“Detrás de algo que funciona siempre hay alguien que está hasta los huevos”
(San Antonio)

Había tanto humo que el aire se había convertido en una espesa mezcla de hollín y polvo que hacía difícil ver, respirar y hasta moverse. El hedor de los cadáveres ardiendo se unía al de la destrucción inenarrable que lo abarcaba todo. El planeta entero agonizaba con sus últimos soplos de vida.
Los océanos y los continentes estaban cubiertos por una gruesa capa de ceniza gris y oscura. Ya no quedaba ningún rastro que indicara donde se habían alzado las orgullosas ciudades de los hombres, ni una sóla huella de las civilizaciones que habían surgido, medrado y muerto a lo largo de los milenios. Hasta donde alcanzaba la vista y mucho más allá se extendía un páramo asolado y sin vida.
El único sonido era el de los incendios que lentamente se iban consumiendo para unirse al oscuro y silencioso reino de la muerte.

Salió de debajo de un montón de piedras jadeando y maldiciendo. No necesitaba respirar pero aún así podía notar el sofocante ambiente que le rodeaba. Miró a su alrededor instintivamente, buscando al enemigo aunque sabía que nada podía haber sobrevivido a semejante destrucción.
Empezó a apartar piedras y escombros para terminar de liberarse. Su túnica, antaño hermosa y resplandeciente, había quedado reducida a un montón de harapos zarrapastrosos. Había perdido una sandalia y la otra tenía una correa rota. Escupió varias veces para quitarse el sabor a ceniza de la boca.
Se incorporó lentamente pero, aún así, la cabeza le daba vueltas. Le sobrevino una arcada y vomitó un largo chorro de inmundicias. No estaba seguro de haber comido tanto ultimamente y mucho menos nada de color negro. No tenía costumbre de asustarse ante nada pero encontró el color de su vomitada sumamente inquietante.

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Descubrió la empuñadura de su espada asomando del suelo abrasado y la desenterró con manos temblorosas. Sin su aura de llamas, la espada tenía un aspecto patético, toda llena de magulladuras y mugre.
Cuando intentó desplegar sus alas notó un dolor agudo y lacerante. Evidentemente, estar enterrado en cascotes durante no sabía cuánto tiempo les había sentado fatal. Maldijo de nuevo: ya no se hacían guerras como antes.

Dio dos pasos titubeantes antes de empezar a ascender una suave pendiente. Si alguien había sobrevivido a todo aquello, tal vez se le pudiera ver desde un buen puesto de observación.

Claro que ¿quién podía haber salido ileso del Apocalipsis?¿Dios Padre?¿El Adversario?¿O alguna otra deidad pagana y malhumorada?
Él estaba vivo de puro milagro (si hubiera tenido más sentido del humor casí habría sonreído ante aquella ironía) y no tenía ningún interés en encontrarse con alguien que hubiera podido resistir aquello a pelo.
Por otro lado ¿qué más daba?Era el Día del Juicio Final. Por primera vez en toda la historia, la Eternidad se acababa. No habría un mañana nunca más. Frunció el entrecejo intentando recordar qué dictaba su libro de estilo en circunstancias como aquellas pero se rindió en seguida: por muy acostumbrado que uno pueda a estar a situaciones de crisis, siempre se parte de la base de que el universo sigue girando. Aquella vez, no.

La densa mezcla de humo y brumas se abrió justo frente a él y le permitió ver lo alto de la pendiente. Había un montón de algo indefinido que había ardido hacía tiempo. Sentada sobre los escombros había una figura cubierta con los restos de una chaqueta negra y con dos alas desplumadas y ennegrecidas sobre su espalda. La figura alzó la cabeza y le vio:

-¡Gabriel!-rugió alzando su maltrecha espada.
-¡Micael!-le reconoció el otro arcángel.

Micael, la Fuerza de Dios, dio dos zancadas cuesta arriba y notó dolorosos pinchazos por todo el cuerpo. Su espada tembló en su mano pero más por debilidad que por dudas.
Gabriel le detuvo levantando la mano:

-¿De verdad no has tenido bastante pelea?-sacó un paquete de tabaco de un bolsillo-Te aseguro que yo sí.

Y se llevó a los labios un pequeño cilindro de papel. Micael había visto a los hombres muchas veces aspirar el humo hediondo que emitían aquellas cosas al quemarse y soltarlo por la boca como si fueran los demonios del infierno. Cagarrillos, los llamaban.

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Por otro lado, tampoco tenía ninguna gana de pelearse con aquel arcángel bocazas y cantamañanas. Habían sido compañeros y amigos durante toda la historia y enemigos sólo una pequeña fracción de todo aquel tiempo. Y era el Día del Juicio Final, qué diablos. A aquellas horas daba igual quién quedara en pie: estaban todos bien jodidos.
Se dejó caer sentado junto a Gabriel.

