LA CAZA DEL GIGANTE (II de III)

“Felicidades, Joan”
(por si acá)

Tizak se agachó sobre la enorme huella y la olisqueó. Estaban en territorio de gigantes y ya era suficientemente problemático enfrentarse a uno cojo como para encontrarse con uno a pleno rendimiento. Mientras cumplía su cometido de explorador había encontrado el rastro de otros seres gigantescos y durante un rato había especulado con la posibilidad de que el plan de Karg saliera mal y que en su trampa cayera un gigante que no era. No era fácil porque los gigantes eran muy escasos pero sus años de experiencia le habían enseñado a temer lo peor en materia de peleas y emboscadas, temas en los que como orco era todo un experto.
La cuestión era matar un gigante. Una vez cumplido el trámite (menudo trámite, pensaba para sus adentros) la tribu del Colmillo de Jabalí estaría vengada y podrían dedicarse a sus asuntos. De momento no valía la pena buscarse más problemas de los que ya tenían.

La huella era irregular y tenía un charco de líquido oscuro maloliente en el fondo. Con cierta satisfacción, Tizak reconoció el rastro de su gigante.
Llevaba tres días separado del resto del grupo siguiéndole los pasos por orden del jefe Karg. Le gustaba librarse de la parte de cavar pero sabía que si cometía un error en algo relacionado con un gigante sería sin duda el último.
Le acompañaba Druat, cuyo nombre significaba “serpiente” en orco. Los nombres orcos raramente tenían un significado propio, a no ser que fueran motes despectivos, ya que no definían más que al orco que los llevaba. De esta forma, era raro encontrar en una tribu dos orcos con el mismo nombre.

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Druat había sido la única superviviente de la tribu que habían encontrado por encontrarse cazando fuera del poblado en el momento del ataque. Tampoco había sido un gran motivo de alegría ya que Druat pertenecía a la clase social más baja de la tribu a la que pertenecían también Bastardo y Enano (el cual había desaparecido también, con lo que todos lo daban por muerto). El estigma de Druat era que siendo una hembra era incapaz de concebir hijos, algo terrible pues no cumplía con su función principal. Además, tampoco resultaba muy atractiva para los cánones orcos pues era delgada y de pechos poco abundantes. Sólo su astucia y su agilidad le habían permitido sobrevivir entre la chusma del Colmillo de Jabalí y, a pesar de la repudia de Madre Ullag, había logrado salir con vida no de uno sino de dos Festines de los Valientes. Armada con lo que ningún orco quería para sí (dagas oxidadas, un arco cogido a un cadáver y un puñado de flechas torcidas), Druat se las apañaba en calidad de cazadora-exploradora.

Señaló un lugar un poco más adelante en la senda. Un relámpago iluminó otro montón de estiércol humeante de la altura de un orco. Por el olor fétido y penetrante ambos supieron que pertenecía a un gigante. Se acercaron en silencio.
Sin dudar ni un instante, Tizak introdujo la mano en la pila de excrementos calientes y sacó un pequeño cráneo con los colmillos apenas esbozados: un cachorro de orco. Miró a Druat con su único ojo y asintió. Se acercaban a su presa.

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La lluvia arreció cuando los orcos empezaron a camuflar la trampa. Con todo el cuidado del que fueron capaces (no mucho) empezaron a colocar ramas de árbol sobre el agujero. El resultado distaba mucho de ser discreto pues parecía que un enorme matorral había crecido sin más en mitad de una senda de tierra dura y pisoteada pero un orco podría haber caído en la trampa y los gigantes no eran mucho más astutos.
Aquella noche la tormenta anunciaba el final de todo. Para bien o para mal, aquella argucia dictaría si los orcos del Colmillo de Jabalí eran dignos de continuar su lucha por la existencia o si por el contrario tenían una cita urgente con la selección natural.
Tizak y Druat habían vuelto apresuradamente con la inquietante noticia de que un gigante se aproximaba. Por el sonido irregular de sus pisadas, era el que buscaban.

