HISPARAX, SEÑOR DEL CAOS

ChaosMarine-¡Sangre para el Dios de la Sangre!-rugieron los berserkers de Khorne alzando sus hachas sierra pringosas de tripas.

Hisparax, Señor del Caos Absoluto, suspiró profundamente y bajó la persiana de la ventana de su puesto de mando para no ver la trifulca que se iba a montar. Controlar una horda del caos era bastante más complicado de lo que la gente creía. Lo fácil era asustarse: oh, no, las fuerzas del caos nos atacan, Emperador, sálvanos, toma balas, marine del caos malvado, pim pam pum. Sin embargo, detrás de cada Cruzada Negra, detrás de cada incursión y cada culto a los dioses de la disformidad había una enmarañada red de influencias bastante incontrolable. Cuando servías a los Dioses Oscuros, los conceptos tan habituales en otros ejércitos como “intendencia“, “red de suministros” o “estrategia” se veían sustituidos por “casa de putas“, “despelote y desconcierto” y “sin dios“.
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El Caos Absoluto al que Hisparax había entregado su alma se jactaba de reunir bajo sus estandartes a seguidores de los cuatro dioses del caos.
Lo cachondo era que esos cuatro dioses se llevaban a matar por parejas: los de Khorne se odiaban con los de Slaanesh y los de Tzeentch no aguantaban a los de Nurgle y viceversa. Era una tontería pero un descuido podía conducir a una batalla campal entre tus propias filas en el momento más inoportuno. Como la hora del rancho, por ejemplo.

El caos era, por su propia naturaleza, caótico. O, como Hisparax solía decir, un maldito desastre la mayor parte del tiempo. Con semejante desbarajuste era lógico que el Imperio de la Humanidad no cayera a sus pies. En el fondo, el Emperador tenía toda la razón del mundo. Lástima que se hubiera dado cuenta diez mil años después de traicionarle. Como para pedir perdón a estas alturas.
Decían mucho por ahí que los dioses oscuros eran generosos con sus fieles, lo que era cierto a medias. Sí, te colmaban de regalos demoníacos y mutaciones a poco que les rezaras un padrenuestro pero lo hacían con tal entusiasmo y aleatoriedad que realmente era para pensárselo dos veces.
Estaba bien que te salieran cuernos, más brazos, poderes psíquicos o alas pero cuando Hisparax se desatornilló la bragueta para echar una meada en el mundo agrícola de Serilgom y se encontró con un serpenteante tentáculo entre sus piernas, profirió tal juramento que se abrió una fisura en la realidad por la que se largaron con viento fresco todas sus legiones demoníacas, reduciendo su hueste a menos de la mitad de sus efectivos. Intentaba reagrupar a sus tropas cuando vio a su hechicero, Gastropalikis, siendo atropellado por una cosechadora conducida por un labriego que esgrimía un odre de vino vacío. Y aunque la armadura del caos de Gastropalikis le salvó de la peor parte, al instante llegaron media docena más de catetos bajo un estandarte en el que ponía “Peña Los Zaborros” armados con palos, piedras y aperos de labranza para rematarlo. Al ver aquello, Hisparax había tocado a retirada y a la gloria de la victoria, el saqueo y la masacre que le fueran dando.
Aquello le había jodido porque Gastropalikis no era mala persona y, aparte de algunos miles de millones de víctimas (lo normal en la guerra eterna), nunca le había hecho daño a nadie. Y era bueno contando chistes, el jodido, cosa que se agradecía cuando te pasabas la vida asaltando planetas a punta de pistola bolter.

Lo del tentáculo le había cabreado bastante más. Antes aún podía permitirse alguna violación o un bis-a-bis con una diablilla de Slaanesh complaciente pero desde que tenía aquella cosa que culebreaba y hacía lo que le daba la gana y que no se ponía rígida ni atándola a un palo de escoba su cabreo con sus superiores había ido en aumento. Por no hablar de que ahora era imposible mear sin ponerse perdido.
chaos-marineTambién estaba Rajatraqueas, su arma demonio. Sólo unos pocos elegidos del caos eran portadores de aquellas armas malditas. Las había de muchas formas y colores: hachas sierra, espadas de cristal, lanzas aullantes, incluso bolters pesados poseídos por entidades de la disformidad. Todas ellas se caracterizaban por un hambre insaciable de almas y por permanecer junto a su portador hasta su invariablemente horrible muerte.

Hisparax no se cansaba de maldecir su perra suerte porque Rajatraqueas, su arma demonio, fuera un maldito cortaplumas que había encontrado en una tasca de un mundo demoníaco.
Él, que había marchado junto a Khârn el Traidor y le había visto partir un tanque por la mitad de un solo mandoble de Destripadora, tenía dificultades para cortar una barra de pan. Y ponte tú a asaltar una trinchera enemiga a puro huevo mientras los tiros, rayos y misiles silban a tu alrededor esgrimiendo un puto cortaplumas.

Además hablaba raro. Todas las armas demonio se comunicaban con su portador pero Rajatraqueas se limitaba a decir una palabra al azar (con sentido o sin él) cada vez que Hisparax abría la boca. Ni Gastropalikis el hechicero había logrado interpretar qué coño pretendía decir el arma cada vez que hablaba. Y a veces era un problema, como cuando Rajatraqueas soltó un “¡Comemierda!” en medio de una tregua con Usallat el Carnicero.
Hisparax nunca había estado seguro si el demonio que habitaba en el cortaplumas era un cachondo o un perfecto gilipollas.
chaosmarinerr1-Amo-Gustavis, su ayuda de cámara mutante, interrumpió sus pensamientos-Un emisario de Abaddon el Saqueador desea veros.
-Ah, sí-recordó Hisparax-Que pase.
-¡Rinoplastia!-exclamó Rajatraqueas desde su cintura.
-Cállate, joder-contestó automáticamente el señor del caos.
-¡Jocántaro!-insistió el cortaplumas demoníaco
El emisario pertenecía a la Legión Negra y, como tal, portaba una barroca armadura oscura con rebordes dorados. El legionario se cuadró al entrar al despacho de Hisparax antes de señalarle con el dedo:
-Mi señor Abaddon dice que…-se interrumpió-Ostia, ¿tú no eres el de la polla-tentáculo?
A lo largo de la Guerra Eterna, Hisparax había aprendido a no fallar ni un sólo tiro a fuerza de darle al gatillo durante siglos. El legionario se derrumbó tras recibir tres impactos de bolter en la cabeza.
-Vete a la mierda-gruñó Hisparax.
-¡Torero!-soltó Rajatraqueas.

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2 comentarios to “HISPARAX, SEÑOR DEL CAOS”

  1. No sabia si decantarme por Tzeentch o por el dios del caos, pero tras leer tan brillante relato voy por el caos porque me he enamorado de Rajatraqueas

  2. Vaya, me alegro. Siempre he pensado que por cada Excalibur que hay por ahí debe haber siete mil armas mágicas de tres al cuarto.

    ¿Por qué nunca hay un “garrote mágico” o algo así? ¿Acaso lo cutre espanta a lo mágico? Misterios, misterios…

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