SEÑORITAS QUE SE PINCHAN

En estos tiempos en que la corrección política amenaza con ahogar el sentido del humor y en los que la gente prefiere ofenderse (“¡El protagonista de tu historia es bizco!¿Tienes algo contra los bizcos?”) a reírse de uno mismo (“¡Increíble!¡Yo también soy bizco pero me encantaría que me pasaran cosas así con cosechadoras y tapires!”) no hay nada como un buen periódico de derechas para recuperar la fé en la humanidad. En serio: cada vez que estéis de mal humor, un ratito de COPE o un par de páginas de lectura del ABC o El Mundo y os sentiréis mucho mejor. Mientras haya gente capaz de llenar páginas de periódico con bilis en lugar de con tinta tendremos una pequeña luz en la oscuridad que nos guiará (luego es cosa de cada uno ir hacia la luz o alejarse todo lo que pueda de ella pero para eso está el criterio) en medio de tanta confusión.

El otro día en El Mundo el artículo de la última página versaba sobre muñecas hinchables y eso me trajo la inspiración para este post.

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(este señor es el magnate mundial del tema que nos ocupa y sólo por eso ya merece nuestra admiración)

Probablemente, las muñecas (y muñecos) hinchables son los juguetes eróticos de mayor tamaño, superados sólo por esos muebles sexuales llenos de resortes y bisagras donde lo más fácil es pillarte un huevo a la que te descuidas (cosa bastante fácil cuando uno está cabalgando el pony del amor y no puede tener un ojo en todas partes).
Fueron inventadas a mediados del siglo XX nada menos que por los militares japoneses que buscaban alguna manera de aliviar a los tripulantes de los submarinos en los largos meses de abstinencia que tenían que soportar porque el “deshonor militar” hace estragos en esos sitios y de todos es sabido que “hombre bien follao es feliz y rinde un puñao”.
Las primeras muñecas eran grotescos engendros de espuma y trapo con los que había que estar bastante salido para follar (no ya por el mal rollo sino porque no debían ser muy higiénicas y vete tú a saber quién las había usado antes) pero pronto llegaron las populares muñecas hinchables “de toda la vida” con una duración de unos diez o quince casquetes (puede parecer poco pero tened en cuenta que una colchoneta de playa aguanta un verano en el mejor de los casos: imaginaos si esa colchoneta tuviera que aguantar las arremetidas de la pasión).
Estas muñecas disponían de los tres agujeros habituales y tenían el mismo morbo que un gorila con bikini pero hicieron furor en el submundo de los pervertidos y los pajilleros. Lógicamente, surgieron modelos diversos con diferentes peinados, caras (qué gran sensación debe ser que se produzca un muñeco con tu cara y saber que alguien se lo follará), colores de piel y similares.
En cierta ocasión leí que era una gran idea llenarlas de agua caliente (sobre todo si explotan en pleno caderazo) pero siempre me he preguntado si te quedan ganas de jarana después de tirarte veinte minutos pegando soplidos (porque una muñeca de esas no es cosa que puedas guardar montada en el cajón de la mesilla de noche). También está el tema de cómo diablos limpiarlas: ¿se meten en la lavadora? ¿Les metes un trozo de papel higiénico por el orificio que hayas empleado?

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(para mi público, tan aficionado a los dilemas morales, va esta pregunta: ¿cuál preferís cepillaros?)

Lógicamente, el invento ha ido evolucionando con los años y, como siempre, han sido los japoneses los que lo han llevado hasta sus más altas cotas de perfección. En un país donde las relaciones personales tienen cierta facilidad para ser enfermizas (ojo, aquí también, pero allí son más proclives a traumatizarse en lugar de a tirar a su señora por la ventana) y donde existen cosas como los tamagotchis, los perros robot y los retretes que te limpian el trasero es lógico que exista un mercado para un sucedáneo de la mujer. Según El Mundo (echadle la culpa a ese periódico de cualquier incorrección del artículo), un japonés cuya esposa le sea infiel, no pueda tener hijos o le dé problemas similares (digo yo que también habrá nipones equilibrados que digan “Pues bueno, pues no pasa nada“) se queda tan asqueado del género femenino que prefiere sustituir a su señora por una muñeca.
Evidentemente, una muñeca sexual de última generación no es un montón de látex al que infundir vida a pleno pulmón sino un artefacto con esqueleto de titanio, cincuenta kilos de peso y piel de silicona. Se hacen por encargo a cambio de una pasta (no estoy seguro pero creo que valen más de 5000 euros) pero te las hacen con la cara que tú quieras (faltaría más), las medidas que prefieras (en el caso de los japoneses, pechugonas) y te dan servicio de mantenimiento.

