AMOR ORCO (I de II)

“¿Besos en la mano?
¿Desafíos por escrito?
¿Baladas bajo mi balcón?
¿Duelos a espada bajo la luz de la luna?
¿Poemas con segundas?
¡Nunca más!
Ámame como un orco,
ódiame como un orco
pero no me vengas con mariconadas”

(Diez años entre los orcos, de Ivniraët el Exiliado, bardo elfo)

Los orcos carecen del concepto de familia. Así como los elfos vivimos en una longeva, decadente y polígama sociedad que nos permite engendrar parientes de todo tipo con muchos años de diferencia, los orcos, que nacen y mueren en un abrir y cerrar de ojos en comparación, tienen como unidad social la tribu. Todos los miembros de una tribu son parientes (maaj en orco) entre sí y colaboran para sobrevivir. Un orco aislado es presa fácil de sus enemigos ya que sus cortas piernas y su romo cerebro no juegan a su favor. Coge en cambio a veinte guerreros orcos vociferantes y suéltalos por ahí a ver qué ocurre: casi cualquiera que se cruce en su camino se habrá metido en un lío.

Los orcos no se emparejan: se aparean. Un orco, ya sea un macho o una hembra, que tenga ganas de fornicar (no suelen llamarlo “hacer niños” pero tienen bastantes términos al respecto los cuales me niego a, y perdonen la ironía, reproducir aquí) no tiene más que buscar a un compañero o compañera que piense parecido (no es difícil: cuando estos seres no están comiendo, durmiendo, borrachos o dándose de tortas con alguien es de las pocas cosas en las que piensan a menudo) y ponerse a ello.
Carecen por completo de pudor y al principio me escandalizaba de ver a parejas e incluso tríos de orcos fornicando como bestias en mitad del poblado o al lado del corral de los cachorros. Algunos se escondían para hacerlo pero era más por motivos prácticos (a los orcos, grandes amantes de las bromas pesadas, les encanta tirar cosas, a menudo desagradables, a los amantes) que por vergüenza. Cuando la pareja sacia su sed de pasión, cada uno sigue su camino y todos contentos. Por lo demás, ni celos ni compromisos ni nada parecido.

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Con mi planta élfica yo era relativamente invisible a ojos de las hembras de la tribu, cosa que agradecía pues ni sus pechos colgantes ni sus mandíbulas prominentes me atraían lo más mínimo. Ellas pensaban más o menos lo mismo de mí aunque es indudable que un macho tan alto llamaba la atención de algunas. En cierta ocasión me hallaba meando contra un árbol cuando me vi sorprendido por media docena de hembras jóvenes que acudieron a examinarme con más curiosidad que deseo. Afortunadamente, la cosa quedó en anécdota y no pasó de ahí aunque desde entonces algunas hembras hacían corros a mi paso y me miraban antes de estallar en carcajadas.

Ocasionalmente, los orcos celebran tremebundas bacanales sexuales en las que corre abundante grok (lo más parecido a una bebida alcohólica y a un veneno nauseabundo que tienen), comen como cientos de cerdos (en cantidad, quiero decir, individualmente ya comen como cerdos) y la tribu entera se suelta el pelo. Estas orgías pueden durar varios días y acostumbran a ser después de una batalla especialmente reñida, tanto si han ganado como si no. Esto es así para que los machos más fuertes (logicamente, los que han sobrevivido) puedan fecundar a las hembras y mejorar la raza de la tribu. También explica en parte el amor por la guerra que sienten estos seres: si después de cada trifulca que el ejército de Lothoril ha librado para defender nuestro bosque de invasores le hubiera esperado un batallón de meretrices, vino y manjares suculentos en lugar del barracón de entrenamiento, otro galló le cantaría que así le va, que tiene que tirar de levas ciudadanas cada dos por tres.

Con un comportamiento amoroso como este, es lógico pensar que ningún orco sabe quién es su padre y es verdad. Y, dado que todos los cachorros son criados en comunidad, la figura materna tampoco tiene mucho sentido en la sociedad orca. Puesto que carecen de reparos a la hora de elegir pareja, la consanguinidad es perfectamente posible y los cruces entre primos, hermanos, padres e hijos y relaciones aún más sórdidas están a la orden del día.
Creo que nunca sabré si los orcos son consanguíneos por su naturaleza bárbara ó si por el contrario deben su naturaleza bárbara a la consanguinidad.

