ATAQUE TIRÁNIDO (VI)

Los guardias imperiales reaccionaron y dispararon también. El líctor cambió de color varias veces aunque los disparos láser le abrieron varias heridas. Su camuflaje seguía reflejando hormagantes corriendo con manchas de sangre morada que chorreaba sobre ellos.

El soldado Smouli cargó contra la criatura cogiendo su rifle láser por el cañón como si fuera una maza. Logró acertar al monstruo en la cabeza antes de que una de las garras del líctor le partiera en dos. El líctor se quedó mirando las piernas de Smouli durante un momento antes de que la tensión del filamento le hiciera salir disparado contra el barracón como un yoyó gurdesiano.
Se oyó un estruendo. El líctor abrió un agujero en la pared del barracón con la cabeza y cayó al suelo de espaldas.

-¡Destruyan esa abominación!-ordenó el cabo Lepardié señalando al líctor que braceaba medio inconsciente-¡Por el Emperador y la Reina!

-¡Por el Emperador y la Reina!-clamaron el resto de mosqueteros desde las murallas y las troneras alzando el puño.

Lagstrot había sido colonizado en épocas pre-imperiales y redescubierto durante la Gran Cruzada por los Ángeles Sangrientos comandados por su primarca Sanguinius en persona. En el folklore lagstrotino, este hecho había quedado fijado como el Día del Advenimiento de Su Gracia. Sin embargo, los siglos de aislamiento posterior hicieron que este recuerdo se hiciera cada vez más difuso y la figura de Sanguinius, el atractivo primarca de melena rubia, acabó convertida en la Esposa del Emperador. Para honrar su recuerdo, Lagstrot estaba gobernado por un cargo llamado la Reina Roja (no era necesariamente una mujer pero sí era un honor muy grande) que era una representación simbólica de la compañera del Señor de la Humanidad. Ni la eclesiarquía, ni la inquisición, ni mucho menos los Ángeles Sangrientos veían con buenos ojos aquella desviación pero el Imperio era muy grande y había asuntos más urgentes que intentar cambiar las supersticiones de un planeta primitivo, orgulloso y leal cuyos habitantes arrojaban guantes a la cara de cualquiera que les ofendiese.

Tres mordianos con lanzallamas y rifles de fusión quemaron el cuerpo del líctor hasta reducirlo a cenizas.

-Mierda, los grandes-murmuró Kabax viendo a dos corpulentas figuras aparecer en la distancia-¡Cañones láser!

Había visto a los carnifexes en acción otras veces. Concretamente, en E-405, un mundo desierto donde los tiránidos habían adquirido la costumbre de enterrarse en la arena para sorprender a las tropas imperiales (con notable éxito). Los carnifexes eran tiránidos gruesos como dreadnoughts y posiblemente más duros. Estaban hechos de músculo, hueso y el Emperador sabía qué pero no existía casi nada capaz de detener aquellas moles. El punto álgido de la guerra (perdida) por aquel planeta fue cuando cuarenta carnifexes cargaron como uno solo contra el tobillo de un titán reaver, derribándolo. Había visto carnifexes envueltos en deflagraciones de cañón de plasma y surgir del infierno como si nada.
No es que sean duros, se comentaba entre la tropa, es que son irrompibles.

Sin embargo, sus hombres estaban demasiado ocupados disparando contra una progenie de hormagantes que estaba trepando la muralla. Los tiránidos estaban considerablemente torpes y una vez clavaban sus garras en la madera no conseguían sacarlas rápidamente y eran un blanco fácil. Sin embargo, si llegaban arriba serían un problema.

-¡Traed los cañones láser!-rugió Kabax a los soldados de la segunda línea.
La segunda línea era una barricada de sacos de tierra que habían montado apresuradamente como reducto secundario y habían dejado allí a los soldados del Regimiento demasiado heridos para estar en la muralla pero aún útiles para cuidar algunas piezas de artillería. Todos sabían que en el momento en que las murallas del fortín cedieran, aquellos sacos significarían muy poco para los tiránidos pero siempre era esperanzador saber que había una posición a la que retroceder.

Seis soldados del 2º de Mulhor, el regimiento del capitán Libanaid, acarrearon rápidamente dos cañones láser hasta el pie de las murallas. Había un pequeño montacargas de poleas que se empleaba para subir equipo pesado. El regimiento de restos no era lo bastante importante como para asignarles motores mecánicos.

-¡Están dentro!-avisó alguien a sus espaldas.

Kabax observó inquieto cómo los soldados heridos de la segunda línea se organizaban rápidamente en la barricada. Sus Guerrilleros Carmesíes disparaban inmisericordemente contra uno de los barracones desde el que se oían chillidos y explosiones. Los tiránidos eran como las cucarachas de astronave: cuando veías a una es que había muchas más que no podías ver. Kabax rezó con todas sus fuerzas durante un instante para que lo que fuera que se había infiltrado en el campamento no fuera demasiado grande o numeroso.

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