ATAQUE TIRÁNIDO (XI y, al fin, el FIN)

Todos los seres humanos del fortín se quedaron sin respiración al mismo tiempo.

Kabax sintió que se cagaba encima y que la boca se le quedaba muy abierta justo cuando iba a disparar la última bala de su pistola automática contra uno de los guerreros tiránidos. Perder de vista al enemigo en aquel momento que bien podía ser el último le pareció innecesariamente cruel y aterrador. Su imaginación se inundó de escabechinas en la oscuridad en las que los tiránidos se ponían morados con ellos.

La dominatriz levantó la cabeza y la luz se hizo de nuevo.

Los guardias imperiales parpadearon como si despertaran en aquel momento. Todo se había congelado en el momento en que las tinieblas de la dominatriz les engulleron. Incluso los tiránidos. Los monstruos estaban todos tirados en el suelo inmóviles y amontonados, totalmente apabullados por la desenfrenada actividad psíquica de la ebria dominatriz.

-¿Qué cojones…?-empezó a decir el capitán Libanaid.

Una catarata de babas hirvientes cayó desde la mandíbula del monstruo empapando el fortín como un aguacero de pesadilla. La saliva de la dominatriz quemaba y escocía al contacto y varios hombres murieron por el impacto. Los tiránidos se dispersaron por el suelo como un montón de ramas grotescas. El hedor a alcohol lo inundaba todo y quemaba en la nariz, la garganta e incluso los ojos.

-¡Los lanzallamas, joder!-rugió el capitán Libanaid rompiendo el hediondo silencio-¡Apagadlos o arderemos todos!

Los dos soldados con lanzallamas obedecieron automáticamente y un repentino suspiro de alivio reconfortó a los defensores imperiales. El Mellao no era mal tipo y había que reconocerle que en las últimas horas se había fogueado como el que más. Algunos decían haberle visto usar su pequeña pierna biónica para patear un genestealer parapeto abajo salvando la vida a uno de sus subalternos. Como comandante, se había ganado el puesto a sangre y fuego. Aquel chico se merecía algo más que morir en aquel lugar olvidado en manos de los asesinos de su familia.
Como mínimo, una pistola de plasma en el implante biónico, decía el soldado Lixtus que había logrado sobrevivir hasta entonces a pesar de sus chistes.

Y entonces recordaron que estaban rodeados de tiránidos. Las criaturas estaban empezando a levantarse lentamente a su alrededor. Seguían siendo innumerables.
Los soldados hicieron un rápido recuento de munición mientras el desaliento les inundaba. Incluso si no fallaran un solo disparo, no podrían causar suficientes bajas al enemigo. Y en aquella guerra no había prisioneros.

El bramido colosal de la dominatriz volvió a abrumar sus pensamientos. El monstruo rugió al aire pero su espantoso volumen reventó varios tímpanos de la guardia imperial. Todos se quedaron sordos y se miraron unos a otros confusos en aquel momento de silencio irreal.

En el cuello de la dominatriz hubo un pequeño temblor que concluyó en su cabeza. La bestia rugió débilmente y cerró sus fauces a la vez que un torrente de materia estomacal fluía entre sus dientes del tamaño de misiles planetarios.

-Va a vomitar-murmuró Kabax sin oír sus propias palabras. Añadió a voz en grito-Joder, ¡va a vomitar!

Miro a su alrededor en medio del silencio. Todos los guardias estaban congelados como insectos en ámbar. También los surtidores de vómito de la boca de la dominatriz se paralizaron y parecía como si se movieran en una secuencia de fotos.
El lanzamisiles.

Kabax detuvo su mirada en aquella dotación: un guardia imperial de edad madura y barriga prominente con el cuello destrozado por un disparo y uno joven sentado en un charco de orina con la mirada perdida hacia arriba.
Echó a correr a cámara lenta. Lo único que oía eran los latidos de su corazón y un pitido silencioso que lo inundaba todo. Los diez pasos que le separaban de la dotación del arma pesada se le hicieron eternos aunque sabía que no podían ser más que unos segundos.

-¡Misiles!-gritó al atribulado muchacho de pelo rubio.

Le miró sin comprender. Kabax le cogió de un hombro y le sacudió violentamente:

-¡Misiles!-se desgañitó inútilmente intentando escucharse a sí mismo-¡Dime cuáles tienes!

Vio una caja tras el muchacho y lo apartó de un golpe. La abrió de una patada mientras a sus espaldas llovían decalitros de vómito tiránido.

