LA CAZA DEL GIGANTE (I de III)

La tormenta se acercaba. Era de noche y las estrellas estaban ocultas bajo un denso sudario de nubes. Los relámpagos iluminaban a ratos el horizonte y eran seguidos poco después por el rugir del trueno. Una llovizna persistente y cada vez más densa caía sobre los árboles, uniendo su repiqueteo al ulular del viento entre las copas.
En la mitología orca, las tormentas eran un elemento común a todas las tribus. Cada una les daba su particular interpretación pero ninguna las olvidaba ya que eran algo corriente y espectacular a la vez. Algunas tribus, como la del Oso y la del Lobo contaban que los rayos eran las espadas de unos orcos tan gigantescos que no se podían abarcar con la vista y que los truenos era el retumbar de sus enormes pisadas. Los orcos de piedra aseguraban que las tormentas eran una señal de sus dioses, una muestra de su arte de la forja en el que hacían sonar sus martillos contra sus yunques para que los orcos aprendieran sus secretos. Los perturbados orcos de la tribu del Tejón Cornudo sencillamente atribuían las tormentas a un estruendoso reajuste periódico del universo que los dioses realizaban como quien reordena los trastos de su choza. Claro que todo el mundo sabía que los orcos del Tejón Cornudo estaban todos como malditas regaderas.

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Nada de esto detenía a los orcos del Colmillo de Jabalí. Casi cuarenta guerreros habían estado cavando durante buena parte del día en un recóndito calvero del bosque. Sus armas estaban amontonadas contra un árbol y las habían sustituído por palos, piedras y carretillos para quitar la tierra de su sitio. Sus musculosas y malolientes extremidades estaban ahora empapadas de sudor y lluvia y con algún que otro latigazo marcado.

El causante de los latigazos era Gachgar-Cuatro Dedos, un fornido lugarteniente de Karg Colmillo de Jabalí que solía ocuparse de la obediencia de los guerreros. Para un orco, el dolor era un método sencillo, barato y abundante para comprender quién mandaba. La intimidación y el soborno (preferiblemente después de una demostración de fuerza) también hacía su papel, desde luego, pero casi todas las razas habían aprendido que intentar razonar con los orcos era una pérdida de tiempo y la manera más rápida de irse al otro barrio con cara de tonto. Gachgar utilizaba un látigo, un arma rara entre los orcos, para administrar disciplina e imprimir ritmo al trabajo. Debía su mote a una desafortunada ocasión en la que utilizó su látigo contra una de las hembras de la tribu y Madre Ullag se encargó personalmente de demostrarle que era ella y no él la que castigaba a las hembras. Con un solo pulgar, Gachgar había visto su habilidad guerrera bastante reducida pero había aprendido a administrar los latigazos, que una cosa era marcar una espalda de vez en cuando y otra muy distinta tocarle innecesariamente los aparejos a la tribu.

Pero Madre Ullag ya no estaba.
Ni las hembras.
Ni siquiera los cachorros.
Los orcos del Colmillo de Jabalí estaban solos y ya no tenían una tribu a la que regresar en aquella noche de tormenta. Lo habían perdido todo de la noche a la mañana sin que pudieran hacer nada para impedirlo.
Ya sólo podían vengarse.

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El causante de su desgracia rondaba por aquel territorio. Durante varios días los orcos habían seguido las huellas dejadas por un gigante cojo que había atacado su poblado durante su ausencia. El monstruo había aplastado las chozas y devorado a hembras y cachorros por igual, sin que los pocos guerreros que habían quedado allí pudieran evitarlo.
Los orcos no eran buenos perdedores. Querían tomarse la revancha, preferiblemente una que acabara con la muerte de aquel desalmado.

Pero incluso cuarenta guerreros armados hasta los dientes con el acero que habían comprado a los orcos de piedra no bastaban para tumbar a un gigante. Debían planear cuidadosamente la pelea si no querían salir mal parados.
El jefe Karg no quería sacrificar a sus guerreros en una carga frontal. En cuanto el gigante los viera, los aplastaría como cucarachas y no podían permitirse eso. Necesitaban ser muchos para conseguir nuevas hembras de otras tribus y crear otra.
Aquello implicaba un grado de planificación a largo plazo que no gustaba a ningún orco. Significaba que habría muchos problemas que no podrían resolver con violencia y eso les preocupaba más que cualquier escaramuza. Karg sentía mucha más aprensión por lo que ocurriera después del encuentro con el gigante, fuera cual fuera el resultado, que por cómo se desarrollara su plan pero no podía demostrar miedo: para eso era el jefe.

