LA COMPOSTERA DE NUNCA ACABAR

“¡Escuchadme, basura fotosintética! ¡Habéis venido aquí para servirme! ¡No podéis correr! ¡No podéis volar! ¡Tenéis sol! ¡Tenéis agua! ¡Tenéis nutrientes! ¡Vivir o morir depende de vosotros pero si alguien se queda por el camino, la muerte no es el final porque irá a la compostera donde trabajará para mí incluso después de muerto!”
(Discurso de bienvenida a las nuevas plantas de mi azotea)

A principios de marzo os hablé de mi huertecillo consistente en un montón de macetas con cosas plantadas. No tenía más intención que hacer de ello una afición tranquila y agradable y a tal efecto acabaron en las macetas diversas verduras pasadas de vueltas en la cocina cuyos brotes (casi tentáculos) empezaban a incomodarnos más de la cuenta.
Al final, tengo plantadas cebollas, patatas, zanahorias, remolachas y diversas plantas ornamentales con mayor o menor fortuna.

También dispuse una caja de madera a la que tirar los detritus de las plantas para dejar que los microorganismos y el medio ambiente los degradaran y obtener así abono orgánico (compost). Hasta le eché unas lombrices para que se lo pasaran pipa. Viendo las pedazo de boas constrictores que han aparecido allí después, está claro que el compost está bueno.


(este pastiche repugnante es mi tan cacareada compostera: mierda y lombrices, la imparable entropía del universo puesta al servicio de mis diabólicos planes)

Sin embargo, una azotea no es el lugar más apropiado para las macetas pese a lo que pueda parecer. El sol casca de manera inmisericorde, el viento golpea como una estampida de caballos y, seguro que esto no os lo esperabais, las macetas están bien a la vista de cualquier depredador hijo de puta al que le apetezca un plato de verdura fresca. Y no me estoy refiriendo a ningún artrópodo desustanciado (aunque sólo me faltaría una nube de langostas como en los textos bíblicos).
Pajaricos. Putos pajaricos. Malditos plumíferos de mierda.
Lo que es la vida, amigos. Uno estudia veterinaria y cree que los únicos bichos que te pueden dar un disgusto en tu huerto son las ovejas, las vacas o las cabras (vivo en un cuarto piso así que estas últimas son sólo un poco más probables). Luego la vida te enseña que los perros y los gatos sienten un morboso placer al pastar en las macetas. Al final, resulta que los putos pájaros TAMBIÉN comen verde. Y de qué manera.

Planté semillas en once macetas. Brotaron nueve. Dos más fueron devoradas por los putos gorriones, palomas, tórtolas, buitres leonados o lo que sea que frecuenta la azotea (nunca los he pillado in fraganti así que no puedo descartar la posibilidad de que mi compañero de piso suba a zamparse mis plantitas y deje plumas por ahí como si fueran pistas falsas además de cagarse por el lugar aunque esto último, a juzgar por como huele el baño después de sus visitas, lo dudo) así que decidí tomar medidas.

Los CDs colgados de cuerda no funcionaron: el viento enredaba sus cuerdas y atraían a mi compañero de piso, el cual los acabó quitando. Dado que las plantas seguían desapareciendo, casi mejor así.

Lo primero que se me ocurrió fue tapar las plantas con vasos de plástico de litro (sí, cogidos de una fiesta universitaria después de vaciarlos de cerveza). Les practiqué unos agujeros pero parece que no bastaron porque dos o tres plantas más se socarraron vivas como si les hubiera puesto una lupa encima.
La inspiración definitiva me vino mirando por la ventana de mi oficina, sita en el casco viejo, donde hay alambres en punta para que las palomas no se posen en ellas. El truco no era blindar la planta sino convertir su entorno inmediato en un infierno para que cualquier avechucha que se intentara acercar a picotearla se dejara las tripas por el camino. Y así lo hice: con cinta carrocera y palillos convertí las macetas en algo parecido a fortalezas del caos:

El éxito fue total: los pájaros no podían tocar las macetas y, de hecho, yo tampoco. Menos mal que hay manguera para regar… pero las verduras pudieron brotar alegremente y ser felices a su manera.

Sin embargo, la siguiente amenaza no vino del cielo sino del subsuelo (¿No es emocionante? Entre tanto sinsabor del curro y del CAP la verdad es que me lo he pasado en grande subiendo a la azotea casi esperando a llevarme un nuevo disgusto contra el que enfrentarme). Cuando preparé las macetas me tomé muchas molestias en mezclar la tierra con compost (llevo un año acumulando mierda descompuesta: contento tengo a mi compi) para que no faltara nutriente bravo. Y tan bravo.

