AMOR ORCO (II de II)

A medida que me fui integrando en la sociedad orca fui aprendiendo todo esto pero no fue hasta un sorprendente episodio con Madre Ullag en el que me di cuenta de que ya formaba parte de la tribu, para bien o para mal.

Nuestro primer encuentro fue un poco tenso pues Madre Ullag desconfiaba de cualquier cosa que no perteneciera a su tribu. Según creo, nunca le acabó de gustar la idea de que un bichejo palido y delgaducho merodeara por el poblado aunque tuviera las manos hábiles pero mi competencia y utilidad estaban más que probadas (a los orcos les gustan mucho los huevos de pájaros y yo era el único capaz de trepar con relativa seguridad) así que tampoco podía expresar su disgusto abiertamente.

En las celebraciones, en las que yo procuraba permanecer en un discreto segundo plano (una cosa es la curiosidad y la investigación y otra la gula, la insalubridad y la concupiscencia entremezcladas a la que se abandonan los orcos cuando toca), Madre Ullag solía pasearse con una enorme fuente de comida con la que alimentaba a los miembros de la tribu. A los guerreros fuertes y a las hembras más prolíficas les daba grandes pedazos de carne asada goteante de grasa derretida. A los demás miembros los recompensaba con bocados menores, tales como pájaros asados, frutos y pescados. A mí me ignoraba por completo.

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Esta indiferencia no era completa. Cuando intenté acercarme a los corrales de los cachorros ninguna hembra intervino excepto Madre Ullag. Me disponía a contar a los pequeños orcos cuando salí despedido hacia atrás como si me hubiera embestido un ariete y me encontré con una babeante y enfurecida Madre Ullag que me mostraba sus amenazadores colmillos. Después de aquello, procuré evitarla.

Suponía que Madre Ullag no me apreciaba y lo entendía. Al fin y al cabo, el líder de la tribu, un enorme orco manco llamado Karg Islort Gaadr (hasta mucho tiempo después no entendí el significado de su mote que daba nombre a la tribu) tampoco se me acercaba demasiado de la misma manera que evitaba mezclarse en demasía con sus subordinados. Yo suponía que Madre Ullag, como líder de la facción femenina de la tribu, se comportaba de la misma manera.

Fue una tarde de primavera, dos años después de mi llegada, cuando Madre Ullag se me acercó caminando despacio y me cogió del brazo con su mano de hierro. Me indicó que la acompañara y, puesto que era imposible zafarse, así lo hice. Mientras me conducía a una choza, mi mente divagaba entre las posibilidades de que, o bien estaba enferma y necesitaba asistencia, o bien se había decidido por fin a matarme. La tercera posibilidad me pareció sencillamente espeluznante en el momento en que la vi deshacerse de sus ropas harapientas.
Fue entonces cuando vi su vientre hinchado (glups).
Madre Ullag estaba embarazada (¿quién sería el valeroso padre?).
Y dando a luz (¡puag!).
Y, gracias a mis hábiles y delicadas manos de arpista, me había elegido a mí como su partera personal (¡cielo santo!).

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Los poetas y literatos a lo largo y ancho del mundo durante toda la historia se han referido al nacimiento como la manifestación del milagro de la vida y su triunfo sobre la muerte, como una metáfora del universo y del imparable curso de la naturaleza en su eterna diáspora a lo largo y ancho del inabarcable cosmos.
Si cualquiera de esos cantamañanas hubiera estado conmigo aquella tarde en la choza de Madre Ullag salpicándose la cara de sangre y guarradas indescriptibles, metiendo las manos en sitios que la decencia me impide nombrar y secando cachorros de orco recién nacidos con la camisa (cualquiera le hacía un feo a Madre Ullag, que en ningún momento me soltó el brazo) estoy seguro de que se lo pensaría dos veces antes de ponerse a escribir sandeces sobre los partos.
Los elfos nacen entre sedas perfumadas, con médicos y adivinos que se encargan de cuidar de su presente y su futuro.
Los orcos vienen al mundo cubiertos de porquería y en cualquier parte. Y el proceso es un auténtico incordio porque es uno de esos momentos en que como te pille el enemigo abierta de patas te puedes dar por jodida en el mal sentido de la palabra.

No he podido nunca (y lo he intentado muchas veces) olvidar aquel momento íntimo compartido con Madre Ullag. El olor a sangre y suciedad aún me persigue en mis pesadillas y no consigo explicarme de dónde saqué el valor para traer al mundo a tres orcos (dos machos y una hembra negros como tizones) cuando destripar un pez me produce unas náuseas incontrolables. Pero allí estaba, con dos cachorros en el brazo derecho y otro en el izquierdo, viendo como Madre Ullag tiraba de sus placentas con la delicadeza que la caracterizaba y se las metía a continuación en la boca para mascarlas ruidosamente. Recuerdo que miré a los cachorros mojados uno por uno antes de soltar un refrán humano que sirve igual como insulto que como bendición:

-La madre que os parió.

Tuve muchos apodos mientras conviví con los orcos del Colmillo de Jabalí (renuncié rápidamente a enseñarles a pronunciar Ivniraët) pero el que más caló por lo evidente era el de Bhasgr que significa “blanco” debido a mis melenas teñidas.
Cuando salí de la choza probablemente podrían haberme rebautizado Verde por la cara de espanto que llevaba.

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A mi lado salió Madre Ullag con su camada en brazos tan llena de energía y malhumorada como si nada hubiera ocurrido aunque emitía una especie de ronroneo. Me propinó un manotazo en la espalda que me hizo dar un traspiés aunque tuve que admitir que si ella hubiera querido me habría descalabrado sin ninguna dificultad. Había sido un gesto casi cariñoso.

La vi alejarse hacia el corral de los cachorros.

Mami Ullag, pensé para mis adentros, la madre que te parió.

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4 comentarios to “AMOR ORCO (II de II)”

  1. Hermesh Says:

    Si la madre Ullag se parece en algo a la orca que has puesto me la follaría sin cesar. Eso si con condon.

    Entonce en lo de torapia quedamos, estoy seguro

  2. Hermesh Says:

    Si la madre Ullag se parece en algo a la orca que has puesto me la follaría sin cesar. Eso si con condón.

    Entonce en lo de torapia quedamos, estoy seguro que a superneuras y el capitán contundente les encantará la peli. Si les apetece, tampoco los conozco tanto, pero parecen chicos de los que se prestan a una de esas…

  3. jajajajjajajaaj Pobre hombre

  4. Pobre elfo mas bien.

    No me acordaba ya de esta historia. Pensaba que se lo iba a follar jeje.

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