-Joder-gruñó dolorido pasándose una mano por la frente.
-Menuda fiesta, ¿eh?-Gabriel le ofreció un cigarro pero Micael declinó la oferta.
-Sí-admitió Micael paseando la mirada por el desolado paisaje. Levantó su espada de nuevo pero al ver que no podía encenderla la arrojó a un lado-Mierda.

Gabriel observó la espada levantar una nube de polvo gris y sacó un mechero de otro bolsillo. Lo encendió con un chasquido y aplicó la llama a su cigarro. Micael parpadeó nervioso.

-Tú no sueles emplear esa cosa-dijo señalando al mechero-Te he visto fumar otras veces. Los enciendes con el dedo.
-Ya no puedo-explicó Gabriel sencillamente soltando una bocanada de humo-Tu espadita tampoco funciona. Y ya sabes lo que eso significa…

Micael resopló abatido. Aquello era el Apocalipsis pero ni en sus peores pesadillas se lo había imaginado tan catastrófico. Su poder casi ilimitado de arcángel provenía del Altísimo. Si había perdido sus poderes… intentó alejar aquella idea de su mente. Era un guerrero: su misión era luchar, no pensar.

-Joder-dijo otra vez-Qué mierda de guerra.
-¿Cómo te ha ido?
-De culo-contestó Micael-Me las he visto con las hordas del Infierno, con Lucifer y tres o cuatro panteones más. Esperaba que esto no implicaría a más religiones pero aquí todo el mundo ha querido sacar tajada.
-Sí, yo estaba enzarzado a ostias con tres o cuatro dominaciones leales cuando se ha metido en medio nada menos que Anubis…
-¿El cara-perro?-Micael alzó una ceja-¿Sigue con tan mala leche?
-Peor-sonrió Gabriel-Salí de allí echando virutas mientras se ventilaba a esos desgraciados.
-Eso te pasa por unirte al Adversario.
-¡Eh!¡A mí no me líes con esos!-protestó Gabriel-Lucifer y su banda me tenían tantas ganas como tú. Salí vivo del Infierno gracias a un amigo.
-Te creo. Pero les entregaste a la niña-Micael lanzó un escupitajo negro como el carbón antes de seguir-Por cierto, ¿qué fue de ella?
-Ni puta idea. Además, Lucifer se pensó que era todo una trampa-chupó su cigarrillo y soltó una bocanada de humo que se mezcló con el que les rodeaba-Ese, con los años, se ha vuelto tan cascarrabias y paranoico como el jefe.

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Permanecieron en silencio durante un rato. No se oía nada más a su alrededor. El cielo cambiaba de color a ratos, como si la realidad se estuviera comenzando a colapsar. El aire, además de insano y cargado, parecía chisporrotear a ratos. Costaba imaginar un panorama más desolador. Fue Gabriel el que rompió el silencio después de arrojar la colilla con un chasquido de dedos.

-Por cierto, ¿cómo se portó el chaval?

Micael dejó de mirar el fin del mundo y le miró un momento antes de entender a quién se refería:

-¿Assaliah?-sonrió-Un ángel valiente, eso tengo que reconocérselo.
-¿Lo mataste?-Gabriel se olía la respuesta pero tampoco conocía demasiada gente que a esas alturas no estuviera criando malvas.

De hecho, si lo pensaba un poco, no tenía ni idea de dónde estarían ahora todos, tanto vivos como muertos. Los que morían tenían todo un abanico de opciones en circunstancias normales pero aquellas no eran normales: era el Apocalipsis, no había nada después ni en otro lugar. Sólo la nada y el vacío. Incluso el tiempo estaba empezando a detenerse. A saber lo que les pasaría a ellos dos ahora. O luego.

-Se llevó por delante a unos cuantos desgraciados-explicó Micael con un ligero tono de admiración-Se le notaba que yo le enseñé a pelear porque era como un gato panza arriba.
-¿Y qué ocurrió?
-Que tomé cartas en el asunto y lo borré del mapa.
-¿Te lo cargaste?
-Seguramente. Lo mandé al otro lado del Abismo de un guantazo.
-El chaval es un ángel de cabeza dura-advirtió Gabriel con una sonrisa-No sería la primera vez que se levanta después de uno de tus leñazos.
-¿Qué más da eso ahora?-gruñó Micael-Hoy es el Día del Juicio Final. Estará muerto ahora o dentro de un rato.

Gabriel esbozó una media sonrisa y miró el arrasado paisaje en silencio.
Eran las 19:36 del último día de la Eternidad y soplaba viento noroeste.

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4 comentarios to “”

  1. Creo que eres la primera persona que conozco más egocéntrica que yo. De lejos. Vivir para ver.

    Me ha gustado más la secuela que el original. Muy chulo.

    San Antonio no sólo era un Santo. Era un puto sabio.

  2. Y dale. La coincidencia de nombres es pura casualidad. Palabra.

    Me alegro.

    Y da cursos de Gestión de Sistemas Integrados.

  3. Cojonudo.
    Habrá continuación, no?

  4. Tienes la serie previa, “El ángel del valor”, que tiene siete partes. Si te ves con moral para leerla…

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