Quedaban cuatro misiles de una caja de veinticinco. Sospechó que no habría muchos más en todo el fortín. Pasó el dedo rápidamente por los huecos vacíos de los misiles perforantes, los de fragmentación y los de plasma. Kabax era un veterano guerrillero selvático y estaba familiarizado con un tipo de misil que la mayoría de soldados despreciaba: los defoliantes. Luchar en la selva le enseñaba a uno que la vegetación lo era todo. Y en la selva era sano tomar precauciones cuando querías tener una línea de visión digna. Como equipo defoliante que se cargara la vegetación.

En la mayor parte de cajas de munición para lanzamisiles estándar del Sector Denébola había veinticinco misiles: dos de plasma, diez de fragmentación y diez perforantes. Los otros tres eran defoliantes y eran despreciados por casi todos los artilleros debido a su escasa utilidad. Para arreglar esto, se había dotado a los misiles defoliantes de un dispositivo de ignición que se combinaba con un producto altamente inflamable que tomaba su nombre de una violenta banda de un mundo colmena.
Napalm.

Las manos de Kabax se movieron como a través del agua. Le pareció que pasaban horas hasta que cogió el misil defoliante y lo colocó en la boca del lanzamisiles. Se lo cargó al hombro con sus últimas fuerzas y el dolor de su espalda le abrazó con fuerza.
Miró hacia el cielo y vio a la dominatriz. El leviatán había conseguido tragarse el contenido de su monstruosa arcada y jadeaba con la boca abierta con la cabeza inclinada como si mirara el fortín. Podía sentir la presencia de sus hijos pero las desconocidas sensaciones provocadas por el alcohol la desconcertaban por completo. Su horrible aliento inundó de nuevo el campamento haciendo toser a los últimos defensores.
El ruido de sus jadeos era como si estuviera masticando piedras. Chorros de baba alcohólica se escurrían entre sus colosales dientes.

-Abre la boca, hija de puta-gimió Kabax apretando el disparador del lanzamisiles.
-¡Por el Emperador y la Reina!-gritó el cabo Lepardié desde el suelo al ver volar el misil. Nadie, ni siquiera él, oyó sus palabras.

El pequeño misil voló describiendo una trayectoria ligeramente curva. Su carga de propelente no le habría permitido salir mucho pero uno de los cabeceos de la dominatriz acortó su trayectoria. Chocó contra la punta de la mandíbula inferior provocando una pequeña lluvia de fuego que se vio desde el fortín. El alcohol en bruto de la saliva del monstruo prendió con una llamarada azul que recorrió en pocos instantes las fauces de la bestia.

Abajo, en el fortín, el capitán Libanaid buscó la pistola láser con su única mano. Sentía que estaba más seguro con ella.
La dominatriz era demasiado masiva para poder percibir sensaciones como una criatura más pequeña. Los impulsos nerviosos que indicaban un aumento de temperatura en la boca hicieron poco más que activar varias glándulas salivares como mangueras que hicieron poca cosa. El fuego alcanzó la garganta de la dominatriz y entró en contacto con una enorme bolsa de gas de biocombustible y se desató el apocalipsis.

Sus trompetas anunciadoras sonaron como el choque entre dos planetas.

Ya era noche cerrada cuando el sargento Kabax recuperó la conciencia. Notó con alivio que uno de sus oídos volvía a funcionar. Vio que estaba en una enorme caverna que engullía los escombros machacados del fortín. Tragó saliva al comprobar que el techo de la “caverna” era el cuello de la dominatriz.

-Viejo amigo, te has cargado un bicho enorme-sonrió escuchando su voz de nuevo.

Le ardían la boca y los ojos pero se encontraba milagrosamente ileso. Con la mente despejada por el sueño de la inconsciencia, Kabax intuyó que el biocombustible presente en el estómago de la dominatriz tiránida había explotado cargándose al monstruo. El colosal corpachón del monstruo no había cedido del todo y se había derrumbado. El fortín había quedado aplastado por un cuello como una montaña. Y los pocos guardias imperiales que quedaban, también, pensó con amargura viendo piernas y brazos asomar bajo pilas de escombros.

-¡Eh!-le llamó una voz dolorida pero con cierto deje orgulloso.

Kabax cojeó hasta el cabo Lepardié que le observaba tendido boca arriba. Tenía las piernas aplastadas por una viga de madera.

-Creo que me lo he roto todo-sonrió intentando disimular una mueca de dolor.
-Buen trabajo, cabo-gruñó Kabax sentándose a su lado-Creo que hemos ganado.
-¿Cree que nos darán una medalla, sargento?

Ambos rieron.

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