ATAQUE TIRANIDO (VIII)

El mar de tiránidos se abrió para dejar paso al carnifex. La criatura no parecía tan afectada por el bioalcóhol como los tiránidos más pequeños aunque su larga lengua colgaba flácida de sus mandíbulas. Sus enormes pezuñas hicieron temblar el suelo mientras corría. El coloso se incorporó y extendió sus garras en forma de guadaña.
Una nube de disparos láser se abatió sobre él sin causarle ningún daño.

-¡Cuidado!-gritó Libanaid cuando el carnifex embistió la muralla-¡Agárrense!

La carga del carnifex terminó con un estampido que abrió un amplio hueco en la muralla de troncos. Una nube de astillas y de trozos de madera voló sobre los guardias imperiales de la barricada de segunda línea. Los soldados cubiertos de vendajes y con muletas , congelados de terror, permanecieron en sus puestos tragando saliva mientras la enorme sombra del carnifex oscurecía los sacos de tierra. El tiránido miró con ojos turbios la débil defensa que tenía ante sí.

Ya está, se acabó, pensó Kabax para sí. No había forma humana de impedir que el resto de la horda entrara en el fortín. Podían darse por muertos. No había disciplina humana ni arma imperial que pudiera salvarles ahora.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el bramido de la dominatriz. El monstruo ya estaba muy cerca y alzaba su inmensa cabeza para rugir llamando a su progenie. Sin embargo, cuando el bramido envolvió el fortín, todo pareció detenerse. Los guardias imperiales se quedaron inmóviles sujetando sus armas. Los tiránidos se congelaron todos a la vez. La muralla del fortín vibró ante aquel sonido de otra galaxia.

La dominatriz movió el cuello en un lento círculo sin dejar de rugir. Finalmente, inclinó la cabeza sobre el suelo, abrió sus mandíbulas y soltó una cascada de vómito amarillento sobre el suelo. Los guardias imperiales observaron con los ojos muy abiertos aquella catarata de hectolitros de bilis alienígena mezclada con bioalcóhol, cadáveres y el Emperador sabía cuántas cosas más. En aquel mar de porquería se podrían haber sumergido varios tanques de batalla sin ningún problema y a aquella distancia podían distinguir los cuerpos de los defensores de la refinería. Un olor ácido y repugnante inundó el aire y varios guardias imperiales se llevaron la mano a la boca presa de las nauseas. Kabax cerró la boca al darse cuenta de que la tenía abierta por el asombro. Había visto muchas cosas a lo largo de su vida militar por media galaxia pero ser testigo de cómo una dominatriz tiránida del tamaño de un titán echaba la cena del día anterior debido a la resaca sencillamente le superaba.

Iba a dar una orden cuando se dio cuenta de que algo no iba bien con los tiránidos. Estaban confusos y se miraban unos a otros inquietos. Después, todos a la vez como si obedecieran una orden silenciosa que sólo ellos podían oír, todas las criaturas tiránidas vomitaron espectacularmente. Al hedor de la dominatriz se sumó el de otro millar de vómitos de diferentes criaturas.

-¿Qué coño estáis mirando?-rugió Libanaid aprovechando la situación-¡Freídlos ahora que están distraídos!

El Mellao había ganado el control de la situación. La batalla había sido de la dureza justa para que los hombres ganaran confianza en sí mismos y en su comandante. A pesar de enfrentarse a los tiránidos, los alienígenas estaban borrachos y eso les había permitido sobrevivir más tiempo del que creían. Ahora sentían que al menos venderían sus vidas más caras de lo que habían pensado en un principio.
Los guardias imperiales del Regimiento de Restos se asomaron al parapeto y empezaron a disparar sobre los tiránidos. Estos aún estaban confusos entre los charcos de vómito y cayeron como moscas.

Kabax miró inquieto al carnifex que había en el patio. Los demás tiránidos no le habían seguido por el hueco y varios guardias imperiales ya estaban improvisando barricadas para taparlo pero la idea de tener a aquel monstruo suelto por dentro de la fortificación no le gustaba en absoluto. Le daba la impresión de que todo el mundo incluyendo al Mellao estaban intentando dedicarse a otra cosa para no prestar atención a aquella criatura.

