NAVIDADES VERDES OSCURAS (I de II)

La luna llena iluminaba la ciénaga. Era la noche que empezaba el invierno y en el pantano nada se movía y todo era silencio… hasta que te acercabas al territorio de la Tribu del Pantano:

¡Era el Grufg Nafgar, la Noche del Festín de los Valientes!

A cierta distancia de la orilla del pantano crepitaba una enorme hoguera con grandes trozos de carne asándose pinchados en toscas estacas. A su alrededor había un caótico montón de vasijas desportilladas que rebosaban grok y bayas juju. También había un árbol muerto arrancado del pantano y clavado en el suelo (bastante torcido) del que colgaban algunas cabezas cortadas que aún goteaban sangre.

No había sido fácil organizar aquella festividad por falta de tiempo. La Tribu del Pantano se había visto metida en demasiados líos últimamente. Ajj “El Cabezón” era un buen líder, sin duda, pero ni su capacidad de liderazgo había sido rival para los masticadores.

Los masticadores habían puesto huevos y sus crías necesitaban carne fresca. Esto formaba parte del ciclo natural de las cosas y los orcos sabían que acabar despedazado en un nido de masticadores era una de tantas causas de muerte natural que acechaban en sus violentas vidas. Sin embargo, aquel invierno, por algún motivo, las crías no habían abandonado el pantano en busca de nuevos territorios y una pareja de fieros masticadores adultos acompañados de sendas crías de dos metros y medio de alto cada una rondaban la ciénaga en busca de cualquier cosa demasiado lenta o estúpida para escapar de ellos.
Norg, el Ogro aliado de Ajj, había sido una de las primeras víctimas de los masticadores y a partir de entonces la tribu había tenido que andarse con más cuidado. Las precauciones tomadas desde entonces habían reducido mucho las incursiones y los orcos se habían encontrado con que apenas tenían cabezas para colgar del Árbol de los Valientes. Ajj resolvió ser pragmático y decidió añadir a los escasos trofeos (la cabeza de un semiorco y su escuálida compañera que habitaban en los pantanos lejos de la tribu) las cabezas de algunos miembros de la tribu elegidos al azar. Y aquella noche se añadirían algunas más.

El Grufg Nafgar era el rito orco de purificación de la tribu con el que recibían la llegada del invierno. La comida escasearía en lo sucesivo y la tribu debía deshacerse de todos los débiles para que los fuertes pudieran comer. Para ello, todos los considerados “débiles” serían rodeados por la tribu y atacados sin piedad por todo el mundo: aquellos que lograran matar a un miembro sano de la tribu se considerarían dignos de seguir en ella. Los que no, morirían y formarían parte del banquete de aquella noche.

La multitud de orcos formaba un amplio círculo mientras rugían de espectación a los débiles de aquel Grufg Nafgar. Ya había corrido una buena cantidad de grok y quién más, quién menos, todos llevaban unas cuantas bayas juju en el cuerpo, incluidos los “festejados”.

-Dragg nijkor-gruñó Karg Colmillo de Jabalí intentando despejarse la mente.

Aquellas palabras se empleaban en orco para indicar que una batalla había terminado, que la matanza ya no podía continuar por falta de participantes o que, sencillamente, la carnicería era tan insoportable que tocaba salir por piernas. En su caso, Karg era un orco anciano y sabio y últimamente había aprendido a decir cosas que no significaban exactamente como sonaban (evidentemente, los demás orcos no eran muy dados a las metáforas). En aquella situación, rodeado de una multitud sedienta de sangre, la batalla a la que se refería era su propia vida porque intuía que su fin estaba próximo. No era el primer Festín de los Valientes en el que se veía metido (de hecho, ganó el liderazgo de su propia tribu en uno de ellos) pero sospechaba que sería el último. Se sentía desnudo sin el colmillo que ataba al muñón de su mano izquierda.

A su lado, Madre Ullag gruñía como un lobo furioso pero de vez en cuando se interrumpía para toser. Los años habían hecho mella en la vieja matrona y el liderazgo de Ajj el Cabezón no le había favorecido en absoluto. Sus constantes peleas con los orcos dominantes le habían debilitado hasta el punto de que ni siquiera las demás hembras acataban ya su liderazgo. Para colmo de males, hacía varios inviernos que no concebía cachorros y eso, en la sociedad orca, sólo tenía una posible solución. Madre Ullag cojeaba, sólo le quedaba un colmillo y sus manos que antaño habían acunado cachorros, roto cuellos y aplastado hasta piedras temblaban de vez en cuando.

