EL ÁRBOL DE LA SERPIENTE (y VIII)

En el zénit de sus poderes, Zachaon-Hiss Ska´ak había puesto el mundo patas arriba. Enarbolando la Olbliteradora y poseedor de la magia más poderosa de su tiempo, el hombre-serpiente había hecho caer de rodillas a cuantos se habían cruzado en su camino. Incluso los dragones, tan individualistas y reacios a colaborar con nadie, habían sido doblegados a su voluntad.
Parecía que, atrapado en el cuerpo de un orco, las cosas no le iban igual de bien.

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Zachaon intentó resistirse a Madre Ullag pero aquel cuerpo no le respondía bien. Aunque había levantado a la despreciable hembra que había intentado los dioses sabían qué, los músculos de aquel brazo no aguantaban la tensión a la que los sometía. En pocas palabras, era demasiado fuerte para que el cuerpo de Tripchung Cabeza Enferma pudiera soportarlo.
Madre Ullag, en cambio, llevaba muchos años siendo el orco más fuerte de su tribu y cazar un jabalí con las manos desnudas no tenía secretos para ella. Alzó a Tripchung y a Zarnix uno en cada mano sin dificultad y los arrojó por encima de la hoguera rugiendo como un troll.

pirana Desde que su tribu se había establecido en los pantanos, Tripchung había considerado una idea útil criar alimañas peligrosas como mascotas. De esta forma, podía emplear sus estanques de serpientes ponzoñosas, arañas devoradoras o peces carnívoros como “castigo divino” a las faltas de los orcos descontentos. El sistema había funcionado bastante bien siempre pero últimamente había descuidado las necesidades de sus animales y se había mostrado demasiado tolerante ante ciertas faltas de los orcos que en otras ocasiones habrían dado con sus huesos en el estanque.
Por eso, cuando los cuerpos de Tripchung y Zarnix cayeron dentro del estanque, el agua pareció hervir debido a la enorme cantidad de peces hambrientos que se congregaron en torno a ellos. Los dos orcos no tuvieron ni siquiera tiempo de gritar porque tenían tantas mandíbulas tirando de ellos hacia abajo que no lograron volver a la superficie. La espuma del agua enrojeció de golpe mientras el chasquido de centenares de bocas dentadas se sumaba al estruendo orgiástico de afuera, al que no tardó en unirse otro estruendo.

Los antiguos orcos del Colmillo de Jabalí se habían entusiasmado demasiado. Totalmente ebrios y enfurecidos con todo el mundo, su trifulca se salió de los límites que les habían asignado. El tumulto de orcos vociferantes rodó por el suelo y chocó contra la orgía del Tejón Cornudo en una algarabía de caricias interrumpidas, puñetazos desviados y rugidos de indignación. Muchos de los participantes de la orgía decidieron unirse a la pelea y de pronto había más de ochenta orcos intentando partirse el cráneo unos a otros rodando de un lado a otro.

Subida a la roca-trono de Tripchung, Madre Ullag se dedicaba a eliminar a sus guarda-espaldas cada vez que se acercaban lo suficiente. Armada con una piedra en cada mano, la feroz orca era vagamente consciente del caos que se había formado a su alrededor. En ningún momento había tenido ninguna duda de que la “Ceremonia de Iniciación” acabaría de otra manera distinta del estilo orco de hacer las cosas.

Los estanques de alimañas carnívoras pronto estuvieron demasiado llenos. Incluso las mascotas más famélicas eran incapaces de devorar tanta carne y llegó un momento que había tantos orcos en el agua que los estanques se desbordaron.

Y sobre la multitud de orcos que luchaban y gritaban con el agua enrojecida de sangre hasta la cintura flotaba una nube de humo espeso y cabreado: Zachaon-Hiss Ska´ak era demasiado poderoso para morir fácilmente.

