ATAQUE TIRÁNIDO (III)

Así era. Los guardias imperiales acarreaban munición hasta la pasarela. Las armas pesadas estaban siendo montadas con rapidez aunque con cierta falta de coordinación. Dos transportes Chymera avanzaron hasta bloquear las puertas del fortín. Los mordianos formaron en el patio junto a la empalizada esperando órdenes de su sargento. Los Mosqueteros de Lagsrot se afanaban en cargar sus pistolas de pólvora a la vez que se colgaban los rifles láser del hombro. Varias escuadras de guardias imperiales de uniformes dispares se dirigieron a reforzar el perímetro.

-Ocurre algo raro-anunció el soldado Ward del Segundo de Morban. Ward se consideraba un entendido en tiránidos aunque casi todos los componentes del Regimiento de Restos 31 podían decir lo mismo.-Ya deberían venir hacia aquí.

El sargento Kabax siguió la dirección de su dedo. Era cierto: la refinería estaba infestada de tiránidos que la cubrían como una película oscura pero su movimiento era errático. Varios grupos de monstruos estaban bajando la ladera en dirección hacia ellos pero sus trayectorias describían largas curvas. Las gárgolas tiránidas que normalmente formaban enjambres compactos que oscurecían el cielo daban vueltas en círculos a gran altura como si vigilaran. De vez en cuando alguna dejaba caer un chorro de líquido ardiente que se apagaba mucho antes de llegar al suelo.

Los guardias imperiales habían luchado contra los tiránidos y estaban acostumbrados a la horripilante y a la vez perfecta coordinación entre los diferentes grupos de monstruos. Se encogían al pensar en la velocidad que aquellas criaturas alcanzaban cuando corrían hacia ti para destriparte con unas garras afiladas como navajas.
Aquella parsimonia no era normal.

-No ha habido avistamientos de tiránidos en este sistema-dijo el capitán Libanaid-No entiendo cómo pueden haber llegado.
-Quizás ya estuvieran aquí, señor-aventuró el sargento Kapax-Este mundo lleva muy poco tiempo ocupado por el Imperio. Los tiránidos pudieron llegar antes.
-Puede ser-el capitán Libanaid se pasó la mano por su cara picada de ácido-En cualquier caso, la retirada es imposible. Tendremos que resistir.

Cualquiera podía ver que “el Mellao” tenía miedo. Y no era para menos: el chico lo había pasado realmente mal. Estaba de enchufe en el alto mando cuando el Imperio reclamó los ejércitos de su planeta y no había pegado un tiro en su vida hasta entonces. El verse envuelto de repente en un fregado con tiránidos era algo que le hacía madurar a uno de golpe y más si ves morir a tu hermano mayor lobotomizado a lo bruto por un líctor y tu tío, tu padre, tu brazo y pierna derechos y media cara se disuelven a tu alrededor como pastillas efervescentes.

Los sargentos Kabax y Rocul eran los siguientes al mando en el fortín. Sentían aprecio por el muchacho pero eran conscientes de que no tenía apenas experiencia. Formaba parte de la cadena de mando pero estaba claro que era un eslabón menos. Sin embargo, entendían que el Regimiento necesitaba un líder aunque fuera uno como el capitán Libanaid “el Mellao”.

-¡Joder, tienen una dominatriz!-gritó alguien.

A lo lejos, en la montaña, una mole imposible surgió tras una pared de roca emitiendo un bramido tan fuerte que resonó por todo el fortín y muchos kilómetros a la redonda. Era grande como nada que los guardias imperiales hubieran visto. Incluso los titanes quedarían pequeños al lado de aquello. Alzando unas patas gruesas como aeronaves, la gigantesca criatura tiránida rugió de nuevo llamando a sus hijos. Esta vez, el aullido se cortó abruptamente.

-¿Qué coño hacemos con esa cosa?-preguntó otro.

Al ver al capitán Libanaid pálido como el papel, el sargento Rocul tomó una decisión:

-¡Predicador Justus!-llamó-¡Dé absolución general! ¡A todos!

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