TOMA DE CONTACTO

“Y llegué a la ciudad orca:
un paraíso sucio
de habitantes toscos y feos,
de ruidos estridentes,
y maloliente felicidad.
Y me dije:
¿Qué coño es esto?”

(Diez años entre los orcos, de Ivniraët el Exiliado, bardo elfo)

La primera vez que me vi rodeado por toda una tribu de orcos no pude menos que reprimir un escalofrío de pánico. Casi cualquier elfo, humano ó enano (bueno, cualquier enano) en mi situación habría elegido rápidamente entre luchar o salir corriendo (y en mi caso concreto, como bardo de corazón apasionado, arpa de armonioso sonido, ágil espada y piernas ligeras para cuando todo lo demás falla, la elección era de todo menos un dilema). Pero mis circunstancias eran diferentes.
Había salvado a una niña pequeña orca y la había cuidado hasta que varios miembros de su tribu nos encontraron a ambos. En aquel momento no habría apostado ni una moneda de cobre por mi supervivencia cuando, para mi sorpresa, me invitaron a seguirles hasta aquel destartalado poblado orco.

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Incluso a día de hoy sigo sin comprender por qué decidí unirme a los orcos. Creo que me sentía muy solo desde hacía tanto tiempo que necesitaba algo de vida social. La vida entre los humanos era interesante pero era escasa en novedades. Durante mi vida en Lothoril había leído mucho acerca de ellos y lo cierto es que las bibliotecas élficas son muy precisas y abundantes en cuanto a información sobre los humanos, los elfos y los enanos. Los orcos, en cambio, apenas eran los villanos de las historias. Nunca salía ningún personaje orco más allá del terrible señor de la guerra que comía niños y bebía sangre. A mí nunca me había terminado de cuadrar que unos seres tan simples pudieran armar tanto jaleo pero me costó diez años conocerlos.

Y allí estaba, rodeado de pieles verdes por todas partes que me miraban y olisqueaban como si yo fuera a ser su cena. No pude menos que asombrarme de su fealdad: narices porcinas, colmillos amarillentos, pieles verdosas y marcadas con cicatrices, pelos despeinados y sucios, orejas puntiagudas mordidas y docenas de ojos oscuros y sin pupila que me examinaban como si pudieran ver mi alma. Evidentemente, les resultaba tan raro ver a un elfo (cuánto más un elfo con el pelo teñido de blanco) como a mí estar en aquella tosca aldea que parecía un estercolero. Y olía peor.
El orco más grande de los que me habían guiado gruñó algo al resto de la tribu que no entendí. Intenté expresarme en su idioma pero aún tardaría un tiempo en comprender que mi orco “de academia” distaba mucho del lenguaje orco “auténtico”. Las delicadas gargantas élficas están perfectamente adaptadas a nuestros alfabetos de ciento doce letras. Las fauces de un orco, en cambio, sirven para morder, gruñir, desgarrar, sujetar y hablar. No se puede cortar un árbol con unas tijeras de plata y un oso no puede tocar el arpa. Las cosas son como son y es lo que hay. Y punto.
Mis torpes intentos de comunicación provocaron al principio la hilaridad de la tribu. Para ellos era un divertido monigote melenudo que emitía ruiditos raros que parecían palabras. Durante cierto tiempo, uno de los pasatiempos de aquellos orcos sería hacerme repetir palabras que yo no entendía que luego resultaban ser tacos y obscenidades. Aún tardaría varios meses en aprender a expresarme de forma que me entendieran aunque, aparentemente, ellos no tenían ningún problema en comprenderme a mí.
Ninguno me tocó. La única que parecía tener confianza era la niña pequeña que había salvado. La habían dejado en el suelo al llegar al poblado y se había agarrado a la pernera de mi pantalón como si yo fuera de su propiedad. Emitía alegres gruñidos y nos miraba alternativamemente a la multitud y a mí. En un poema épico en condiciones, los ruiditos habrían sido una petición para que cantara, yo lo habría hecho y habría encandilado a los orcos con mi arte. Lamentablemente eso no ocurrió por varias razones: primera, porque yo estaba que no me llegaba la camisa al cuerpo entre el abrumador hedor a orco y el miedo que estaba pasando. Me costaba mantener la compostura, no digamos tocar el arpa. En segundo lugar, los orcos aprecian la belleza de lo práctico y una canción que sólo es bella pero que no se entiende no tiene lugar en sus cerebros ni en la tribu (y los orcos son muy poco ceremoniosos a la hora de deshacerse de las cosas). Y por último pero más importante, por diferencias idiomáticas, culturales y generacionales, no tenía ni maldita idea de lo estaba diciendo la niña. Podía estar recitando la tabla de multiplicar del cuarenta y siete (los matemáticos elfos, debido a su amplia esperanza de vida, tienden a sacar bastante las cosas de quicio) o aclarándose la garganta pero yo no entendía ni jota.

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En aquel momento la multitud se abrió para dar paso al orco más grande de todos. Yo, debido a mi estatura, le sacaba más de dos cabezas a la mayoría de la tribu pero aquel orco me llegaba casi a la barbilla. Sus brazos eran como dos troncos de retorcidos músculos y su pelo, una masa pringosa que olía como un campo de batalla una tarde de verano. Su rostro era una especie de mueca de furia y disgusto permanente rematado por dos colmillos descomunales que estaban romos de tanto usarlos.
Avanzó hacia mí balanceando sus enormes brazos y temí por mi vida más que nunca pero, para mi alivio, agarró a la niña por la cabeza y la olisqueó antes de emitir un gruñido aprobatorio. La sujetó contra sus pechos (en aquel momento me di cuenta de que era una hembra) con uno de sus brazos y me dirigió una mirada enfurecida de pies a cabeza. Finalmente, clavó sus ojos en los suyos durante largo rato antes de emitir otro ruido que un dragón afónico tendría dificultades en igualar. Tal vez en aquel momento me considerara un payaso y no viera en mí ninguna amenaza digna de tenerse en cuenta o quizás me estaba dando las gracias a su manera (la no agresión por parte de un orco puede considerarse como una buena acción) por haber traído de vuelta a la niña. En cualquier caso, no sentí hostilidad por parte de aquel ser monstruoso que se acercó a una especie de corral donde arrojó a la niña sin ninguna delicadeza junto con otros orcos de escasa edad. Ella se limitaba a cuidar de los suyos.

Así conocí a Madre Ullag.

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Una respuesta to “TOMA DE CONTACTO”

  1. pelonido Says:

    ¿Qué pasará? ¿Se convertirán los orcos en unos seres más gráciles y artísticos, o se embrutecerá el pequeño bardo élfico?

    Supongo que madre Ullag vigilará que los buenos usos y costumbres del clan sigan puros. Así que intuyo un vil embrutecimiento del enclenque ser de orejas puntiagudas.

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