DIEZ AÑOS ENTRE LOS ORCOS

La primera vez que tuve contacto con los orcos fue poco después de comenzar la primavera de mi tricentésimo sexagénimo primer cumpleaños.
Hasta entonces, lo único que sabía de estas belicosas criaturas era por sus apariciones en los poemas épicos de los elfos y en los menos elegantes pero más apasionados cantares de los hombres. La métrica y la rima eran diferentes pero el papel de los orcos seguía siendo esencialmente el mismo: enormes ejércitos atacando los bosques élficos y las ciudades humanas, dejando un rastro de muerte y destrucción a su paso. Los héroes de los poemas llevaban a cabo grandes hazañas para derrotarles pero se decía muy poco sobre la cultura de los pielesverdes.
Yo, Ivniraët, el Exiliado de Lothoril, vivía por aquel entonces en el sur del bosque Ilishat con la única compañía de mi arpa, mi arco y mi espada. Llevaba ya seis años de existencia solitaria cuando descubrí que no estaba solo.

Me encontraba una mañana preparando mi comida cerca del cauce de un río que cruzaba el bosque. Había pasado la mañana recogiendo frutos y legumbres silvestres para preparar, junto con lo que quedaba de un conejo que había cazado el día anterior, un suculento plato cuya receta había aprendido de los humanos (nunca recuerdo la palabra que usaban para denominarlo en su burdo lenguaje). Una vez hube encendido el fuego, coloqué mi cuenco sobre las llamas para calentar agua.
Entonces oí un sonido proveniente del río. Era algo parecido a un aullido grave y angustioso a la vez. Resultaba desagradable de oír pero transmitía una innegable sensación de desamparo. Me abrí camino hasta el agua para echar un vistazo.
El caudal estaba muy crecido debido al deshielo y arrastraba gran cantidad de porquería en forma de troncos y restos flotantes. Era en uno de estos troncos cercano a la orilla donde vi la causa del ruido. Parecía un pequeño animal atérido aferrado a una rama temblando de frío. Me acerqué y lo cogí en brazos. No era un animal:
Era una niña pequeña.
Una niña pequeña orca.
Su piel era verdosa oscura, casi negra. Sus manos eran pequeñas y toscas pero fuertes. Y su cara, aunque horrible con sus pequeños colmillos, tenía dos ojos oscuros que suplicaban ayuda y destilaban miedo y tristeza. Estaba casi inconsciente.
En otras circunstancias no sé lo que habría hecho pero tal vez la soledad que sentía fue la que me impulsó a apiadarme de aquella criatura. La llevé en brazos hasta mi fuego y la envolví en mi capa.
Cuando la niña despertó ya era de noche. Ya no temblaba de frío pero sus ojillos reflejaban hambre. Olió ansiosamente el cuenco de potaje (esto es la palabra élfica, la humana es otra, como dije) que había depositado a su lado antes de mirar a su alrededor y reparar en mí. Su rostro simiesco expresó perplejidad: era evidente que nunca había visto un elfo.
Admito que no soy de aspecto discreto. Soy muy alto incluso para los cánones élficos y estoy un poco más delgado de lo saludable (la vida del exiliado es dura a veces a la hora de encontrar algo de comer). Además, mi larga cabellera es blanca como la nieve recién caída. Esto no es un rasgo de nacimiento, ya que me la tiño con ciertos cosméticos élficos, antes por vanidad, ahora por rutina.
Supongo que para una niña orca de un año soy una visión, cuando menos, espectacular.
Se me acercó tambaleante y me olió como si fuera un perro. No parecía sentir más miedo que curiosidad.
La saludé en idioma orco.
Los elfos tenemos facilidad para las lenguas. Con unas espectativas de vida de cientos de años es útil y fácil aprender idiomas. Yo mismo domino las cuatro lenguas élficas principales, doce dialectos, seis idiomas humanos y algunos más.
La lengua orca, aunque tiene diversas variantes, consta de unas ochenta palabras diferentes. Con eso tienen más que suficiente para entenderse entre ellos y abarcan todos los temas que les preocupan. Suplen su falta de expresiones con numerosos gestos y sonidos más o menos guturales que añaden la entonación adecuada. Para las preclaras mentes élficas, una lengua de este tipo lleva una tarde aprenderla.
