EN EL OJO DEL HURACÁN

La Disformidad, el Lado Oscuro del Universo, latía. El Ojo del Terror, la Grieta de la Realidad donde la realidad se solapaba con el Empíreo, palpitaba pero su ritmo estaba alterado. Donde reinaban los Dioses del Caos había ahora un quinto poder, pequeño pero en expansión. Una red de tentáculos púrpuras se extendía por todo el Subsector Eridanus latiendo con firmeza a medida que sus creadores expandían sus dominios..

El sistema de Kroidan estaba en el centro de aquella red. La infestación robagenes que había corrompido al ejército kroidano estaba en plena expansión. Docenas de cultos sembraban la anarquía en los sistemas cercanos. La guerra entre el Imperio y el Caos había propiciado su infiltración en todo el conflicto y le había permitido controlarlos. Habían corrompido, engañado y asesinado a placer y gracias a ello, las pérdidas de sus contrarios habían sido mucho mayores que en una campaña normal. Un número creciente de población estaba infectada con los genes del culto. El propio señor de la guerra imperial había sido uno de sus agentes y había enviado a los ejércitos del Emperador a la destrucción hasta su muerte.

Ahora, en Kroidan, todo el mundo guardaba silencio. El creciente dominio del Patriarca le habían permitido ampliar sus poderes psíquicos gracias a las mentes de sus fieles y su consciencia viajaba a mucha distancia en la Disformidad.

El Padre Grizzam, magus robagenes, observó satisfecho a la multitud reunida. Habían sido muchos años de intrigas, luchas y sacrificios pero por fin el triunfo estaba al alcance de la mano. Hasta el último habitante de aquel mundo se sacrificaría por él sin dudarlo y todos le seguirían hasta las mismas puertas del infierno. Su nivel de conciencia superior le permitía sentir la lucha que se desarrollaba en las estrellas. Los hijos de la humanidad y el caos pugnaban por la futil supremacía. No sabían cuál era el papel que jugaban en un plan mucho mayor. Grizzam sonrió para sí, un gesto demasiado humano para su condición, al pensar en ese papel: alimento. Los humanos servirían de alimento a la Entidad Superior a la que los robagenes servían: el Gran Devorador avanzaba hacia la galaxia, hambriento de la carne de todo el que se enfrentara a él. El Culto Robagenes le servía de faro y guía en la oscuridad del espacio, atrayéndole lenta e inexorablemente hacia los mundos habitados, llenos de vida para asimilar.

Grizzam se tambaleó, inseguro. En los últimos días, el Patriarca había dejado de hablar y se había sumido en un trance. Grizzam notaba la presión psíquica de algo gigantesco que se aproximaba hacia Eridanus y cada vez le costaba más pensar con claridad. Sabía que el Gran Devorador se acercaba y se sentía extrañamente inquieto. Tal vez la genética humana de aquel mundo le había contagiado sus miedos ancestrales.

Muy lejos de allí, en el lóbrego vacío que separa las galaxias con distancias inconcebibles, una descomunal conciencia reemprendió su camino guiada por una palpitante luz morada…

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