ATAQUE TIRÁNIDO (V)

El magus meditó profundamente su respuesta. Aunque era ligeramente más alto que el capitán, de repente pareció hacerse muy pequeño.

-No es posible-murmuró-No se conocen toxinas que afecten a la fisiología tiránida.
-¿Qué no…?-Kabax se acercó al magus biologis de un salto-¿Qué coño lleva ese combustible?
-Eso es…-Rekan iba a decir “secreto” pero las circunstancias hacían aquello inútil-No es nada particular: un biocombustible a base de materia biológica que nuestros motores…
-¡Pero esos mutantes se lo bebían!-exclamó Kabax alzando las manos-¡Y nosotros!
-Claro, sólo es un compuesto de bioalcóhol, metano y trazas de…

El capitán Libanaid se llevó las manos a las sienes mientras cerraba su único ojo. Varios soldados que le rodeaban se sobresaltaron al ver el cañón de la pistola bolter levantar la gorra de oficial.

-A ver si lo entiendo, joder-de repente, parecía un cadete estudiando las lecciones del examen de protocolos militares-Esos tiránidos… han asaltado la refinería, se han comido a sesenta Novamarines, a cincuenta tecnomagos y doscientos servidores… y los han pasado con… hectolitros de combustible alcohólico…
-¡Genestealers!-gritó un guardia imperial.

Todos saltaron al parapeto para ver a las primeras progenies ponerse a tiro. Diecinueve genestealers corrían hacia el fortín con las garras en alto. Pero algo no iba bien. Podían oír el ruido de sus pezuñas cuando aquellos monstruos eran silenciosos como la muerte. También tropezaban entre ellos y daban la impresión de jadear. Uno de ellos incluso de apoyaba en un compañero sujetándose a su hombro con una de sus manos.
Detrás de ellos trotaba una progenie de termagantes tan densa que no dejaba ver la hierba.

-¡Secciones cuatro y cinco!-rugió el Sargento Rocul-¡Fuego!

Los mordianos y los mosqueteros de Lagsrot alzaron sus rifles simultáneamente y dispararon casi a la vez: cuatro genestealers rodaron por el suelo y varios termagantes se salieron de la formación chillando asustados.

-¡Secciones una a tres!-gritó Kabax alzando la mano-¡Fuego!

La nube de disparos láser se abatió sobre la horda tiránida sembrando la muerte y la confusión. A pesar de las numerosas bajas, el número de enemigos era enorme y sólo la brutal acción de los bolters pesados pudo frenar su avance ligeramente.
Al pie de la muralla se abrieron varias ventanas pequeñas con barrotes. Los cañones de los rifles láser asomaron rápidamente.

-¡Troneras!-ordenó entonces el cabo Lepardié desde el patio-¡Fuego!

El cabo Lepardié era el oficial de mayor rango de los Mosqueteros de Lagstrot. Se había ganado su cargo después de despachar al comisario y perder una mano. Los lagstrotinos eran reacios a ponerse implantes biónicos y Lepardié lucía con orgullo un parche en el ojo izquierdo y un garfio en el muñón de su brazo izquierdo.

-Para dar una oportunidad a mis enemigos-solía decir.

Los cañones de los lanzallamas asomaron por las troneras y vomitaron fuego sobre la horda tiránida. Los chillidos y siseos de los alienígenas ardiendo precedieron a un hedor desagradable que subió hasta las murallas.

-Joder, qué peste-gruñó Kabax alzando la mano que se había llevado a la cara-¡Bolters pesados! ¡Fuego en abanico!

Las defensas estaban resistiendo bien. La confusión de los tiránidos les impedía lanzar un ataque coordinado y sus sucesivas oleadas se estrellaban contra los muros de troncos antes de que los disparos y el pánico se apoderaran de ellos y salieran huyendo. Los tiránidos en fuga chocaban con las progenies que llegaban e incluso se gruñían y peleaban perdiendo más y más tiempo.
Kabax sabía que eso les daría algún tiempo más para resistir pero tarde o temprano se les acabaría la suerte. Hasta ahora sólo habían llegado al fortín las criaturas más pequeñas. Cuando los tiránidos más grandes se acercaran, la influencia de la Mente Enjambre les haría avanzar como uno solo. Y entonces todos ellos morirían.
Sin embargo, los soldados del Regimiento de Restos parecían tener la moral cada vez más alta. Los tiránidos alcoholizados eran adversarios muchísimo menos peligrosos que cuando estaban en plena forma y esto les envalentonaba. Los guardias imperiales disparaban sobre la multitud mientras gritaban insultos y desafíos:

-¡Mira, a ese le he dado en toda la cara!
-Pásame más granadas que esos de ahí van a comer metralla…
-¡Vas a asimilar a tu padre, mamón!

Kabax clavó la vista a lo lejos y vio a la dominatriz acercarse lentamente. Su paso era lento pero imparable y notaban un ligero temblor cada vez que apoyaba uno de sus monstruosos pies en el suelo. Entre ella y el fortín podía haber diez, quizá quince kilómetros cubiertos de criaturas alienígenas que avanzaban a la par que la gran bestia.
Cuando aquel monstruo llegara hasta ellos, no importaba lo borracha que estuviera, todo terminaría.
El capitán Libanaid cojeó hasta él con el cañón de su pistola bólter humeando:

-Esto es increíble-dijo arrodillándose sobre su pierna biónica y cambiando el cargador-¡Esos bichos no están acertando ni una!
-Eso es bueno, señor-indicó el sargento Kabax con una sonrisa-La artillería tiránida es mala para la moral de la tropa.

Libanaid fijó en Kabax su ojo bueno y esbozó una sonrisa. De repente parecía casi un niño feliz de estar disputando un partido de crisnobol contra los cadetes novatos de la academia.

-¡Mantis!-advirtió el sargento Rocul desde otra parte del parapeto-¡Preparen…!

No llegó a terminar la orden. Un líctor tiránido grande como un árbol se materializó en medio de la horda. Las escamas camaleónicas de aquellas criaturas les permitían hacerse invisibles en casi cualquier parte. Aquel monstruo de garras como guadañas había estado recreando en su piel las figuras de los termagantes corriendo hasta llegar prácticamente al pie de la muralla.
Con un chasquido de sus garras, la criatura saltó sobre el parapeto. Los tres hombres de la dotación de un bolter pesado volaron en pedazos antes de poder reaccionar. Un segundo después, el líctor perdió pie y clavó sus garras en la madera de la pasarela.

-¡Mierda!-grito Libanaid-¡Sección tres, taponen la brecha!

Pero los guardias imperiales tenían sus dudas. Una cosa era disparar a los tiránidos medio borrachos y otra muy distinta plantarle cara a un líctor con resaca. Aquel instante de titubeo le costó la vida a otro guardia imperial cuando el líctor le alcanzó con una de sus garras garfio y lo atrajo hasta sí para despedazarlo. La otra garra surgió de su pecho despedida hacia el interior del fortín para clavarse profundamente en la pared de un barracón. Con un gruñido, el líctor intentó recuperar su segunda garra garfio estirando el largo filamento muscular que la unía a ella.

-¡Está intentando subir!-gritó Libanaid disparando su pistola bolter contra el monstruo-¡Echadlo para abajo!

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