Ella contestó con un chillido divertido y gruñó algo que no pude entender. No estaba seguro de si era demasiado joven para saber hablar bien o si su acento era nefasto.
Mordisqueó la pernera de mi pantalón, de modo que le señalé con el dedo el cuenco aún caliente que le había preparado. Ella soltó una especie de ladrido y se acercó hasta él a cuatro patas, metiendo la cara en su interior.
Los tejones del bosque de Lothoril comen con cubiertos en comparación con el espectáculo que me ofreció la niña. Tras lamer el fondo del cuenco como un perro se sentó junto al fuego y me miró fijamente como si esperara que hiciese algo.
Reparé en que tenía el arpa entre mis manos. Hacía años que no disponía de público para desarrollar mi habilidad de bardo y trovador. Al contrario de lo que dicen los poemas románticos, tanto élficos como humanos, los animales del bosque no se acercan por muy bien que toque uno: huyen todos. Y aunque sea pecar de inmodesto, con doscientos ochenta y cuatro años de práctica ininterrumpida yo me podía considerar un virtuoso del instrumento.
Sonreí a la fea niña y pasé los dedos por las cuerdas. La orca aplaudió y emitió ruiditos de aprobación.
-Una vez, en un bosque… – empecé.
Así empiezan todos los poemas élficos, desde la biografía más coñazo hasta la más tórrida balada erótica. Es en homenaje a no sé qué rey poeta, la madre que lo parió, que tuvimos hace milenios y lo impuso como ley, costumbre y tradición. Si bien los motivos que llevaron a mi expulsión de Lothoril fueron bastante más gordos, la gente ya empezó a cogerme ojeriza por mi manía de intentar innovar el repertorio. Un elfo no tradicionalista era una anomalía en Lothoril y una amenaza al sistema que no debía alterar el medio. En aquel tiempo había querido cambiar mi tierra natal.
Ahora la echaba de menos.
Por eso empecé con aquel maldito verso.
No sabía qué clase de música gustaría a la niña. Lo único que sabía que gustaba a los orcos era pelear así que probé con “Cuatro príncipes eternos”, la épica historia de cuatro hermanos pretendientes al trono que olvidan sus diferencias para enfrentarse a la amenaza de los orcos.
Claro que el alto élfico probablemente fuera un poco denso para la niña (¿qué se puede esperar de una lengua en la que hay que rimar cada doce palabras, hay nueve personas verbales y las expresiones comunes no duran menos de veinte segundos?) así que intenté adaptarlo al orco.
Me sorprendí de lo limitado del vocabulario. Los orcos no tienen los casi cuarenta sinónimos de cada cosa que empleamos los elfos. Como mucho, tienen una palabra para cada concepto. Con frecuencia, menos.
No obstante, mi habilidad como trovador está fuera de toda duda y combinando música y palabras en orco más o menos musicales (por lo menos, muchas rimaban igual) conseguí divertir a la niña con una canción improvisada que luego nunca logré reproducir igual. Los críticos de mi raza la habrían tildado de herejía como mínimo pero parecía que mi público tenía otros gustos.
Su sonrisa resultaba desagradable pero amistosa y era la primera que veía en mucho tiempo. Mis viajes por los reinos de los hombres habían sido instructivos pero solitarios. Me ganaba la vida bien como bardo pero los humanos desconfían de los elfos y no logré trabar amistad con ninguno más allá de largas noches en las tabernas ahogando mi soledad con vino (y con cerveza, los elfos no tienen cerveza y no saben lo que se pierden).
Fue en aquel momento cuando un fétido olor ofendió mi sensible nariz. Rompió mi concentración y dejé de tocar. En la penumbra que había alrededor de la hoguera aparecieron cinco corpulentas sombras. Caminaban con dos cortas piernas y eran anchos de pecho y largos de brazos.

Orcos.

Y mis armas al otro lado de la hoguera, totalmente fuera de mi alcance.

