ATAQUE TIRÁNIDO (IX)

El cabo Lepardié arrancó su estoque del caparazón del carnifex y dio un paso atrás.

El monstruo tembló un momento y abrió la boca liberando una nube de vapor maloliente y oscuro.

-Mierda, bioplasma-gruñó el sargento Kabax desde la muralla.
-Lixtus, ¿te imaginas que la dominatriz vomitara sobre el fortín?-preguntó alguien a su izquierda.
-No me hagas reír, joder-contestó el tal Lixtus con voz temblorosa por una carcajada mal contenida-Que estamos en una batalla, coño.

Kabax imaginó con horror que aquello ocurría: el fortín entero inundado por el contenido estomacal de una dominatriz. Allí podían flotar árboles enteros, cadáveres, rocas, tanques y el Emperador sabía qué más. Sólo pensar en cómo podía oler aquello y en los guardias imperiales ahogándose de modo ignominioso le hacía plantearse si no sería preferible morir en las garras de unos tiránidos más convencionales. Y sobrios.

El carnifex avanzó un paso atronador y atacó sin mucha convicción con una de sus garras. Lepardié saltó hacia atrás y la golpeó con su estoque. Sonó como si golpeara una viga.
El hábil juego de piernas de Lepardié le permitió flanquear a la bestia y acercarse a la base de una de sus piernas. Plantó las piernas junto a una pezuña como el capitel de una columna imperial, levantó su estoque y lo clavó con fuerza en la membrana de la articulación. La punta del arma penetró un poco y se detuvo brúscamente. Lepardié rugió como un toro lagstrotino e introdujo la hoja del estoque dos palmos más en el interior del carnifex.

La bestia tiránida rugió de dolor y trató de zafarse tórpemente. Notaba que su enemigo estaba dentro de su área de maniobra (N. del A: dentro de su peana, para que nos entendamos) y no podía golpear allí. Sin embargo, el bioalcóhol ingerido por la horda aturdía su capacidad de raciocinio y las maniobras de esgrima no entraban dentro de su programación genética.
Los guardias imperiales de la segunda línea recuperaron sus armas y empezaron a disparar contra el carnifex aunque los rifles láser no eran mejores que linternas contra aquel enemigo.

Lepardié dedicó una mirada desdeñosa a sus aliados guardias imperiales y sacó su pistola del cinto. Era un modelo lagstrotino con empuñadura de madera y cañón de acero montaignés. Su boca se ampliaba como un embudo y en su interior había un saquito de pólvora, cristales y perdigones como ojos de bebé. Bruden Lepardié había heredado aquel arma de su padre, Jean Brude Lepardié, mosquetero de la Reina, quien a su vez la había heredado de su padre, Eusidiane de Lepardié Sabagnet que la había adquirido de los pertrechos de un prisionero ejecutado en la horca.

El cabo Lepardié se lanzó a la carrera hacia el carnifex ignorando los gritos de los guardias imperiales y sus disparos. Ágil como una pantera, saltó sobre el costado del carnifex enganchándose a su hombro con el garfio de su mano izquierda. Subió dos pasos y apoyó las fauces de su pistola sobre el ojo izquierdo del carnifex.

-Ese cabrón lo va a lograr-jadeó el sargento Kabax sin poder dejar de mirar.

A su espalda, el tal soldado Lixtus se había convertido en el centro de atención. Se había apropiado la idea del baño de vómitos de dominatriz y apuntaba a sus compañeros bromeando con supuestos revolcones en bilis tiránida. Los demás soldados le coreaban con carcajadas sin dejar de disparar a la horda tiránida. Parecían estar disfrutando y Kabax se alegró de que al menos fuera así hasta que llegara la dominatriz. Borracha o no, sería el fin de todos ellos.

-¡Por el Emperador y la Reina!-gritó el cabo Lepardié triunfal.

El estampido de su pistola arrancó una nube de chispas de la cabeza del carnifex. Nadie supo si la lluvia de metralla había logrado penetrar los párpados acorazados del carnifex. Los malditos tiránidos habían evolucionado avances sorprendentes como membranas oculares que los protegían de los fogonazos. Menudos cabrones evolutivos desmandados. No obstante, la velocidad alienígena del monstruo pareció despertar con el impacto y una garra como un arado lanzó a Lepardié a diez metros de distancia.
Kabax había hecho girar uno de los cañones láser para disparar al monstruo. Cerró los dientes con aprensión al oír el golpe seco del cuerpo de Lepardié al chocar contra el suelo. Levantó el brazo para dar la señal de disparar aunque el cañón láser todavía no estaba montado sobre su eje.

