LA MISIÓN

-Apunte, brigadier: dieciocho fusiles de asalto M-15-indicó el capitán Blagration deteniéndose ante las armas.

Después eligió con ojo experto tres de las armas y apuntó con ellas hacia el techo. Todas tenían el cañón torcido en mayor o menor grado.

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-Tres de ellos, categoría “R”-añadió con un suspiro.

El brigadier Ponomarenko tomó nota en su block. “R” significaba “regular” y se refería a todo el material que no estaba en óptimas condiciones pero que tampoco se podía reemplazar. Más de la mitad del armamento era de categoría “R” frente a un escaso treinta por ciento que era “N” (“semi-nuevo”) y algunas raras “A” (“excelente”). El resto eran del tipo “I” (“inservible”) y se empleaban como piezas de repuesto o lo que hiciera falta.

Continuaron con el inventario del arsenal. Las fuerzas armadas inulvanas se aprovisionaban como podían en el mercado negro de Europa del Este. Si tenías dinero e influencias podías agenciarte material bélico de calidad. Lamentablemente, Inulvania no tenía ni lo uno ni lo otro. Con frecuencia, adquirían pequeños cargamentos de armas a condición de quedarse también con grandes lotes de armamento pasado de moda. Buena parte del ejército funcionaba con fusiles de cerrojo rusos de la Segunda Guerra Mundial y muy pocos oficiales podían permitirse una pistola decente y un sable de ceremonia.

A continuación pasaron revista a la artillería: morteros mal pintados, piezas de artillería con más de treinta años de servicio y algunas docenas de obuses destartalados eran lo mejor que Inulvania tenía para hacer frente a sus, por fortuna, escasos enemigos. Al final del arsenal estaban las seis tanquetas acorazadas que componían la totalidad del parque acorazado móvil del país. A una le faltaban dos ruedas y estaba sostenida con tocones de madera. Otra, de un modelo diferente y comprada a precio de saldo, tenía un agujero de obús en un costado como prueba de su brillante historial de servicios en Sarajevo.

Blagration pasó frente a varias estructuras en las que había innumerables bayonetas apoyadas. A diferencia de casi todo el arsenal, las bayonetas estaban bien cuidadas y afiladas. Por cuestiones prácticas, el alto mando inulvano había decidido que era una gran idea entrenar a sus tropas en el arte del cuerpo a cuerpo: resultaba barato (no gastaba municiones ni siquiera en las maniobras), intimidatorio y, sobre todo, necesario.

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Esto último lo habían aprendido por las malas después de enviar varias veces al ejército a sofocar revueltas entre la ciudadanía en los albores del nacimiento del país. El pueblo inulvano había sido moldeado por siglos de invasiones turcas y de sus vecinos rumanos, valacos e incluso mongoles. Vlad Dracul era indudablemente el personaje más famoso de Europa del Este pero no había sido desde luego el único tiranuelo sediento de sangre que había campado a sus anchas. Los antiguos inulvanos habrían dado gustosamente una mano a cambio de tener un Vlad Dracul en el trono en lugar del chiflado que les tocó en gracia: Uther Von Richtofen, Archiduque Gobernante de Inulvania, azote de los turcos (que se guardaban muy mucho de meterse en su ducado pudiendo enfrentarse al casi piadoso en comparación Dracul), de los cristianos (el tío fue un dolor de cabeza para la Santa Inquisición hasta que tuvo el detalle de reventar gracias a la peste negra) y de todo bicho viviente en general sin demasiadas distinciones. Los historiadores se habían encargado de borrar su paso por el mundo porque no había ninguna necesidad de recordar a semejante monstruo.
La dinastía Richtofen, el hambre, las plagas, las invasiones y toda suerte de miserias habían hecho del pueblo inulvano una gente sufrida y resistente que ya estaba a vuelta de todo después de siglos peleándose con sus improductivas tierras, los lobos y los osos por un puñado de comida. El recibimiento a pedradas que habían prodigado al ejército cuando este vino a pacificarles fue la primera señal de que no era buena idea andar incordiando al pueblo soberano. El propio Blagration, un soldado raso en aquella época, se había visto en la situación de correr por su vida delante de un campesino enloquecido armado con una guadaña.
Después de aquello, el alto mando llegó a la conclusión de que si no había dinero para nada mejor, las bayonetas eran una opción perfectamente válida para hacer la guerra, lo importante era no pelearse entre ellos.

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(-Abuelito Gabri, ¿qué era la Zeta?
-(suspiro)Verás, hijita, la Zeta…)

-Munición…-Blagration se detuvo delante de las cajas de madera. Todas tenían pintado en rojo su contenido. Algunas tenían sellos de otros países, incluso había algunas esvásticas-¿Cuánta munición nos queda, brigadier?
-Doscientos treinta y cinco cajones, mi capitán-contestó el brigadier Ponomarenko levantando su enorme nariz del block-Tenemos un ligero déficit sobre lo estipulado pero es la mitad que el año pasado.
-Es una buena noticia-Blagration esbozó una media sonrisa.

