Lo malo de las historias de ese arcángel, pensó Assaliah sombrío mientras sorteaba los obstáculos de camino a su casa, es que tienen demasiado suspense. Hasta el final no te enteras de lo que quiere decirte.
Tampoco es que lo tuviera muy claro ahora pero algo le decía que la misteriosa niña dorada tenía algo que ver en todo aquel asunto.
El Destino de la Humanidad. Quizás estuviera conectada de algún modo.
Dio un salto ayudándose con un impulso de sus alas y cruzó un arroyo. Las piedras del suelo crujieron bajo sus sandalias antes de entrar en un bosquecillo de abedules.
Los arcángeles, después de todo, no eran ni tontos ni descuidados. Gabriel tenía que tener algún buen motivo para contarle aquella historia. Quizás quería ayudarle, ponerle sobre aviso o tal vez sólo era una pequeña parte de uno de los inescrutables planes del Todopoderoso.
El Destino de la Humanidad. Si aquella niña era la clave (de una manera que no podía ni intuir)… ¿entonces qué? Deseó que Nith Haiah estuviera allí: el Ángel de la Sabiduría era muy bueno con los acertijos.
A medida que cruzaba el bosque, Assaliah contaba inconscientemente los árboles. Conocía bien aquel lugar y no era difícil perderse. Él sabía que el árbol número setenta y seis era la clave para cruzarlo.

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El Arcángel Anunciador había dicho que la hora del Altísimo y sus servidores, los ángeles, hacía tiempo que había pasado. La de la Humanidad, no obstante, estaba al caer.
¿Qué se podía hacer con algo que era la clave del Destino de la Humanidad?
Pensó en los muchos dioses que conocía, todos poderosos pero llenos de resentimiento e impotencia ante los cada vez más numerosos y libres humanos.
¿Qué se podía hacer con la llave de su Destino?
Cualquier cosa.
Comprendió, por fin, por qué los demás arcángeles eran tan reacios a informar a los demás ángeles: el conocimiento es poder pero el poder sin sabiduría es peligroso. Algo tan valioso en manos inapropiadas podía significar una catástrofe de proporciones cataclísmicas. En manos de un dios podía…
Detuvo su carrera en seco en medio de un sendero que discurría entre las rocas. Sentado sobre un peñasco había un ángel silencioso y pálido vestido con una túnica negra: el Ángel de la Muerte.
-Cassiel… –dijo Assaliah casi sin aliento.
El ángel levantó la vista y clavó sus ojos en los de Assaliah. Entre los ángeles, Cassiel tenía una reputación siniestra e inexplicable. Hablaba poco, apenas se relacionaba con los demás y se rumoreaba que daba mala suerte hasta mirarle. Nadie sabía qué era lo que le había convertido en lo que era pero el Sombrío guardaba muy bien sus secretos.
-¿Qué ocurre?-preguntó Assaliah.
Casi se contestó a sí mismo que no ocurría nada. Sencillamente, se había asustado por la ridícula historia de un arcángel que pasaba demasiado tiempo entre la humanidad. Su alocada imaginación se había dedicado sacarle punta a un disparate sin pies ni cabeza espoleada, sin duda, por el sentimiento de culpa que sentía por haber bajado sin permiso al Mundo de los Hombres y encima haber subido a una niña al Reino Celestial. Probablemente les caería un buen castigo a él y a sus amigos por todo aquello.
-Te buscan-contestó Cassiel señalándole con un dedo largo y fino.
Encontrarse de frente con el Ángel de la Muerte ya era bastante malo pero que encima le hablara en aquellos términos resultaba un presagio nefasto. Assaliah tragó saliva, incómodo.

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-¿Quién?-fue lo único que se atrevió a decir.
Cassiel levantó la vista hacia el cielo en dirección a la Ciudad. A lo lejos se apreciaban varias figuras aladas volando en círculos. A aquella distancia no podía apreciar sobre qué volaban pero Assaliah tuvo la molesta sospecha de que era su casa.
-¡Joder!-Assaliah empleó una palabra que le había enseñado Gabriel.
Y continuó su carrera pasando por delante de Cassiel. El Ángel de la Muerte le observó alejarse por el sendero de piedras mientras volvía a sumirse en su silenciosa meditación.

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