LA NOCHEBUENA DEL TENIENTE WORKER (IV)

Los soldados estaban en medio de una discusión bastante violenta. El soldado Niles estaba gritando bastante enfadado al biomédico, que estaba encogido en el suelo con las manos en el estómago. Los demás soldados rodeaban el cadáver apuñalado de la tarada (se habían ensañado bastante) con los cuchillos ensangrentados todavía en la mano.

-¡Teniente!-llamó el biomédico desde el suelo-¡Este hombre me ha pegado un puñetazo!
-¡Este gilipollas ha vuelto a cagarla!-rugió Niles haciendo un gesto amenazador.
-A ver, ¿qué pasa aquí?-Worker hinchó el pecho y trató de parecer lo más amenazador posible-Rugins, informe.

Rugins estaba limpiando su cuchillo con arena. Se incorporó y se puso firme:

-Este tarado es un hombre, teniente-dijo señalando el cadáver-El biomédico Pakus no lo ha notado y…
-¡Le ha metido la pistola por el culo y nos ha salpicado a todos con esa mierda!-completó Niles interrumpiéndole-¡Por eso le he dado una hostia!

Worker advirtió que todos los soldados estaban cubiertos de manchas de líquido. Ayudó al biomédico a levantarse y le sacudió el polvo de los hombros. Lamentaba la situación de aquel pobre desgraciado de veintipocos años pero no que se hubiera llevado el correctivo. Era la tercera vez que se confundía de sexo.

-Todos esos michelines forman pliegues por todas partes-explicó el chaval-Como tienen la piel llena de enfermedades y hongos, a veces busco por el tacto…
-Y se lo han cargado-concluyó Worker mirando el cadáver. Un tarados menos-Niles, si tantas ganas de ejercicio físico tiene, lleve ese cadáver al pozo y entiérrelo. Ustedes, limpiense un poco y preparen la comida. Usted, Pakus, venga conmigo.

El biomédico se levantó las gafas protectoras que llevaba y le siguió todavía encogido de hombros.

-¡Pringao!-le susurró Niles al pasar junto a él.
-Pakus, muchacho-empezó Worker caminando en dirección a su tienda-Dígame, ¿cómo es que están tan gordos estos tarados? En un desierto no debería haber mucha comida.

El biomédico tragó saliva y recuperó un poco la compostura.

-Viven de la basura, señor-explicó-En esta zona hay varios vertederos de las ciudades principales. Además, hay diversas organizaciones estatales que se dedican a alimentarlos y darles ropa.
-¿Pueden tener hijos?-siguió Worker haciéndole hablar para que pasara el mal trago.
-En teoría, sí-siguió el muchacho-Fisiológicamente es posible. Y a pesar de la consanguinidad podría ser que algún hijo sobreviviera. Son bastante instintivos.
-Ya. ¿Y esto que hacemos qué objeto tiene?-preguntó Worker encogiéndose de hombros-Lo de embarazarlas y tal.
-Bueno, si logramos que se queden embarazadas-el biomédico tragó saliva-los hijos son genéticamente normales. Se podrían reintegrar en la sociedad y tendrían la mitad de sus genes de importación extraplanetaria. Permitirían la entrada de nuevo material genético en el pool de Clonarvia.
-Gracias, Pakus-concluyó Worker con una sonrisa-Muy revelador. A veces me cuesta entender las órdenes. Vaya a adecentarse un poco para la comida. Seguiremos por la tarde.

El joven biomédico sonrió y se alejó un poco más erguido. Por lo que sabía Worker, aquel muchacho era un novato total, un recluta en el cuerpo médico que había tenido la mala suerte de ser destinado a Clonarvia a un objetivo ignominioso. Un pobre pringado.
Como todos los que había en aquel campamento.

-Mi teniente-le saludó el técnico de comunicación Gaulcer, un hombre de sesenta y tantos con una notable cojera-Mensaje para usted del cabo Kukrayan.

Worker alzó las cejas. El cabo Kukrayan era el niño bonito de la flota. Su destino en aquel planeta había sido en el Palacio Real Clonarviano en funciones de seguridad (“y para preñar a alguna princesa guarrilla” había soltado durante el viaje espacial después de beberse seis vasos de aguardiente xoniano). El tío tenía enchufes y contactos en todas partes por lo que nunca le faltaban las invitaciones para las fiestas.
Sólo que en aquella ocasión, Wilmer Kukrayan no tenía nada nuevo de qué presumir hasta que recordó a aquel conocido héroe de guerra que había sido destinado al culo de Clonarvia para tranquilizar su ego. Invitarle a la Gran Fiesta de Nochebuena de la Casa Real Clonarviana le permitiría ser el centro de atención.
Y a Johann Worker, poco deseoso de pasar las navidades en un agujero del desierto rodeado de despojos humanos, le pareció estupendo.

Sonrió.

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