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(he aquí la prueba de que los japoneses no sólo son gente decente sino de lo más razonable. Eso sí, menuda cara de susto tiene esta pobre…)

Como son muñecas no son personas y la ley no actúa sobre ellas: esto permite cosas como fabricar réplicas de niñas de cinco años (¡y la gente se cree graciosa por regalar vacas hinchables!), cepillártelas y quedarte tan tranquilo.

Por último, no quisiera terminar sin recomendaros los libros “Wilt“, “Las tribulaciones de Wilt“, “¡Ánimo, Wilt!” de Tom Sharpe, todo un monumento a las novelas de catástrofes personales, desgracias humanas y malentendidos en cuyo primer tomo el detonante de todo el argumento es una, como no, muñeca hinchable.

Ahorrad para cuando seais viejos.

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10 comentarios to “SEÑORITAS QUE SE PINCHAN”

  1. Me encnata el artículo. Deberías tener una columna en algun periodico clandestino.

    Intentaría follarme a mi mano antes que a esos dos engendros, pero si tuviera que elejir me follaria al animal, para alegar locura transitoria.

    Saludos.

  2. ¡Ay, Warbrielo, qué gran entrada!
    Añado: además de los libros de T. Sharpe, conviene echarle un ojo a “Tamaño natural” de Berlanga: si no recuerdo mal, Michel Piccoli también encargaba a su segunda “señora” en Japón.

  3. oye pues podrian ponerlas en los servicios de las discotecas, al lado de la maquina de condones, en plan autoservicio…a ver si asi se extinge la famosa especie “buitre de discoteca” (que andaran mas o menos al nivel de desesperacion de los marineros de submarino)

  4. Realmente si tuviese que elegir por que alguien me pone un/a pistola-cuchillo-bomba-pontuescusafavorita, eligiria la oveja si ninguna duda,¡esa muñeca es horrible!… aunque con cinco cubatas…

    Esos muñecos que comentas “casi reales” creo que tambien los fabrican en Barcelona, me suena de haberlo visto en Todos a cien algun dia de estos tontos que nos quedamos pegados a la tele.

  5. Hermesh Says:

    Tengo que ahorrar para una de estas. Creo me gastaré en esto mi primer sueldo decente. Y espero que mi plan de pensiones incluya una de estas.

    Con respecto a la proposición de Leader, tiene razón deberían poner muñecas hinchables en los baños de las discotecas (bibliotecas, bares, etc) Es más crearía discotecas en el que no pudiesen entrar mujeres no hinchables. En mi tendrían un fiel cliente ¡muñecas hinchables y calimocho! un sueño realidad.

    Con respecto a cual me tiraría, primero a la vaca, luego a la otra y por último otra vez a la vaca.

    PD: ¿Nos harás un diario de vida cuando estes en Tailandia?

  6. “pero allí son más proclives a traumatizarse en lugar de a tirar a su señora por la ventana…”

    Tú sí que has captado la esencia de la cultura japonesa. “¿Qué hago, me lío a ostias o me traumo en mi casa? Ay, me voy a traumar solo en mi casa, que me parece más honorable.”

    Una muñeca cuyas tetas midan más del doble que los muslos en su sección transversal me da más grima que morbo. Pero yo qué sabré, si nunca me han gustado las tetas… En todo caso, qué repelús la imagen.

    Odio a Tom Sharpe. Pocos elfos gays en sus libros.

  7. warbriel…si el no te ha quedado muy mono, asi como muy rotundo pero ..¿no a que?

  8. Hermesh Says:

    No al diario de tailandia

  9. Leader, hay que leer los comentarios de todo el mundo mujer.

    hermesh, cuando montes esa discoteca ¿me contratarás de segurata?

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