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Tras una gestación de unos seis meses (es difícil precisarlo porque nunca logré aclararme quién y cuándo había dejado embarazada a quién porque en ningún momento abandonaban la actividad sexual), las hembras orcas dan a luz a entre dos y cuatro pequeños. Los partos de un único cachorro son raros y son un mal augurio tanto para la tribu como para la madre.
Al poco de nacer, los cachorros son depositados en corrales excavados en el suelo o cercados. Todas las hembras se encargan de todos los cachorros, amamantándolos y cuidándolos como si fueran los suyos (de hecho, estoy casi seguro de que no saben cuáles son sus propios hijos y que se encargan de todos sólo para estar tranquilas). Las madres tienen muy poca paciencia con los deformes, débiles o diferentes en algún sentido y los sacrifican sin piedad, a menudo para alimentar a los otros. Esta brutal forma de selección permite que sólo los orcos más aptos alcancen la edad adulta. Sólo en época de crisis permitirán las madres orcas que cachorros que en otras circunstancias habrían muerto en sus manos salgan adelante.

En la tribu del Colmillo de Jabalí había algunos miembros que habían nacido claramente diferentes pero que habían llegado a la edad adulta, lo que indicaba que en su niñez había ocurrido algo que había diezmado a la tribu e impedido a las madres realizar su proceso de selección.
Uno era Enano Gaar, un orco canijo y paticorto que apenas me llegaba a la rodilla. Este engendro no estaba especialmente bien considerado por la tribu así que se las tenía que apañar con astucia y sigilo para sobrevivir (es importante dejar claro que los orcos tienen una palabra para “bajito” (“giar”), que puede ser un orco, y otra diferente para “miembro de la etnia enana” (“obalg”), que definitivamente no puede serlo).
Bastardo” Trogbl era otro de estos parias y era un mestizo orco-humano. Por lo visto, su madre había sido una prisionera humana a la que se había beneficiado media tribu (ocasionalmente se empleaba como insulto señalar a alguien como su supuesto padre). El hijo que había engendrado no habría sido ni siquiera una opción de no mediar circunstancias extremas. Una vez crecido, el semiorco era considerado más como un trofeo de los humanos que como un miembro de pleno derecho y ni siquiera se le permitía llevar armas “de verdad”.

Estos miembros de la tribu eran marginados por los demás y formaban una subcasta que se mantenía un poco apartada del resto (donde más se veía era en las orgías, donde eran ignorados sistemáticamente). La clave para que estos seres en inferioridad de condiciones sobrevivieran radicaba en el sentido práctico de los orcos: eres tan bueno como en tu última pelea y eso vale para todos. Cualquier orco que no sirviera para nada no tardaba en morir en manos de sus propios compañeros: la tribu era lo principal y debía ser fuerte; los débiles no tenían un lugar en ella. Bastardo y Canijo se las habían apañado para actuar como carne de cañón, un suplemento útil aunque no imprescindible en las batallas.

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Periódicamente se celebraba el Grufg Nafgar, un ritual en el que la tribu, literalmente, se purificaba liquidando a sus miembros inútiles. Tuve la suerte de presenciar una de estas poco después de una escaramuza con los miembros de otra tribu en la que tuve la suerte (?) de eliminar al cabecilla de un flechazo en la garganta (un tiro afortunado, todo hay que decirlo). Aquel detalle me salvó de ser seleccionado porque algunos miembros de la tribu (especialmente Madre Ullag) me la tenían jurada.

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Tuve que probar en diversas ocasiones mi valía para que los pieles verdes no olvidaran que, aunque yo era un ser monstruoso (qué sabrán ellos…), también tenía mis virtudes: primero fue conseguir comida (quizás no sea el mejor cazador del mundo y por eso estoy tan delgado pero recolectar bayas y robar nidos no tiene secretos para mí), después tuve que intervenir en algunas peleas (me apaño bastante bien si tengo espacio para poner en práctica mi esgrima) y, por último, tareas cotidianas como trenzar cuerdas, extraer espinas clavadas (llegó a ser práctica común en la tribu acercárseme y enseñarme tal o cual herida para que la curara) y demás labores en las que mi habilidad manual era bien recibida.

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2 comentarios to “AMOR ORCO (I de II)”

  1. Hermesh Says:

    Como sigas así vas a poder hacer un bestiario de Warbriel.

    En cuanto vuelvas a Zaragoza te reto a ver Torapia, sólo nos hacen falta cervezas, algún/a incau.. amigo, y lo que tu ya sabes (condones extra gruesos y vaselina). Siempre que tengo una fantasía con cualquiera de vosotros me os follo con condón

  2. Habrá que verlo.

    ¿Torapia?Mira, no suena mal. Eso sí, hay que perjudicarse al máximo de entrada para tener nuevas interpretaciones del film y no una impresión verdadera, a ver si va a resultar que es una peli mala…

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