ATAQUE TIRÁNIDO (X)

Los tiránidos les superaban. Tras varias horas de sangrienta lucha (los relojes se habían parado debido a la actividad psíquica tiránida o a un lamentable descuido colectivo aunque la primera hipótesis parecía más probable), el Regimiento de Restos 31 había tenido la oportunidad de descargar toda la potencia de fuego de la que eran capaces sobre la horda alienígena. Habían rechazado sangrientos asaltos con valor y muchos héroes habían surgido entre sus filas pero el inagotable enjambre de monstruos empezaba a desbordar las defensas.

El sargento Rocul y sus mordianos habían salido a campo abierto para retener a los tiránidos el tiempo suficiente como para que se levantara una barricada en una brecha. Los uniformes azules habían sido tragados uno a uno por la marabunta tiránida sin retroceder ni un solo paso.

Los guerrilleros carmesíes de Kabax se habían inmolado junto a un grupo de guerreros tiránidos. Corriendo bajo un intenso fuego enemigo, el último guerrillero carmesí se había arrojado a los pies de uno de los monstruos con un detonador de fusión que engulló a la progenie en una espantosa deflagración.

Los lagstrotinos y los legionarios penales (totalmente puestos de frenzonia) del predicador Justus se habían atrincherado entre los restos del chymera para bloquear la brecha principal. El carnifex que había derribado el cabo Lepardié seguía vivo pero con una pierna inutilizada y braceaba perezosamente intentando levantarse.

A pesar de la férrea defensa, varios grupos de tiránidos se habían colado en el fortín. El capitán Libanaid dirigía desde el centro de la segunda línea a una heterogénea tropa de soldados heridos, civiles armados apresuradamente y ocho de los últimos guardias imperiales de Mulhor, su mundo natal, que por ser demasiado jóvenes sentían la extraña necesidad de permanecer cerca del Mellao. Incluso el Magus Biologis Rekan se unió a la trifulca y demostró no poca puntería armado con un rifle láser desde un tejado.


En aquel combate, las granadas de fragmentación volaban que daba gusto. Los abrumadores tiránidos convertían muchas situaciones en desesperados combates cerrados. En un fregado así, resultaba un alivio soltar medio kilo de metralla sobre tus enemigos y que el Emperador eligiese a los suyos. La neurosis de guerra hizo estragos y muchos soldados empezaron a despreciar el peligro que suponía la metralla. El soldado Ward se ganó la simpatía de muchos al saltar por encima del parapeto con una granada en cada mano aullando “¡Tranquilos, que llevo una armadura antifrag!”.

Ni que decir tiene que no encontraron ningún pedazo suyo que pudiera reanimarse entre la escabechina de bichejos que provocó.

Incluso dos novamarines supervivientes de la masacre de la refinería aparecieron dando saltos con sus retrorreactores. Lamentablemente, después de la batalla de la que habían salido por los pelos, andaban escasos de munición y sus bólters enmudecieron al segundo tiro. Ni siquiera llegaron al fortín y desaparecieron bajo la marea de monstruos.

Iban a luchar hasta el último hombre, pensó el sargento Kabax pateando un hormagante del parapeto y disparando de costado contra otro que subía a su izquierda. A ningún regimiento de los guerreros del Emperador se le podía pedir más.

Todo cambió cuando la sombra de la dominatriz cayó sobre el fortín.


(N. del A: vale, no es exactamente lo que describe el texto pero sin duda resulta evocador. ¿A nadie le extraña que el dueño de esa sombra genere luz por la boca y los ojos?)

La dominatriz dio un paso y todo tembló.

El leviatán estaba a apenas unas decenas de metros de la muralla de troncos. El punto más alto de la empalizada no le llegaba a la articulación de la pata delantera. A pesar de su paso renqueante, la bamboleante mole de la dominatriz había cubierto la distancia desde la refinería.

Sin duda, seguía borracha. Su enorme cabeza daba lentos giros con errática frecuencia. Aunque no tenía ojos visibles, su mandíbula colgaba con una lengua fuera del tamaño de un edificio de cinco plantas lo que le daba un aspecto cómicamente mareado. Su aliento era como una brisa maloliente que combinaba el hedor tiránido más profundo con una resaca del tamaño de un lago. La fétida brisa castigó los cansados pulmones imperiales con su abrazo agobiante y húmedo.

La dominatriz dio un paso y todo tembló. Era tan grande que nadie se molestó en disparar contra su mole.

Los tiránidos también notaron su presencia. Se incorporaron todos a la vez y estrecharon el cerco sobre el fortín como un inimaginable juego de ajedrez con placas quitinosas. La defensa de los guardias imperiales dio lo mejor de sí misma pero lenta e implacablemente empezó a ceder.

Pero el Regimiento de Restos 31 había aprendido mucho aquella mañana. El largo combate contra los antes aturdidos tiránidos les había dado una gran confianza en sus habilidades. Habían practicado el tiro y el combate cuerpo a cuerpo una y otra vez pudiendo cobrarse venganza de muchos camaradas muertos. Ya no había nadie en el fortín que no fuera veterano.
Si la Muerte pretendía llevarlos con ella sin duda iba a tener mucho trabajo.

-¡Abandonen el parapeto!-ordenó Kabax levantando una mochila llena de cargadores láser-¡Todo el mundo a la segunda línea!

Era una retirada necesaria. Con la muralla siendo triturada por momentos por las garras tiránidas y los alienígenas a pleno rendimiento, la guardia imperial (ya no eran un regimiento de restos) necesitaba reagrupar sus fuerzas.

La dominatriz dio un paso y todo tembló.

Las tres filas de sacos de arena se convirtieron en el último reducto de los soldados. Los estoques lagstrotinos salieron a relucir y el cabo Lepardié hizo su sorprendente reentrada en escena arrastrándose por el suelo disparando una pistola láser. Los dos últimos legionarios penales se habían puesto sombreros lagstrotinos y luchaban junto a ellos lanzando blasfemias. El resto eran una variopinta mezcla de uniformes, trajes, vendajes y rifles láser. Habían podido salvar pocas armas pesadas pero los dos lanzallamas que quedaban cumplieron su horrible cometido causando numerosas bajas a los atacantes.

En medio de todos, el capitán Libanaid ladraba órdenes como un poseso y disparaba como un demonio. Además de su mano-bolter, disparaba una pistola láser con la otra mano. Su voz había enronquecido pero su ojo biónico brillaba sobrecargado con una luz roja que alguno identificó como el astronomicón del reducto.

El final llegó con la última carga tiránida. El humo de las últimas granadas de fragmentación se disipó ante el avance de dos guerreros tiránidos rodeados de termagantes. Los agotados guardias imperiales alzaron sus rifles láser para interceptarles pero la munición empezaba a escasear. Una débil andanada láser se perdió en la horda tiránida sin causar apenas bajas.

La dominatriz dio el último paso y se hizo de noche.

El capítulo final, el 7 de febrero. Mejor ahogarse en una piscina de cucarachas vivas que perdérselo.

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