Las plantas tienen esa inteligencia cateta y vestigial de los peces de acuario que siguen comiendo hasta que les revientan las tripas. Las plantas no engullen pero absorben silenciosamente todo lo que hay en la tierra. Y si toda sustancia es tóxica a la concentración adecuada, imaginaos lo que puede hacer un exceso de nitratos (quizás os suenen los típicos casos de intoxicación por nitratos, contaminación por nitratos, etc. que de vez en cuando saltan a la prensa) con un montón de verduras gilipollas que no saben decir vale ya que me va a dar algo.
Les dio, les dio, vaya si les dio. Un día, las plantas empezaron a ponerse verde oscuro y sus hojas empezaron a retorcerse.

Afortunadamente los cursos chorras que doy a los parados tienen al menos a una persona que se lee el temario: un servidor. Y aquello olía que apestaba a intoxicación. El compost (de hecho, cualquier abono) debe echarse con cuentagotas y yo había saturado las macetas hasta hacerlas tóxicas hasta para las lombrices. El nitrógeno es vital pero mortal, una especie de ni contigo ni sin ti de las moléculas orgánicas que puede parecer muy poético pero que no te pone precisamente de buen humor cuando te has levantado a las siete de la mañana, vienes de hacer prácticas coñacísimas en un instituto de mierda y por la tarde toca aguantar a funciomierdas.

Por suerte, el nitrógeno en exceso tiene fácil arreglo, tan fácil como regar abundantemente un par de días y la tierra se limpia solita. Menos mal pero qué mal rato.

Claro, visto así, la compostera era Satanás. Tenía en una esquina de la azotea una especie de cementerio nuclear en el que las lombrices culebreaban por sus entrañas, las hormiguitas montaban picnics y las salamanquesas acudían a zampárselas a todas. Cuál sería mi sorpresa cuando de la compostera empezaron a brotar… patatas.
Las patatas que había intentado plantar en macetas no prosperaron nada. Murieron de forma total y definitiva (era un iluso) de modo que su único destino posible era el cajón de los horrores. Bien, por algún extraño motivo, eso era exactamente lo que ellas querían.


(vista panorámica de la compostera. Ya se sabe, “si no hay mata, no hay patata” o “agricultor tonto, patata gorda“)

Una compostera requiere ser removida de vez en cuando para que sus miserias se aireen y puedan degradarse mejor. Con unas patatas muertas dos veces que estaban volviendo a la vida la verdad es que no tuve corazón para hacerlo. Eso sí, mis viejos enemigos voladores acudieron prestos a picotear los brotes y la compostera era demasiado grande para que pudiera forrarla de pinchos (y, coño, que una cosa es defender la producción y otra, el estercolero). Asistí fascinado al espectáculo de unas hojitas verdes que asomaban y desaparecían un día sí y otro también. Supuse que las patatas no tenían mucho que hacer y que agotarían su fuerza vital luchando contra los cuervos del destino pero, contra todo pronóstico, ganaron. Los pájaros podían ser un millón pero no eran ni una décima parte de las moléculas nitrogenadas de las que disponían las patatas en la compostera para regenerarse. Llegó un momento que la mata de patatas era tan grande que los pájaros no pudieron con ella y probablemente acabaron devorados por la planta que tanto habían torturado.

Me va a dar pena hacer tortilla con unos tubérculos tan valerosos…

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8 comentarios to “LA COMPOSTERA DE NUNCA ACABAR”

  1. Sublime!! No se para que tienes que inventarte historias si ya de por si tu vida es asi de intensa.
    Me ha encantado la comparación de tus macetas con fortalezas del caos , tanto que he echo que mi padre lo leyera jajaja.
    Suerte con tus plantitas cuando llegue agosto…

    • ¡Gracias! Con todo el mamoneo que me suponen esas macetas creía obligatorio relatar sus andanzas…

      En esa azotea no hay suerte, dioses o destino: sólo hay sitio para mí…

  2. XD
    Si no quieres las patatas por sentimentalismo, mandamelas, que yo no las conozco de nada…

  3. Qué épica la historia de tus macetas!

  4. Cuando las macetas de tu vecino veas compostelar…
    Mi compañero de piso puso hace unos días unas macetas con albahaca y no sé qué cosas más. Le regalaré unos palillos usados del bar de abajo y una cinta adhesiva.
    Por cierto, eso de los del camino de Santiago, la compostelana, ¿es una concha rellena de detritos?

    • Estoy seguro de que lo apreciará. Yo he empezado a regar con el agua del aire acondicionado (convenientemente enmierdada para que coja nutrientes e iones) y ayer apareció una salamanquesa del tamaño de un autobús ahogada en el cubo (si es que cada día le echan más porquerías al agua). Dejé el cadáver en la compostera y esta mañana había desaparecido: ¿descomposición descontrolada o pájaros carroñeros?

      En efecto: el camino de Santiago es una traidición ecologista-vegana-cristiana. Y luego la gente se extraña de que el Islam quisiera arrasar este país…

  5. Joder, quién me iba a decir a mí que lo que le suceda o deje de suceder a tus putas macetas me iba a resultar interesante algún día. Vivir para ver. Con magníficas viñetas de aderezo, además. Voy a dejar de hacerte la pelota que me está empezando a sonar raro hasta a mí.

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