Boris Ponomarenko era de origen judío. Su familia provenía de la antigua Rusia y se había asentado en Polonia durante generaciones hasta que el Holocausto la borró del mapa. Ponomarenko había sido el único superviviente de doce hermanos que había logrado salir con vida de aquello y había buscado refugio en la India. Veinte años más tarde, había vuelto a Europa para descubrir que nada de lo que conocía existía ya y descubrió su lugar en Inulvania pues no simpatizaba en absoluto con el movimiento sionista israelí. Un país sin gente para la gente sin país se le oía murmurar cuando saludaba a la bandera inulvana. Shalom y tu puta madre, solía añadir, a mí me vais a pillar, cabrones de mierda. Nadie sabía a quién se refería.

-Blagration-dijo de pronto Stortov surgiendo como una sombra de detrás de una ametralladora de posición.

A Blagration casi se le sale el corazón por la boca al verle. Ponomarenko, más fatalista y resignado, apenas alzó las cejas al ver al jefe de la KGW, el temido servicio secreto inulvano.

Sergei Stortov era delgado y nervudo. Solía caminar algo encorvado y daba la impresión de haber perdido mucho peso con los años. Sus ojos eran oscuros y siniestros. Sus manos parecían garras retorcidas y se movían con una velocidad pasmosa. Lo hicieron alargándole a Blagration un sobre.

-Pliego de órdenes prioridad Omega-dijo con un siseo-Necesito una división completa de sus hombres.

Blagration tragó saliva inquieto y cogió el sobre. La prioridad Omega implicaba actuación inmediata. La última misión con aquella prioridad había implicado la destrucción de una instalación militar rusa en las montañas fronterizas inulvanas…

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-¡Un momento!-exclamó ojeando las directrices de la misión-¡Aquí habla de la base rusa de las montañas!¿No logró su objetivo?
-No-contestó Stortov sencillamente-Ha habido complicaciones. Necesito una división completa de sus hombres.
-Me dijo que tenía al hombre adecuado-insistió Blagration-Aquel violador múltiple…
-Eso es materia reservada-le interrumpió el jefe de la KGW-No debería comentar asuntos de alto secreto de estado delante de su subalterno judío.

Blagration veía demasiados puntos oscuros en todo aquello. Una baja en la KGW no requería la intervención de una división. Al menos, con prioridad Omega.

-Oh, Dios-dijo clavando sus ojos en los de Stortov-Se le ha escapado, ¿no?
-Eso es materia reservada-contestó Stortov-No puedo hacer declaraciones delante de judíos.
-Joder que no-Blagration estaba cada vez más indignado-¿Quiere decir que ha soltado a un violador múltiple equipado para una misión peligrosa y que se le ha escapado?
-Escapado no-puntualizó Stortov-Deslocalizado. Necesito una división para localizarle de nuevo.
-Mierda-masculló Blagration pasándose la mano por la frente y atando cabos-El pase Alfa que me solicitó el mes pasado era para ese chalado, ¿verdad?

El pase Alfa era la credencial máxima del servicio secreto inulvano. Permitía el acceso a todos los niveles administrativos y militares así como recursos practicamente ilimitados en diversas cuentas suizas. Se condecían con cuentagotas porque una vez expedidos no podían cancelarse y en manos irresponsables eran auténticas armas de destrucción masiva.

-Mis hombres necesitan medios para llevar a cabo su trabajo-explicó fríamente Stortov-Y yo necesito una división…
-¡Silencio, loco de mierda!-estalló Blagration-¡Tenemos un loco peligroso suelto con un Alfa!¡Se le va a caer el…!
-Si lo que está intentando decirme es que se niega a brindarme su ayuda-le cortó Stortov-a lo mejor le interesa que le recuerde su expediente. No le importará que se lo recite delante del judío, ¿verdad?-se apoyó dos dedos en el mentón en actitud pensativa como si recordara-Veamos, Grigor Blagration: expediente militar intachable desde 1981, casado, dos hijas de quince y diecinueve años, infidelidad extra-matrimonial con una inmigrante nacionalizada, Tanya Kowalsky. Enfermedad venerea desde hace seis meses. Alcoholismo. Multas de tráfico sin pagar. Prevaricación. Sobornos… ¿es necesario que siga?
-¿Cómo diablos sabe todo eso?-preguntó Blagration-¿Me ha hecho vigilar?
-Es mi trabajo.
-¿Cuántos hombres dice que necesita?

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