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Aunque había estado cerca. Por mucha rabia que le diera admitirlo, el feroz brujo tuvo que reconocer que ni siquiera los antiguos hechiceros que le encerraron en el árbol se habían acercado tanto a darle muerte. Claro que entonces él tenía su genuino cuerpo mortal y todos sus horribles poderes para poner en cintura a quien hiciera falta y no aquel abotargado y fofo armazón de carne que se habían zampado las pirañas.
Lo peor de todo era que seguía necesitando un cuerpo mortal para poseerlo. Sentía que cada vez más su mente se abotargaba y la voz de sus pensamientos sonaba cada vez más distante. Tenía que poseer un cuerpo para poder huir lejos de aquel lugar de locura y encontrar un anfitrión más adecuado.

Descartó rápidamente al ser que le había arrojado a las pirañas: su anterior cuerpo había sido muy poco apropiado pero, a pesar de ello, era la mente más abierta que había en aquel lugar. La mayoría de criaturas que le rodeaban eran igualmente obtusas y poco podría hacer en sus reducidos cerebros.

Encontró algo mínimamente aceptable cuando un enorme orco arrojó una gran piedra contra otro. El proyectil salió totalmente desviado y golpeó brutalmente la cabeza de un cachorro borracho que daba vueltas arrastrando un cráneo de grok vacío. El impacto dejó la mente del cachorro en blanco, reduciéndole para el resto de sus días a un vegetal viviente (en circunstancias normales entre los orcos sería como mucho un día). El caos que asolaba el campamento del Tejón Cornudo hizo que nadie se fijara en la nube de humo que se posaba sobre el cachorro herido y penetraba en su interior por su nariz y su boca abierta.

El cachorro se incorporó lentamente con los ojos brillando. Zachaon movió su nueva y dolorida cabeza. Se sentía pequeño e indefenso en aquel cuerpo maloliente pero por lo menos no le costaba pensar. Dirigió sus tambaleantes pasos hacia el pantano cuando una enorme mano le cogió del cuello y lo alzó por los aires.

De repente, Zachaon se encontró frente a la cara con colmillos de Madre Ullag que le olisqueaba inquieta. Al ver que el cachorro se encontraba bien y que tenía la cabeza dura, Ullag gruñó satisfecha y lo sujetó en brazos mientras gritaba órdenes a las demás hembras para que quitaran a los cachorros de en medio de todo aquel follón. Había visto una tribu deshecha. No quería ver otra.
Atrapado contra los pechos de Madre Ullag, Zachaon dejó escapar una maldición en alto ofídico que nadie entendió.

* * *

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Amanecía en el pantano cuando los primeros orcos sucios de barro, pintura y sangre empezaron a volver en sí. La hoguera aún tenía rescoldos humeantes pero las hojas alucinógenas habían ardido hacía tiempo. Todas las cabezas dolían, ya fuera por la resaca o por los golpes.
Como casi todas las cosas relacionadas con orcos, la fiesta había acabado en una pelea antológica. O sea, desde el punto de vista orco, había acabado bien. Había cadáveres tirados aquí y allá, orcos ahogados flotando en el pantano, algún miembro cortado y tirado por el suelo, pequeños grupos de orcos desnudos dormidos y docenas de recipientes rotos.
Sucios y sin ropa, doloridos y resacosos, los orcos del Tejón Cornudo ya eran indistinguibles de los del Colmillo de Jabalí.

La Ceremonia de Iniciación había terminado. Había nacido una nueva tribu.

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4 comentarios to “EL ÁRBOL DE LA SERPIENTE (y VIII)”

  1. Humo espeso y cabreado..jjajaj que bueno y encima acava entre los pectorales de madre Ullag, pobrecito el hombre lagarto, esta visto que no era su dia de suerte.

  2. Seguimos teniendo tejon cornudo, Tripchung muerto y niño poseido para muchos años.

    ENHORABUENAAA!!

  3. Hermesh Says:

    Recuerdo que una vez me comentastes que no sabias como terminar la historia. Visto el resultado se agradece la espera.

    • Gracias. Le estuve dando vueltas a como concluir todo. La bronca, la orgía y lo del espíritu lo tenía en mente pero no sabía cómo concatenarlo.
      Celebro que merezca la pena.

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