Assaliah vivía junto con sus amigos Raziel y Nith Haiah en una casita a las afueras de la Ciudad. Era una vivienda sencilla, con una mesa, tres sillas y tres camas. Ninguno necesitaba más.
Juntos formaban una pequeña familia que había permanecido unida desde tiempos inmemoriales. Solían decir que Raziel era el Corazón, Nith Haiah, el Cerebro y Assaliah, las Manos. Otros ángeles formaban grupos parecidos pero quizás ninguno había durado tanto tiempo como el suyo sin que una discusión o una pelea los separase.
Assaliah hizo el último trozo del camino volando bajo para llamar menos la atención. Iba tan deprisa como podía y resistiendo el deseo de gritar los nombres de sus amigos. Tenía miedo de que lo descubrieran los demás ángeles y de que no le contestasen sus amigos.
En la Ciudad ocurría algo, de eso no había duda. En la plaza central donde se celebraban las asambleas había una multitud de ángeles reunidos. Parecían muy agitados y algunos revoloteaban mientras que otros gritaban con los puños en alto. Unos pocos ángeles que Assaliah ya había visto volaban en lo alto aunque ya no estaba tan seguro de lo que buscaban.
Llegó hasta el sendero que salía de su casa en dirección al Abismo y lo siguió hasta la puerta de su casa. Allí se unía a otro sendero que bajaba hasta la ciudad. Vio con inquietud unas manchas rojas que iban desde este último hasta su puerta.
-¡Raziel!-llamó entrando en tromba-¡Nith!
El interior estaba oscuro. Aunque instintivamente había colgado su capa de la percha, Assaliah descubrió que tenía las armas en la mano y estaba tenso como una cuerda de arco.
-¿Quién anda ahí?-preguntó una voz quejumbrosa desde las sombras.
-¡Nith Haiah!-exclamó Assaliah reconociendo la voz-¡Soy yo, Assaliah!
Dio dos pasos en la penumbra y se acercó al lecho donde estaba su amigo. El Ángel de la Sabiduría estaba muy maltrecho y sangraba por numerosas heridas. Su túnica estaba sucia y rota. Su frente, normalmente limpia y despejada, estaba ahora quemada y llena de magulladuras.

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-¡Nith!-llamó Assaliah tirando sus armas al suelo y cogiéndole del brazo-¿Qué ha ocurrido?
-Assaliah… –la voz de Nith Haiah salió con gran esfuerzo-La niña…
Con un gesto dolorido señaló al pequeño bulto que había a su lado. La niña de piel dorada parecía inquieta y dormía un sueño agitado.
-¿Qué tiene ella que ver…?-Assaliah no entendía nada-¿Quién te ha hecho esto?
La mano de Nith Haiah se cerró en torno a la suya. Temblaba y estaba pegajosa de sangre.
-Debes ponerla a salvo-dijo apretando los dientes e incorporándose un poco-Ella… ella es…
Se derrumbó sobre la cama de nuevo. Assaliah supo que no duraría mucho más.
-Pero… ¿quién es?
-Mi libro-la voz de Nith sonaba ahora tranquila y relajada-Necesito mi libro.
-Espera ¿dónde está Raziel?-Assaliah sentía que tenía muchas preguntas que hacer todavía y no sabía o no quería saber las respuestas.
-Ya no podemos hacer nada por él-sentenció Nith Haiah con los ojos en blanco-Por favor, Assaliah, necesito mi libro.
El Ángel del Valor se incorporó despacio y miró a su alrededor. Localizó lo que buscaba sobre la mesa: el Tomo de la Sabiduría de Nith Haiah.
Aquel era un antiquísimo libro que Nith había recibido del Arcángel Rafael en persona y que jamás había dejado leer a nadie. Decía que contenía todas las cosas que el hombre sabía y muchas más que todavía tardaría un tiempo en conocer. A veces, por la noche, Nith leía a sus amigos historias maravillosas que sacaba del libro aunque tanto Raziel como Assaliah sospechaban que se las inventaba sobre la marcha. Assaliah lo cogió con cuidado y se acercó hasta la cama donde estaba su amigo. Lo colocó entre las manos de Nith, que lo abrazó instintivamente.
-Assaliah-dijo con sus últimas palabras-Debes proteger a la Niña y llevarla a un lugar seguro.
-Espera, ¿quién…?
-No hay tiempo para preguntas-le cortó Nith tosiendo-Soy el Ángel de la Sabiduría: deberás confiar en mi buen juicio. Tú eres el Ángel del Valor, así que deberás cuidar de ella en lo sucesivo…
-¿Y por qué no Raziel?¡A él le gustan esas cosas!
-Él ya ha cumplido con su parte otorgándonos el tiempo necesario para encontrarnos-contestó Nith en tono sombrío-Ha demostrado que nos ama y que siempre lo hará.
Assaliah retrocedió un paso comprendiendo la implicación de aquello. Notó que enrojecía de ira a la vez que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Entonces sintió que había alguien en el umbral de la puerta. Se agachó rápidamente para coger su espada y se volvió para encontrarse con una figura oscura y familiar.
-Cassiel-llamó Nith desde su lecho-Ya estoy preparado.
El Ángel de la Muerte entró silenciosamente en la oscura estancia ignorando a Assaliah, que empuñaba a Gladius sin saber qué hacer exactamente. Cassiel se inclinó junto a Nith y le cogió suavemente la mano.
-¡Suéltale!-ordenó Assaliah.

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No parecieron escucharle. Nith movía la boca como si estuviera hablando pero ningún sonido salía de sus labios. Su maltrecho cuerpo empezó a brillar cada vez con más fuerza. Cuando la luz se apagó de golpe, el cuerpo de Nith se había convertido en un puñado de polvo dorado que se desvaneció al tocar las sábanas. Cassiel se incorporó lentamente, dando la espalda a Assaliah.
-¡Maldito…!-Assaliah levantó su espada y se lanzó contra Cassiel.
Pero antes de que su carga llegara a su destino, el Ángel de la Muerte se volvió. Tenía a la niña entre sus brazos. Parecía dormida y tranquila.
Se la tendió en silencio. Los ojos de Assaliah fueron pasando alternativamente de la criatura al rostro del Ángel de la Muerte mientras Gladius le temblaba en la mano. Finalmente, dejó caer el arma y recogió a la niña. Cassiel salió de su casa tan silencioso como había entrado.
Miró al bebé un segundo, confuso. Rápidamente, se colgó el escudo del hombro, recogió su espada y se dio la vuelta.
-¡Espera!-gritó saliendo detrás de él.
Pero Cassiel ya no estaba. Lo que sí vio Assaliah fue una amenazante figura alada que se unía a los ángeles que volaban en círculos. Los ángeles se reunieron en torno a la figura y se dirigieron todos hacia la casa en picado. Al frente de ellos volaba un arcángel alto y de melena negra cuyas enormes alas abiertas apenas hacían sombra a la gran espada llameante que empuñaba en la mano derecha:
Micael.

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Una respuesta to “”

  1. Me esta gustando esta historia…

    Por cierto vas a seguir la saga del santuario?

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