Se había impuesto la astucia. En su juventud, Karg había visto luchar a los gigantes y sabía que sus principales bazas eran su enorme fuerza y altura. Desde lo alto de sus gigantescos cuerpos aquellos monstruos podían lanzar sus destructores ataques con total impunidad mientras los guerreros orcos perdían el tiempo intentando perforar la dura piel de sus piernas. Las armaduras y escudos no servirían de nada contra un enemigo cuyo puño era del tamaño de un orco y pesaba cuatro veces más.
Así eran los gigantes, fuertes como mastodontes, altos como árboles y casi igual de listos. La mejor manera que se le ocurrió a Karg de anular las ventajas del gigante fue ponerse a su altura para poder atacarle a la cabeza. A los orcos no les gustaba especialmente trepar a los árboles (aunque Bastardo tenía cierta facilidad para buscar nidos de pájaros y robar huevos) así que decidieron resolver el problema desde otro enfoque.

Por abajo.

Su plan era sencillo y contundente. El gigante era muy alto para alcanzarle los puntos vitales fácilmente y los orcos no eran buenos trepadores (Bastardo se había ganado una torta al sugerir subir a los árboles para tirarle cosas desde allí) de modo que si ellos no podían subir, sería su enemigo el que bajara. Por eso estaban cavando aquel enorme agujero. Si las cosas salían como tenían que salir, el gigante caería dentro de la trampa y los orcos lo tendrían un poco menos crudo para ajustarle cuentas. Un poco menos no era mucho pero Karg confiaba en que eso envalentonara a sus guerreros lo suficiente. Gachgar-Cuatro-Dedos había tenido la brillante idea de afilar unos cuantos troncos para ponerlos en el fondo de la trampa y tenía a media docena de guerreros sacando astillas bajo un árbol.

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Llevaban cinco días cavando la trampa casi ininterrumpidamente. Hacían turnos: unos cavaban, otros descansaban y otros buscaban comida. Tizak había encontrado una amplia pista en el bosque que, según todos los signos, era empleada habitualmente por seres gigantescos. Una enorme boñiga de media tonelada conteniendo huesos de orco fue todo lo que necesitaron para comprender que estaban sobre la pista correcta.

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7 comentarios to “LA CAZA DEL GIGANTE (I de III)”

  1. Hermesh Says:

    Tres partes son mucho tiempo esperando el desenlace de esta historia…
    Esperaremos pacientemente, pero como tarde mas de un mes iremos a abrir tu cabeza y luego veremos como surgen historias de orcos de ella, como si fuera un cinexin vamos.

    Que se mueran los gigantes, que no quede ninguno, que se mueran, se mueran, se mueran, los gigantes.

  2. Xetegol Says:

    De nuevo agradable narración. Me encanta, mas aun sabiendo que seran tres esta vez.

    La pista es inapelable jejeje.

  3. Trikikov Says:

    Probando uno dos uno dos

    a ver si funciona esto de los comentarios

    me mola tu bloj, guarbriel

  4. Ya siento lo de las tres partes pero la historia completa dura siete folios. Incluso así, cada parte va a ser bastante larga. Y no es plan.

    Coño, Trikikov, hoy estaba ojeando una “La Aventura de la Historia” y me he acordado de ti al leer sobre la playa de Omaha.

  5. JoanElMisericordioso Says:

    ¿Para cuando una historia en la q nuestra entrañable tribu d orcos llega a Inulvia?

    Seguro q asi se satisfacen los deseos d nuestra escritora inulviana preferida.

  6. “Inulvania”, gracias. Como reseñas argumentales de interés, encontraréis referencias a este país de bolcheviques de bolsillo en “Cuentecillo de Despedida”, “Humor Gris Ruso”, “K.G.W” y en una de las partes del guión sobre Tino Casal.

  7. Superneuras Says:

    Sabes que me pirro por tus historias de orcos. Y soy de la opinión de que si algo pretendes publicar algún día, que empieces con estas. Tengo un amiguete que te podría hacer unas ilustraciones a la altura de tus relatos, y podría quedar una cosa maja maja…

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