LA CAÍDA DE GORGAL-TUM (I de II)

Dedicado a Joan.

“Y millares de despreciables enemigos había,
el odio del rey los cubría a todos
pero no así su martillo.
-Mi rey, buen Bain, retirémonos
pues peor que un rey sin reino que gobernar
es una venganza que nunca pueda cumplirse”

(de las Crónicas de Bain Puño-Montaña)

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Sencillamente, había demasiados orcos para llevarse bien con nadie. Quizás el invierno había sido demasiado benévolo o tal vez la incursión de la tribu del Oso hacia el norte y la desaparición del Colmillo de Jabalí habían dejado demasiado espacio en el bosque. En cualquier caso, casi todas las camadas salieron adelante y no hubo ni hambre ni epidemia ni escaramuzas que limitaran su número. Ni siquiera el regreso de los orcos del Oso pareció alterar la relativa calma del bosque.
Sin embargo, la guerra intestina dentro del clan de los Orcos de Piedra terminó con el destierro de Troksor Raja-Tripas y sus leales fuera de la montaña de Torak Tum. El bosque ya era entonces un hervidero de pieles verdes dándose codazos como para que llegara otro caudillo a intentar hacerse un hueco.
Como casi todas las cosas relacionadas con los orcos, aquella primavera fue estremecedoramente violenta. Los ya de por sí peligrosos asaltos a grupos de viajeros fueron sustituidos por terribles batallas en la espesura que con frecuencia incluían incendios y lluvias de flechas. Los orcos ya no practicaban el bandidaje: se llevaban por delante a cualquiera que se viera envuelto en sus trifulcas.
Hasta mediados de verano, la guerra azotó el bosque. Fue entonces cuando Troksor Raja-Tripas logró hacerse con el mando de la tribu del Oso y, tras aliarse con la del Tejón Cornudo, convenció a los orcos del Lobo que sólo habría un jefe: él.

-¡Y si alguien no sabe su nombre-rugía agitando en una mano la cabeza del antiguo jefe del Oso-éste lo lleva escrito en la frente!¡Yo lo escribí!¡Yo lo maté!¡Yo soy el amo!

Naturalmente, ni siquiera un jefe orco como Troksor podía esperar mantener unificadas a las tres tribus (cuatro contando a sus orcos de piedra) mucho tiempo de modo que eligió un objetivo sobre el que descargar su ira. Aunque era muy tentador asaltar Torak Tum, la montaña donde habitaban sus compatriotas y de la que había sido expulsado, tenía una idea muy clara acerca de sus defensas y no desperdiciaría su recién ganada hueste en un asedio sin posibilidades.
Gorgal-Tum, en el otro extremo del bosque, era una opción mucho más apetecible.

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“Los súbditos de Puño-Montaña
vendieron cada palmo de fortaleza
a sus enemigos por acero, vidas y sangre enana
retrocediendo paso a paso
hacia el lugar donde todo enano prefiere morir:
la cámara del tesoro de Gorgal-Tum”

(de las Crónicas de Bain Puño-Montaña)

Gorgal-Tum había sido uno de los principales bastiones del antiguo imperio enano pero hacía casi un siglo que sus dueños no lo ocupaban. Este privilegio pertenecía a los goblins de Trognub el Inmenso, hijo de Zorak el Magnífico, sobrino de Darj el Usurpador, hijo de Targol el Divino, criado de Pomgar el Intrépido, hijo de Settra el Conquistador, guardaespaldas de Trobbek el Ingenuo, hijo de Kaoryn el Sabio, hijo de Jar-Kka el Emperador, hermano de Lekkup el Visionario, hijo de Krestf Mata-enanos, que había sido quien había logrado arrebatar la fortaleza a los enanos de Bain Puño-Montaña hacía ya cincuenta años antes de que la artera sociedad goblin instaurara un nuevo jefe cada dos por tres.
El decadente imperio enano no había podido auxiliar a la fortaleza aislada y tras varios años de asedio por todos lados (incluyendo por abajo, pues los goblins conocían las cavernas que conectaban con las minas de Gorgal-Tum), los orgullosos guerreros barbudos habían terminado por ceder, no sin antes hacer pagar muy caro a los goblins cada metro cedido. Se rumoreaba que Bain Puño-Montaña había matado él solo a más de diez mil goblins antes de retirarse definitivamente hasta las entrañas de Gorgal-Tum donde sin duda habría muerto al estilo enano (rodeado de enemigos por todas partes, con un arma en cada mano y, posiblemente, apestando a cerveza). La carnicería resultante de aquel asedio redujo considerablemente la hasta entonces abundantísima raza de los goblins que eligió recluirse en la ciudadela enana recién conquistada, cediendo el bosque a los orcos, que hasta entonces habían sido bastante menos numerosos y se agrupaban en una única tribu bajo el liderazgo del jefe Grastombullag Hiendecráneos.

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Si bien los goblins no eran adversarios a la altura de los enanos, su número (aunque no eran ni una fracción de lo que habían sido, los goblins seguían siendo más prolíficos todavía que los orcos) y la fortaleza que protegían igualaba bastante las cosas. Además, el botín que podía albergar Gorgal-Tum tentaba incluso al orco más belicosos. Los enanos habían perforado aquella montaña desde tiempos inmemoriales con una habilidad mucho mayor que los orcos de piedra. La cantidad de oro, comida y cerveza que podía albergar el antiguo bastión enano era más de lo que ningún orco pudiera imaginar (bien, bastante más pues la imaginación orca no brilla por su agudeza).

“Los goblins montarán guardia
por toda la eternidad
a las puertas de la cámara del tesoro.
Pero nuestro rey y el oro están aquí, con nosotros
Y velaremos su descanso
por toda la eternidad”

(de las Crónicas de Bain Puño-Montaña)

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