EL ÁRBOL DE LA SERPIENTE (VII)

10totemTripchung Cabeza Enferma pensó que había bebido demasiado.

Si bien era conocido como el poderoso hechicero que gobernaba la Tribu del Tejón Cornudo, el propio Tripchung sabía muy bien que su única virtud era ser un poco más despabilado que los demás orcos. Hacía ya muchos años que había comenzado su pantomima particular con un grupo de orcos vagabundos y aún se sorprendía de lo que había llegado a crear. De alguna manera, todos aquellos dioses y espíritus de los que tanto hablaba y supuestamente controlaba, habían permitido medrar a aquella tribu destartalada y chiflada (incluso para los estándares orcos) mucho más que si hubieran creído estar solos en el universo.
Al principio, Tripchung había intentado creer a pies juntillas que sacrificar un conejo a los dioses del pantano realmente propiciaba una buena pesca. O que sus ruidosos collares de cuentas espantaban a los malos espíritus. Sin embargo, la lógica (una característica aún más rara entre los orcos que las aptitudes mágicas) le decía que todo aquello era un puro disparate: ¿seres superiores que no podían ver que lo controlaban todo? ¿Y por qué no, ya puestos, creer que las enfermedades las causaban seres tan diminutos que no podían verse? O que el universo, puestos a divagar, provenía de la cataclísmica explosión de un pequeño trozo de materia superconcentrada.
Sin embargo, su tribu lo creía ciegamente y no se arriesgaban a irritar a los espíritus. Y le apreciaban como líder. Las disputas por el poder, tan corrientes en los demás clanes orcos, faltaban en el Tejón Cornudo. A partir de un puñado de desarrapados despreciados por las demás tribus había nacido y crecido una tribu que vivía allí donde nadie más podía hacerlo. Eran felices a su manera gracias, quizás, a esos dioses y espíritus que aquel chamán politoxicómano se había inventado y que nadie podía ver.
Tripchung Cabeza Enferma no podía quitarle eso a su pueblo. Y mientras él tuviera grok , hembras y bayas juju ¿qué más podía pedir?

Contuvo una arcada. Definitivamente había bebido demasiado. Y el humo alucinógeno estaba empezando a sentarle mal. Podía ver cómo las volutas de humo creaban extrañas formas, como si una figura monstruosa estuviera materializándose sobre las llamas. Creyó ver una especie de cabeza de dragón que le miraba y se le acercaba con las fauces abiertas.

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Sin duda, también se había pasado con las bayas juju.

* * *

Zarnix se incorporó y arrojó a un lado la única ropa que llevaba, un pequeño taparrabos de piel, y se acercó contoneándose a Tripchung Cabeza Enferma. Las demás hembras la miraron en silencio. Incluso Madre Ullag permaneció en su sitio silenciosa observándola.
Los guardaespaldas del chamán asintieron con una sonrisa. Por fin los nuevos empezaban a entender cómo debían ser las cosas.
Zarnix se plantó frente a Cabeza Enferma con las manos en las caderas y le dedicó su mejor mirada (que habría hecho huir a una hiena pero que los orcos encontraban extremadamente erótica). Para su decepción, Tripchung estaba mirando algo que sucedía demasiado lejos de allí así que decidió pasar a la acción directamente. Le levantó el taparrabos.
Tripchung sí que reaccionó entonces. El chamán se congeló con un espasmo y dejó escapar un gemido estrangulado. Zarnix sonrió de nuevo y comenzó a arrodillarse frente a Tripchung pero la mano de hierro de Cabeza Enferma la cogió por la garganta y la levantó del suelo sin moverse de su trono.

Los ojos de Tripchung estaban a punto de salirse de sus órbitas y brillaban como carbones encendidos mientras hablaba en una lengua gutural e incomprensible con una voz que no era suya. Estaban clavados en los de Zarnix, que se agitaba desesperadamente intentando zafarse sin éxito. Si la mujer orca hubiera comprendido el alto ofídico habría entendido que a Zachaon-Hiss no le gustaba que le tocaran.

El hechicero hombre serpiente no estaba en su mejor momento. Para un intelecto de su calibre, introducirse en el cuerpo de alguien como Tripchung era parecido a meterse en un estrecho y apestoso ataúd con los ojos tapados por una venda apretada y las orejas, nariz y boca llenas de arena. Le resultaba difícil respirar en su nuevo cuerpo y le resultaba extremadamente desagradable el hecho de que en muchos kilómetros a la redonda no hubiera nadie mejor. Decidió que aquella miserable hembra inferior pagaría por su ira.

En aquel momento sucedieron varias cosas: Oweg, consejero principal de Tripchung y experto en hacerle la pelota, asomó por el borde de su roca-trono para sugerir a su señor que quizás la hembra fuera más valiosa con vida. No llegó a decir nada porque justo cuando levantaba un dedo para hablar, un hacha de hueso arrojada desde el otro lado de la ceremonia se clavó en su cráneo con un crujido. Zachaon-Hiss tuvo la vaga impresión de que el hacha provenía de un grupo de orcos vocingleros que en aquellos momentos se avalanzaban como uno solo sobre el más grande de todos ellos, al cual le faltaba una mano. Su mano iba a terminar de estrangular a aquella criatura insolente cuando sintió que otras dos garras, grandes como las de un dragón, se cerraban sobre aquel desagradable cuerpo que había ocupado.

Y los dos seres más feroces de dos épocas distintas se miraron a los ojos durante un segundo en el que el universo entero pareció contener el aliento.

Madre Ullag detestaba que la dejaran de lado en las fiestas.

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3 comentarios to “EL ÁRBOL DE LA SERPIENTE (VII)”

  1. Empieza lo bueno del todo, hachazo y hostiakas frescas MADE ULLAG vs DEMONIO DEL INFRAMUNDO: Round 1… FIGHT!!!!!!

  2. ¿pero quien agarro al hechicero hombre serpiente?: ¿el abrazo “amoroso” de madre Ullag?

  3. Ese mismo. Había que ponerlo un poco difuso para mantener la emoción…

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