(Homenaje a La Sombra del Águila de Pérez Reverte)

El estampido de la bomba hizo temblar las paredes del viejo búnker. Las bombillas colgadas del techo se balancearon dando un movimiento frenético a todas las sombras. La mesa de Blagration tembló y los cuatro papeles que estaban examinando cayeron al suelo.

-Mierda-maldijo-Qué mierda.

Se agachó y recogió los papeles mientras esperaba la siguiente bomba. El brigadier Ponomarenko entró en el cuarto de mando cubierto de café caliente y con los restos de una cafetera en la mano.

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-Me temo que los rusos no nos permitirán tomar nuestro último café, señor-dijo en su habitual tono sarcástico.
-Estamos bien jodidos de todas maneras-masculló Blagration-con café o sin café. ¿Sabe rezar, brigadier?
-Inulvania es un país comunista, señor-contestó Ponomarenko-La religión es una carga inútil para nosotros.
-Bien dicho-Blagration se incorporó con los papeles-pero me refiero a los judíos: ¿rezan?
-Soy inulvano antes que…-empezó a decir Ponomarenko.

Otro obús impactó contra el búnker lanzándolos a ambos al suelo e interrumpiendo la conversación, recordándoles que no era momento de debates.
Siguiendo las órdenes del loco de Stortov, habían liderado una división hacia las montañas en busca de un agente de la KGW fugado con un pase alfa. El objetivo original de aquel soldado había sido destruir una base militar rusa situada en la frontera norte inulvana. Los rusos que habrían sido incapaces de encontrar a un agente de la KGW habían sido muy capaces a la hora de localizar a la división del ejército inulvano y ahora los tenían acorralados en un viejo búnker, un antiguo resto de la guerra fría que se estaba haciendo pedazos bajo el contínuo bombardeo de los tanques rusos. El escuadrón acorazado todavía estaba a cierta distancia y no acertaba todos los cañonazos pero aquello no podía durar. Y los sufridos soldados inulvanos podían marchar durante días descansando poco pero las iban a pasar muy putas si tenían que correr más que los tanques. Y el mariconazo de Stortov estaría tan ricamente en su despacho tachando bajas de sus listas para ahorrarse pagas. Casi nada.

-Estamos bien jodidos-repitió Blagration.
-¿Quiere que ordene la evacuación?-preguntó Ponomarenko.

Blagration suspiró indeciso. Quedarse en aquel lugar era una locura. Sin artillería y con aquella fortaleza desvencijada sería cuestión de tiempo que los enterraran entre los escombros. La otra opción era salir pitando delante de los tanques y jugar al corre-corre-que-te-volatilizo hasta que los rusos se cansaran. Y con las ganas que tenían de invadir Inulvania era improbable que lo hicieran pronto.

-Podríamos…
-¡Tovarich!-le interrumpió un soldado entrando sin permiso en el cuarto de mando.

Blagration dio un respingo y miró al recién llegado con aire crítico. No le sonaba su cara, no le gustaba su acento y mucho menos sus modales: llamar “tovarich” a un superior era motivo más que suficiente para buscarse un disgusto en el ejército. Como si no tuvieran bastantes problemas. Miró a Ponomarenko y alzó una ceja:

-Frankov Otinovic-contestó el judío automáticamente-Alistado voluntariamente hace seis días para, palabras textuales, “morir por la patria”. Trabajo anterior: director adjunto de Rostropovich Kav. Es un español nacionalizado inulvano según la Campaña de Nacionalización Inulvana.
-Español, ¿eh?-Blagration lo miró de arriba a abajo.

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Los españoles no eran ni siquiera infrecuentes en Inulvania y todo lo que se sabía en general sobre aquel pedazo de Europa al lado de África era que se había dado de tortas con el resto del mundo a lo largo de su historia, que habían sido gobernados por el fascismo durante medio siglo y que le habían encajado tres goles a Rusia en el último mundial.

-¿Qué quiere, soldado?-preguntó Blagration.
-¡Huir!-exclamó el soldado con su desagradable acento.

Y le tendió una nota arrugada. Blagration la cogió y la leyó en un instante:

“Podemos darles diez minutos. Aprovéchenlos. KGW”

-¿Qué significa esto?-preguntó Blagration confuso-¿De dónde ha salido esta nota?
-Estaba atada a un obús que no ha explotado-explicó el soldado.
-¡Eso es ridículo!-exclamó Blagration-¡Brigadier Ponomarenko, detenga a…!¿Ponomarenko?

El brigadier no le escuchaba. Estaba mirando por la estrecha ventana que era la única fuente de luz natural de aquella sala.

-Capitán Blagration-dijo-esto es cosa de Stortov.
-¿Qué diablos dice…?-Blagration corrió a su lado para mirar.

Miró sorprendido la formación de tanques rusos. Los blindados venían en cinco filas paralelas de cuatro tanques. Dos tanques de la primera fila habían frenado y girado a la vez haciendo a los de atrás chocar con ellos. La formación se había detenido temporalmente y parecía reinar cierto caos en ella, sobre todo cuando los dos tanques empezaron a disparar contra los demás. Los tanquistas rusos no eran tan manazas. Ahí se veía la invisible y nefasta mano de la KGW.

Stortov.

Después de todo, no les había abandonado.

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