LA NOCHEBUENA DEL TENIENTE WORKER (II)

thewritersstrikegetsugly

Ojalá se os generen toneladas de mocos y se acaben todos los pañuelos del mundo y os hayáis de sonar con las manos
(Atribuido a Fotolactus el Basto, diplomático clonarviano)

Los ojillos porcinos de la tarada brillaron de anticipación ante la visión del donut. Un hilillo de baba se escurrió entre sus dientes desiguales mientras se lamía los labios. El Teniente Worker sostuvo el dulce delante suyo y dio otro paso hacia atrás:

-Te gusta, ¿eh, guapa?-dijo en tono provocativo sujetando un puro encendido entre los dientes-Pues venga, sígueme ahí dentro y verás lo que es bueno.

Y chupó profundamente a través de su puro para librarse del terrible hedor que despedía aquel ser obeso y desnudo. Tenía las carnes flácidas y cubiertas de pelusa y lo único que vestía era una manta raída que llevaba sobre los hombros.
A medida que Worker retrocedía, su mente empezó a divagar sobre la situación de la última semana: después de que la mayoría del 3º Regimiento se quedara en la capital para cumplir sus funciones de guarnición, se había elegido un pequeño destacamento para que se ocupara del problema de los tarados por la vía pacífica y a Worker le había tocado la china.
La mano de obra era tremendamente valiosa en Clonarvia y un bien escaso. Además, el planeta no tenía demasiados recursos para mantener una gran población y, como estaba tan aislado, los colonos nuevos eran raros. La clonación masiva con la que tan alegremente se había solucionado el problema había terminado por ser demasiado cara y había terminado dejando demasiados clones mezclados con la población que a la larga habían creado a los tarados. A Worker le habían informado de modo oficial que el regimiento debía mezclarse con la población clonarviana tanto y tan íntimamente como fuera posible a fin de refrescar su pool genético, fuera lo que fuera eso.
Sin embargo, el teniente y otros cuantos soldados más habían quedado relevados de retozar con las nativas para ocuparse del sucio asunto de dejar embarazadas a cuantas taradas pudieran. Según los científicos, aquella era una tarea de suma importancia que permitiría sacar partido de los tarados sin necesidad de matarlos o hacerles trabajar. Al menos, a las hembras.

-Vamos, guarrilla, lo estás deseando-sonrió Worker intentando disimular el asco que sentía.
Los pies gordezuelos de la tarada dejaban huellas irregulares en el suelo arenoso. El sol de Clonarvia proyectaba una sombra igual de deforme a sus espaldas. Worker dio otro paso a través de los portones y se encontró dentro del campamento fortificado del destacamento.

-¡Ahora!-exclamó haciendo una señal a cuatro soldados ocultos.

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