Es curioso las cosas que te vienen a la mente cuando crees que vas a morir. Recuerdo que en el momento en que me ví rodeado por los cinco orcos se me ocurrió el verso final para mis memorias (que aunque ya contaba con casi dos mil páginas aún distaba mucho de acabar):
“y murió como un gilipollas”
“Gilipollas” es una palabra que no existe en la lengua élfica. Sin embargo, la definición que me dieron los humanos encajaba a la perfección con un defecto muy común entre mi gente. Hay mucho gilipollas entre los elfos. Y entre los humanos también, no se crean. Curiosamente, los orcos gilipollas no abundan tanto.

La niña se quedó callada y miró las sombras con los ojos muy abiertos. El orco más grande se adelantó y miró a la niña un segundo antes de clavar en mí su único ojo.
Los orcos y los elfos, por lo que sé, nunca han sido amigos. Las cosas son así desde hace milenios y nunca he visto ningún indicio de lo contrario. Conozco a muchos nobles elfos que han luchado contra ellos y a muchos más humanos.
Yo nunca había visto un orco hasta aquella noche. Me parecieron horrorosos. Su piel verdosa y sus colmillos prominentes carecían de todo rastro de delicadeza. Sus cuerpos eran sucios pero evidenciaban fortaleza. Su actitud era cauta aunque, me sorprendió constatarlo, no agresiva.
El orco grande cogió a la pequeña en brazos. Se olisquearon un instante y la niña emitió un gañido de alegría. Entonces me miró a mí:
-¿Quién tú?-preguntó en un habla humana.
-Un errante-contesté sencillamente en el lenguaje orco.
Carecía de sentido explicarle mi exilio y sus causas, todas ellas (líos amorosos prohibidos, desaparición de algún que otro objeto mágico, compra de pócimas alucinógenas a los elfos oscuros…) contenían demasiados conceptos muy severos para sus mentes, creía yo, tan simples. Al orco pareció bastarle la palabra.
-¿Qué tú ella?-preguntó sujetando en la mano izquierda a la niña y apoyando la otra en la empuñadura de su espada, una hoja larga y recta sin duda de manufactura humana.
-Maaj-contesté yo.
Es una palabra orca que sirve para designar alianza ó parentesco de algún tipo. Los miembros de una tribu son maaj entre sí. Los miembros de una partida de caza también son maaj. Los cachorros que se crían juntos son igualmente maaj.
Con los elfos todo es tremendamente distinto. Además de los normales padres, madres, hermanos, hijos y similares, la poligamia y la longevidad conducen a toda serie de parentescos políticos a cual más retorcido. Así, uno puede tomar el té con la concubina del primo-padrino segundo de mi segunda hermana menor para caer en la cuenta de que si el medio hermano de mi padre tiene por amante a la segunda primera esposa de tu cuñado tercio ¡le estás tirando los tejos a tu propia madre! Con una telaraña de normas sociales tan rígida, un elfo medianamente revoltoso puede pringarse de lleno en medio y arriesgarse a que se lo zampen las arañas de sus compatriotas.
-Maaj-repitió el orco.
Yo le sonreí y pasé la mano por el arpa. Todavía no había decidido en qué postura morir si las cosas me torcían y me liquidaban allí mismo. Me preocupaba el hecho de que no hubiera nadie para verlo y poder narrarlo a la posteridad (no confiaba en los orcos para este menester) aunque me inquietó más recordar que probablemente no le importaría a nadie.
Emitió un gruñido e intercambió varios ruidos que no entendí con los demás. No pude entender nada de lo que decían. O habían ampliado el vocabulario o aquello era tan gutural que no había quien lo entendiera salvo un orco.
Antes de darse la vuelta e irse por donde había venido con la niña, el orco grande se encogió de hombros y me hizo un gesto con la mano tan expresivo que me recordó a una expresión humana que me encantaba:

“Tú mismo”

Y se alejaron en la oscuridad pero caminando despacio, como para que les siguiera.

Y les seguí. Por curiosidad. Y por soledad.
Porque un elfo exiliado necesita compañía.
Aunque sea la de los orcos.

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Una respuesta to “DIEZ AÑOS ENTRE LOS ORCOS”

  1. daniiel Says:

    waaaw esta muy buena la historia me gusto mucho 😀

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