foto del mono me parece de muy mal gusto(No me creo ni yo lo que estoy diciendo, demasiado tiempo saliendo con una veterinaria tal vez?).
    La transicion del sueño a la historia me parece un poco confusa.

    Por lo demas todo perfececto.
    Te noto un poco mas tierno que de costumbre gabriel, demasiado amor en tus historias. ¿Sera el verano?…

  2. JoanElMisericordioso Says:

    Querido Hermesh;

    No es un mono, es una zarigüeya. Y si, a mi la foto tb m parece d mal gusto: el q la sujeta por la cola tiene la manga sucia!!!Haberse visto! Chst!!

    Un saludo a todos dsd mi isla

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