Karg la miró de reojo. Ullag y él eran los dos miembros más viejos que quedaban de la antigua tribu del Colmillo de Jabalí (Tizak había muerto dos años atrás atravesado por la lanza de otro orco). Todos los demás habían muerto ya y sus descendientes eran orcos del pantano de pleno derecho. Karg y Ullag habían compartido muchas cosas. Habían sido jefes y consortes de una tribu próspera y temida. Habían compartido presas, matado enemigos y dormido juntos innumerables veces.
Ahora también morirían juntos.

-¡Takur nat fleik!-gritó alguien alarmado surgiendo de los matorrales que rodeaban el poblado. Los orcos ignoraron la advertencia y empezaron a arrojar piedras y fruta podrida contra Karg y Madre Ullag.

El orco recién llegado se detuvo jadeando e intentó recuperar el aliento mientras miraba torvamente la festividad orca. En la tribu le llamaban Lengua Rota porque hablaba muy raro y tendía a inventarse palabras. Todos opinaban que estaba poseído por un espíritu maligno (los menos) o, sencillamente, que era medio tonto (los más). Soprendentemente, los que tenían razón eran los primeros.

Lengua Rota no era un orco normal. En realidad, su mente estaba ocupada por el alma de Zachaon-Hiss-Ska´ak, el Rey Cobra, un hechicero hombre-serpiente que había dominado el mundo diez milenios atrás. Por avatares del destino, Zachaon había regresado de entre los muertos sólo para encontrarse atrapado en el cuerpo de un cachorro orco cuya limitada mente le hacía imposible emplear su magia ni sus arcanos conocimientos. Zachaon había intentado controlar la Tribu del Pantano muchas veces pero aquel cuerpo enclenque no le daba ninguna ventaja. Con el tiempo, había crecido hasta convertirse en un orco adulto más o menos sano pero, al tener con frecuencia un comportamiento extraño, Lengua Rota solía ser designado para las tareas más ingratas de la tribu. Como salir de patrulla la noche del Grufg Nafgar.

Ocho orcos armados habían salido a hacer la ronda por el pantano. Sólo Lengua Rota, lleno de manchas de sangre y sin aliento tras correr por su vida, había vuelto pero nadie le hacía caso.

-Takur… eh… nat… fleik-repitió repasando las palabras por si se había equivocado.

Zachaon maldijo para sí. La lengua orca, tan distinta de su alto ofídico natal, se podía definir con dos palabras: simple y limitada. Estando mezclado con unos seres tan primarios, el intelecto superior de Zachaon jugaba en su contra porque nunca lograba acostumbrarse a expresar las ideas de forma simple. A pesar de sus años en la tribu, el hombre-serpiente venía de una época en la que la vida y la muerte obedecían sus caprichos y no existía absolutamente nadie que pudiera llegarle a las suelas de los zapatos. Hablar sencillo para que unos seres inferiores le entendieran era un concepto tan extraño para él que apenas lograba comprenderlo. En consecuencia, la tribu tampoco le comprendía a él y le trataban como si fuera idiota.

No existían suficientes palabras orcas para expresar el concepto “Mujeres desnudas tocando la trompeta” que Zachaon intentaba transmitir a los suyos. Tampoco era exactamente lo que había visto pero era difícil ocupar el cuerpo de un orco durante varios años sin empezar a pensar también como un orco.

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6 comentarios to “NAVIDADES VERDES OSCURAS (I de II)”

  1. Jolgorio y alegría, por un lado; tristeza y nostalgia por otro. Vuelven los mejores orcos a su mejor momento (el festín de los valientes), aunque, según afirmas, para despedirse.

    Me encanta, ya lo sabes, y ya quiero más. Aunque ahora lo que ronda mi cabeza es como convencerte, manipularte, extorsionarte, coaccionarte… para que el siguiente no sea el último fragmento que leemos de los pieles verdes.

    ¿Alguien tiene alguna sugerencia? Cris!!! Ayudame!!!

    • Me pareció propio acabar su saga como empezó. A lo tonto hay MUCHAS historias de orcos y ya cuesta darle vueltas a lo mismo sin caer en la repetición. Y si recurro a la otra posibilidad, que es cambiar de personajes por completo (Madre Ullag es MUY vieja para los estándares orcos) me arriesgo a cagarla. Y ha habido spin-offs que se han comido la mierda a puñados…

      Gracias, no esperaba menos.

      Yo tengo una: ¡leeros los otros Cuentos de Gabrielowsky que están para eso!

  2. carlosalbert Says:

    Bueno, pero bueno de verdad.
    Nos vemos en Nochebuena.
    Te traigo algo de Riyadh?

  3. ¡Bravo!! , como siempre, Genial. Pos na ya que estamos, espero que pases unas felices fiestas y oigas mucho hevy de ese que te inspira tanto 😉

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