-¡El Emperador dice: MUERE!-les sobresaltó una voz amplificada y acompañada por el rugido del motor de un tanque.

El fortín del Relgimiento de Restos 31 contaba con dos transportes Chymera como vehículo para los mandos y traer las tropas de relevo. Como preparativo para el asedio los habían colocado en las puertas principales para fortalecerlas. El predicador Justus había confiscado uno y profería terribles amenazas desde la escotilla con el megáfono en la boca.

Ioclide Justus había ingresado en el ministorum con treinta años después de varios episodios de alcoholismo violento. Sus exaltadas y blasfemas interpretaciones de las escrituras sagradas le habían valido el exilio a la 493ª Legión Penal de San Traevorias. Ioclide tenía un don de gentes especial que le había otorgado el respeto de la tropa criminal. Participaba en los frentes más violentos del combate alentando a la tropa con atronadoras blasfemias que aludían a partes del Emperador que normalmente no se mencionaban en los registros históricos. Sostenía que, dado que el Emperador era el Padre de Todos los Hombres, era evidente que había tenido un contacto muy íntimo con las madres y hermanas de toooooda la 493 ª Legión Penal. Estos juramentos le habían valido numerosas broncas con el comisariado de San Traevorias. La peor de estas broncas se había saldado con el comisario Judah Libor muerto y con el costado derecho de Ioclide sustituído por carne sintética.
El predicador Justus había llegado al Regimiento de Restos 31 al mismo tiempo que los lagstrotinos como superviviente del Conflicto Naval Talakur Tertia (resultado: ganaron los tiránidos) junto a veinte convictos (dos de ellos mutantes) adictos a la frenzonia y a las peleas tabernarias. Consideraba a los lagstrotinos la clase de escoria que debía purgar largamente de pecados su, cuanto más larga mejor, miserable vida. El Emperador no tenía por qué aguantar a tanta bazofia maloliente a su lado cuando podían estar sudando sangre por Él.
Aquel miserable alienígena no iba a arrebatarle más sirvientes a Él.

El impacto del Chymera contra el carnifex sonó como un choque de trenes squat. El monstruo perdió el equilibrio y dio varios traspiés hacia atrás. Milagrosamente, cayó de espaldas tapando de golpe el hueco que él mismo había abierto para entrar. Debajo suyo reventaron varios sacos de arena y dos guardias imperiales de Mulhor.
El motor del Chymera gimió y se apagó. Las planchas de blindaje del morro cayeron al suelo arrugadas como papel.

-¡Cuidado!-avisó Cesps asomando por una ventana con su rifle láser-¡Le he dado!

Un genestealer con tres brazos y un muñón humeante salió por la puerta del barracón como un tornado de garras que salpicaban icor púrpura. Con dos saltos rapidísimos, el monstruo saltó sobre el armazón del Chymera y se lanzó sobre el preicador Justus.

-¡El Emperador te escupe a través de mí!-exclamó soltando un salivazo.

A continuación, el genestealer lo agarró del cuello y lo empujó escotilla abajo mordiéndole y saltando al interior del Chymera. Los gritos del interior se oyeron incluso por encima del ruido de la batalla.

-¡Fuego!-ordenó el sargento Kabax con un nudo en la garganta.
-¿Al Chymera?-preguntó el artillero con voz temblorosa-Pero, sargento…
-¡Están muertos, maldita sea!-maldijo Kabax-Mejor que sea rápido. ¡Segunda línea!-gritó-¡Al suelo!

El cañón láser convirtió el Chymera en una bola de fuego que levantó un hongo de fuego y humo de diez metros de alto. La torreta salió disparada y cayó al otro lado de la muralla sobre un zoántropo mareado que iba levitando de lado a lado.
El cabo Lepardié abrió los ojos y dejó escapar un gemido de dolor con los dientes apretados. Tenía el hombro dislocado, unas cuantas costillas y, muy posiblemente, una pierna rotas. El garfio que sustituía a su mano izquierda se había quedado en el hombro del carnifez y el muñón sangraba y le dolía.
Gruñendo como un jabalí se retorció para alcanzar su cinturón con la mano que le quedaba. Extrajo una larga daga de hoja ancha.

-¿Dónde está ese cabrón?-masculló buscando al carnifex con la mirada.

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