CUENTO PRE-APOCALÍPTICO

Broderick y Timothy estaban jugando en el parque.

El pequeño Broderick Euparkeria era descendiente lejano de aquel otro Broderick Euparkeria que defendió (con escasa notoriedad) Stalingrado frente a los nazis, luchando (y perdiendo) con primitivos rifles de cerrojo contra los tanques alemanes. Le gustaban los helados de fresa y los perritos. De mayor siempre había querido ser maquinista de ferrocarril. Broderick siempre había destacado por su bondad y buenos modales, siendo alabado por nodrizas (gastó cuatro porque era muy tragón y su madre tenía las tetas resecas cuando nació él y no hubo oxitocina que le sacara ni una gota de leche) y profesores. También tenía la peculiar habilidad de convertirse en un minotauro de tres metros de alto cada vez que iba a cagar y polimorfizarse en niño de nuevo cuando terminaba de limpiarse el culo pero como nunca había visto a nadie más giñando y él siempre lo hacía en solitario, suponía que era algo normal.


Estas alabanzas de las figuras de poder le habían granjeado la inquina, la envidia y, por qué no, el odio de todos sus compañeros de clase y raro era el día que no volvía a casa con un ojo morado o un diente menos.

Timothy Tanatoblokis, en cambio, era de ascendencia griega (casi por completo, pues en su árbol genealógico había entrado la tía Doris, que era negra y cubana) iba en silla de ruedas porque la poliomielitis lo había dejado hecho una mierda a muy temprana edad. Aunque era muy feliz amargándose la vida, autocompadeciéndose todo el día y jodiendo la vida a los demás, sus padres, un par de progres comeflores más acabados que mayo del 68, se empeñaban en que viera la belleza de la vida (aunque su padre tenía el secreto hábito de recoger autoestopistas y asesinarlos en un bosque para luego propasarse con los cadáveres).
Por eso (y para no aguantar los berridos del niño y poder echar un polvo tranquilos de vez en cuando), lo abandonaban tardes enteras en el parque con las ruedas de la silla sin aire para que se relacionara con otros niños y no volviera a casa a dar el coñazo. Normalmente, lo cosían a pedradas.

Mientras jugaban inocentemente a canicas (Broderick tenía que hacerlo por los dos y retransmitir las jugadas a Timothy) cada uno tenía la mente ocupada en una cosa.

Broderick se sentía extraño. Hacía poco que había empezado a sentirse extrañamente agresivo y perturbado. Se despertaba por las mañanas con extrañas hinchazones y notaba algo raro en su interior que parecía agitarse y revolverse al contacto con otras personas. Los baños calientes le ponían enfermo.
Su falta de amigos le impedía comentar el tema con alguien de su edad y su conciencia le dictaba que estaba mal emplear a sus familiares para dar rienda suelta a lo que fuera que no podía reprimir. Ansiaba el calor humano de una forma que no podía ni sabía explicar.
Aquel silencioso niño inválido que no paraba de quejarse parecía el sujeto idóneo para sus planes. No parecía capaz de defenderse y, por lo que contaba, nadie se preocuparía de lo que le ocurriera. Si luego alguien venía a preguntar, Broderick era un niño muy bueno que jamás mentía.
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Timothy, por su parte, parecía prestar gran atención a la partida pero en realidad estaba meditando acerca del abrecartas que había robado aquella mañana del escritorio de su padre. Hacía un tiempo que sus quejas no daban el resultado adecuado y empezaba a tener la molesta sensación de que el mundo, lejos de volcarse en cuidarle y preocuparse por él (con o sin motivo), no tardaría en seguir su camino y abandonarle, olvidado y postrado en su silla de ruedas. La argucia de las ruedas sin aire para dejarle en el parque le parecía una jugarreta muy sucia y sentía la necesidad de tomarse la revancha. Ya que sus padres ya no le prestaban la atención necesaria a sus males (reales o imaginarios) tal vez le volvieran a hacer caso si ocurría algo malo cerca del pequeño e indefenso Tim.
Su mirada se apartó de las canicas y se posó en la garganta de aquel niñato estúpido y cantamañanas que se había empeñado en jugar con él y “ser su amigo”.

Casi mejor que empezaran a caer las bombas en aquel momento.

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4 comentarios to “CUENTO PRE-APOCALÍPTICO”

  1. Una vez mas… ¡maravilloso!

    Aunque estoy empezando a pensar que estamos enfermos, a mi por gustarme tus historias y tu por escribirlas.

    Enfermos! enfermos! enfermos!

  2. Joan El Misericordioso Says:

    Dios mío!

    Es lo mejor que he leido en este, nuestro punto d encuentro en la red, en mucho tiempo!!

    Quiero una segunda parte!

    Y luego quiero q hagan la peli, lástima q el MacCulkin ese esté algo cascado ya.

    Un abrazo para todos. Compartidlo

  3. Sí, si, aplausos merecidos y todo lo demas pero…¡yo quiero saber quien muere antes!! de ese par de armas genelas.

  4. Te has quedado corto, termina la publicidad y completa la historia que pareces telecinco. Ja, ja.

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