Karg había dispuesto a sus guerreros en dos grupos a ambos lados de la senda. Su misión era tan simple como atacar al gigante por todos lados y tratar de empujarlo a la trampa. Y punto. Cualquier planificación posterior al encontronazo inicial en una batalla estaba fuera de lugar cuando los implicados eran orcos. Que los dioses repartieran suerte y los orcos, leña a mansalva solían decir los guerreros más veteranos.

El agua chorreaba por sus cuerpos haciéndoles temblar de frío. La tormenta les había impedido encender fuego y llevaban varios días comiendo alimentos crudos. Tampoco había ningún lugar al que regresar cuando aquello terminase, de un modo u otro.

Alguien iba a pagar muy cara la mala leche que se le había puesto a la Tribu del Colmillo de Jabalí.

El sentimiento de rabia se disipó un poco cuando el gigante apareció tras un recodo. Era tan alto que seis orcos subidos uno encima de otro no le habrían llegado a los hombros. Su cabeza era tan grande como una cabaña orca. Su respiración era tan ruidosa como un torrente de montaña. Se movía despacio, como si el tiempo corriera más lento para él. Iba desarmado pero eso no parecía un problema para un ser de aquel tamaño.
La brisa nocturna, húmeda y fría por la lluvia, les trajo el olor de la descomposición. Su pierna derecha estaba grotescamente hinchada en torno a una herida infectada y mal curada en el tobillo. Cada vez que pisaba con aquel pie se oía un borboteo y pequeñas gotas de sangre y pus tachonaban sus pasos.

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En lo alto de un árbol, Druat y Bastardo tragaron saliva inquietos. Se llevaban bien. Debido a su escasa belleza, la mayoría de orcos se negaba a fornicar con Druat y puesto que ninguna orca se dejaba cubrir por un semi-orco la necesidad había hecho de ellos extraños compañeros de cama. No eran exactamente amigos pero tenían muchas cosas en común, como sus constituciones más débiles y sus tácticas de combate poco ortodoxas, que los separaban del resto de la tribu. Enano también formaba parte de aquella extraña alianza pero no estaba allí aquella vez. Bastardo pensó que vengaría a su pequeño compañero a pedradas contra aquel monstruo.

El irregular caminar del gigante le llevó sendero abajo hacia la trampa. Cada paso que daba los orcos estaban más inquietos. ¿Caería en la trampa o morirían todos?Podían pasar ambas cosas. A la vez.

Karg y el gigante vieron lo mismo simultáneamente. Justo en el borde de la trampa había una pequeña hacha tirada que habían estado empleando para afilar las estacas del fondo. La lluvia la había limpiado algo y la luz de un relámpago se reflejó en ella con un destello. El gigante se detuvo y se agachó lentamente para examinar el objeto brillante. No había tiempo para reflexiones tácticas. Si aquel monstruo encontraba el hacha, probablemente deduciría que su dueño no andaba lejos. Al menos ahora estaba agachado.

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3 comentarios to “LA CAZA DEL GIGANTE (II de III)”

  1. Hermesh Says:

    Emocion intriga dolor de barriga, no se pq me da que van a morir unos cuentos orcos, y que enano reaperecerá en el momento justo.

    Ya me he dado de alta en el concurso, a ver que tal se me da.

  2. Hermesh Says:

    Y como cambian los tiempos, mirar como escribía Gabri hace no mucho, la verdad que el salto literario es brutal.

    http://warbriel.info/2005/09/page/2/

    Por cierto exijo que rehagas el articulo de la filosofía del dragón, ese articulo no te llega a la suela de los pies.

    Un beset y buenas noches

  3. Xetegol Says:

    En la linea de los demas este es quizá mas “transitorio”. Un capitulo de “preparación” de la guinda del pastel.

    “Bastaaaaaaaaaardo, Bastaaaaaaaaardo, Bastaaaaaaaardo”

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