El carnifex levantó la cabeza del suelo despacio mientras las gotas de bilis caían de su mandíbula. Dos aterrorizados guardias imperiales con los vendajes empapados de vómitos tiránidos le miraron con los ojos como platos. El carnifex pareció reparar en ellos y gruñó de manera amenazadora.
Su gruñido se vio interrumpido por algo que chocó contra su hocico y cayó al suelo salpicando vómitos en todas direcciones.
Los guardias imperiales miraron muy despacio lo que había caído a sus pies: un guante de cuero langstrotino.

-¡En garde!-rugió el cabo Lepardié levantando su estoque con su única mano-¡Pelea conmigo!

El carnifex le miró confuso. Posiblemente, pensó Kabax, debía pensar que aquel individuo de sombrero de ala ancha con plumas y peto de cuero formaba parte de la borrachera. Se preguntó qué clase de alucinaciones podía tener un tiránido. En cualquier caso, era admirable el coraje del langstrotino que se enfrentaba a un monstruo que había aguantado cañonazos láser con una espada que no podría ni arañar su grueso caparazón.

El carnifex emitió un gruñido enfadado pero sin convicción para asustar a Lepardié. Se incorporó un poco más moviendo la cabeza como si le doliera. Lepardié se acercó rápidamente y le clavó el estoque en la parte de atrás de la rodilla espabilándolo de inmediato. El monstruo rugió de dolor y se dio la vuelta de un salto que hizo caer trozos de las paredes de los barracones cuando aterrizó.
Lepardié retrocedió un par de pasos apuntándole con el estoque e invitándole a que se acercara.

-Qué huevos tiene ese tío-comentó alguien en el parapeto.
-¡Por el Emperador y la Reina!-bramó Lepardié dando un paso al frente y clavando la punta del estoque en el grueso caparazón del carnifex.

Bruden Lepardié era uno de los pocos soldados del planeta Lagstrot que había logrado adaptarse bien a la tecnología imperial y sobrevivir a varios regimientos.

Como cadete había servido en la Caballería Lagstrotina, unos feroces rough-riders que consideraban las tácticas de flanqueo como un acto de cobardía miserable. La XI Compañía Richelieu en la que servía Lepardié había tenido su momento de gloria (final) cargando de frente contra las líneas orkas en Rémulus.
Posteriormente, el cadete Lepardié ascendió a soldado y, junto con otros doscientos mosqueteros lagstrotinos, se encargó de tomar al asalto el Bastión 412, una fortificación de los reptiloides krumarianos donde acabaron a bayonetazo limpio con más de cien alienígenas pero sufriendo grandes bajas propias.

También había luchado junto a los mordianos en Delga 9 donde había perdido su ojo izquierdo. En aquella batalla, donde ascendió a cabo, los suministros de munición estaban agotándose y los lagstrotinos sorprendieron a aliados y enemigos por igual al ceder sus armas láser a los mordianos y sacar varias cajas de mosquetes de pólvora negra para distribuir entre sus mosqueteros. Los marines espaciales del capítulo Panteras Blancas habían acudido a rescatar a la asediada guardia imperial salvándoles de una muerte casi segura pero corrían varios correos astropáticos humorísticos en los que se contaba el rumor de que el comandante lagstrotino había escrito un informe muy desfavorable sobre los marines espaciales diciendo que “se metían donde no les llamaban“, que “se buscaran sus propias peleas” y vilipendiaba al capitán Astrakus de los Panteras Blancas tachándole de “cobarde incapaz de aceptar un desafío“, “que me tire el puño de combate a la cara si se atreve” y “que se quite la armadura y seguro que es dos palmos más bajo“. Finalmente, había acabado en el Regimiento de Restos 31 y se había cargado al comisario Liggensdal.

Viéndolo así, el carnifex sólo le sacaba cinco toneladas de músculo, hueso, garras afiladas y mala leche alienígena.

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6 comentarios to “ATAQUE TIRANIDO (VIII)”

  1. Me quito el parietal. Es un placer leer esta serie de tiránidos. ¿Para cuando la versión encuadernada con lomo de cuero repujado?

    • Eh… gracias. Veo que además las sucesivas partes (habrá 10 u 11 en total) son cada vez más comentadas…

      Me siento confuso porque atravieso una etapa muy de “Te llamamos dos para contarte cosas opuestas con escasos minutos de diferencia“.

  2. Tengo que decir que tocarle la teta izquierda a Julieta dicen que da suerte en el amor y por eso la gente se hace fotos tocándola compulsivamente

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